lunes, 26 de abril de 2010

LA JUSTICIA COMO SIERVA DE DIOS

Romanos 13:1-7


¨Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra¨.

Cuando uno llega al palacio de justicia, se puede encontrar con una figura de mujer hecha de piedra, de bronce u otro material con una venda en los ojos, lo cual indica la imparcialidad que debe existir en los magistrados cuando están frente a una causa. En una de sus manos la estatua empuña una espada, queriendo con esto destacarse la reciedumbre de su carácter frente al que comete actos de maldad. En la otra mano sostiene una balanza, ésta, sin duda alguna se refiere al equilibrio que debe existir en un juicio justo, al hecho de que todos sean pesados en la dimensión correcta de acuerdo al delito cometido. Cuando uno piensa en todo este simbolismo puede tener esperanza en la justicia de los hombres, pero tristemente no siempre se cumplen estos iconos. En la práctica, se violan frecuentemente estos principios ideales que se encuentran representados de alguna manera en la fuente autoritativa por excelencia, en materia de jurisprudencia, que es la Biblia.

En el presente mensaje veremos cómo Dios ha manifestado al hombre a través del tiempo los códigos que han de regirle para conducirle a una vida nueva en relación con su Creador y con su prójimo; consideraremos como las leyes de Dios al hombre han sido dadas para provecho del mismo hombre y, finalmente plantearemos la responsabilidad y privilegio que representa el ser un siervo de Dios en la aplicación de la justicia en la tierra, apoyados básicamente en Romanos 13: 1-7.

I. El Principio de los Códigos de Justicia.

Como se sabe, Hamurabbi, sexto rey de la primera dinastía de Babilonia, promulgó un famoso código de leyes grabado en ambos lados de un pilar de piedra que data aproximadamente del 1723 antes de Cristo, siendo esta la inscripción babilónica más extensa que se halla encontrado. El Código de Hamurabbi es muy parecido al código de Moisés, con la diferencia notable de que el código bíblico reconoce únicamente a Jehová como Dios de Israel.

Podemos darnos cuenta de algo muy especial, y es que en la ley mosaica podemos encontrar misericordia y protección para los pobres y desafortunados, mientras que en la ley de Hamurabbi había protección para los ricos y un interés centrado en ellos. !Cómo se parece al mundo de hoy!

La existencia de este y otros códigos de leyes tan antiguos supone la existencia de normas y disposiciones legales, mucho antes de que se tuvieran nociones de la Palabra revelada a Moisés. Esto concuerda perfectamente con las palabras del apóstol Pablo en Romanos 2: 14, 15: "Porque cuando los gentiles que no tienen la ley hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos". Ya Dios había mostrado de alguna manera al hombre, mucho antes de darle de forma concreta y terminante su Palabra, instrucciones concernientes a su debido comportamiento.

Cuando Moisés recibe de Dios los 10 mandamientos en el Sinaí, es muy probable que ya existiera una manifestación oral tradicional de estos principios, que fueron expresados definitivamente como un código divino. En principio, este código fue dado al nuevo pueblo que debía ser santo, y en sentido general luego este Decálogo vino a ser la base de sustentación de los más elementales principios de ética universales.

Hay expresiones en esta ley como "acuérdate", en relación con la disposición del día de reposo, que presupone una práctica ya antigua, antes del encuentro de Moisés con Jehová en el Sinaí. Es notorio además la práctica del diezmo en la vida de Abraham, mucho antes de que se tuviera noticia de un código específico como las tablas de la ley y las demás leyes dadas por Dios a Moisés.

Esto nos lleva a deducir que lo que Dios hizo fue recopilar en un tomo conciso los fundamentos esenciales de principios legales, que sirvieran como patrón o constitución, si se quiere, a la nueva nación hebrea, y al mundo por extensión; principios estos que ya eran practicados. Dios no ha dejado nunca al hombre desprovisto del conocimiento de su perfecta voluntad. Desde Adán, a quien Dios le marcó los límites de su estancia en el Edén, mostrándole claramente sus deberes y privilegios, así como las consecuencias de sus infracciones, el hombre ha tenido pleno conocimiento de que vive en un mundo regido por leyes universales que le atañen directamente, por causa de su ineludible relación con su Creador, sus semejantes y toda la creación misma.

A la descendencia de Noé (Sem, Cam y Jafet) tocó la tarea de dar continuidad a los principios de justicia establecidos por Dios, que se mantenían vigentes, sin duda, después del diluvio universal. Pero sabemos de la decadencia de la raza humana al paso del tiempo, y de la necesidad de intervención de Dios en el escenario humano para sujetar al hombre a sus designios, y encausar la historia hacia sus planes determinados, tal como nos lo relata el libro de Génesis en su capítulo 11, nos referimos a la Torre de Babel.

La verdad revelada y escrita sustituyó con Moisés a la transmisión oral de la voluntad de Dios, puesto que muchas veces fue adulterada y puesta en olvido, ya fuera por descuido, por ignorancia o de manera voluntaria. Ahora Dios se la ha entregado por escrito, inspirada por su Santo Espíritu (2 Pedro 1:21). Dios ha dado instrucciones precisas desde el principio, y es imposible humanamente que podamos tener en un libro, aunque sea la Biblia, todos los detalles que el hombre de la antigüedad conocía respecto de la mente de Dios en materia legal u otro asunto.

La Biblia es la historia del mundo en síntesis, la cual se escribe en detalles en los periódicos de cada día, y en los libros y enciclopedias de todos los tiempos. Toda la sabiduría verdadera, juiciosa y correcta contenida en todas las bibliotecas, encuentran su esencia en la Biblia. Todo procedimiento de justicia que es auténticamente fiel, necesariamente encontrará su mejor punto de referencia en lo que Dios ya ha dicho en su Palabra. Por eso, la esencia del Decálogo es la más alta institución dada al hombre, que tiene vigencia universal y eterna.

Esta Suprema Ley ha recibido la aprobación de nuestro Señor Jesucristo, el cual la exaltó en sus alocuciones, colocándola en una dimensión positiva jamás concebida por mortal alguno. Jesús nos ha dejado un extracto de los diez mandamientos al resumirlos así: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente...y a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22: 37,39); y en el versículo 40 concluye: "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas". Así que Jesús es quien nos presenta propósito final de Dios al darnos la ley.

El principio de toda ley humana debe estar regido por las leyes de Dios. Enseñar a cumplir el primer y fundamental principio es tarea de las iglesias cristianas en el día de hoy. Los gobernantes y legisladores, junto a los magistrados deben velar por un cabal cumplimiento de estos principios, como siervos de Dios que han sido colocados en puestos de eminencia para cumplir un propósito divino (Romanos 13: 4). Es el temor de Dios lo que constituye la única garantía en el cumplimiento del derecho para todos los hombres (Proverbios 1:7). Donde no hay temor de Dios no existe la ley.

II. El Beneficio de las Leyes de Dios.

Lo que Dios hace es siempre bueno, perfecto y provechoso. Hoy en día podemos ver la importancia de hacer caso a las leyes de Dios.

Como muestra, miremos el siguiente panorama: Tristemente, son muchos los millones de seres humanos que han fallecido por causa del Sida, una enfermedad que se multiplica como producto de la promiscuidad sexual. Lo asombroso del caso es que en vez de favorecer esta estadística para un freno en las relaciones sexuales ilícitas, hay un mayor índice de promiscuidad. Siguiendo este mismo pensamiento, es importante reflexionar que, los crímenes y los criminales aumentan cada día en el mundo, a pesar de la pena de muerte. Por esta causa es obvio que la ley, si bien procura dar lecciones de moral o de conducta y mostrar al hombre el conocimiento del pecado (Romanos 3:20), no menos cierto es que está encaminada básicamente a cobrar las transgresiones. La ley tiene el deber de castigar, de imponer sanción, independientemente de los resultados en la conciencia de los individuos propensos a delinquir. Por eso la Biblia dice que ¨la ley mata irremisiblemente ¨ (Hebreos 10:28).

El hombre en pecado se encuentra en una abierta rebelión contra Dios, aun cuando su mala conducta le traiga graves perjuicios. La humanidad hoy vive en la búsqueda del placer aunque ese placer le lleve a la muerte. El hombre ha deificado el goce carnal, y le ha asignado una categoría fuera del orden correcto. Esta actitud del corazón humano se manifiesta en todas las acciones de su cotidianidad. El irrespeto por las instituciones es notorio. Para el hombre de hoy no existen verdades absolutas; todo encaja bien en su mundo de relatividades, y así se calma la conciencia cautiva.

En nada parecen preocuparle al hombre las consecuencias de sus malos actos. Los graves males que ocurren no le sirven de escarmiento; más bien, “como animales irracionales” (Cito al apóstol Pedro en 2 Pedro 2: 12 1), se entregan a la consecución de sus deseos egoístas. Esta condición del hombre le lleva a desconocer e ignorar voluntariamente la ley de Dios, deleitándose en la maldad en perjuicio de sus semejantes.

No es posible que individuos de esa clase puedan desarrollar una sociedad de convivencia. Es por tal razón que se hace imperioso que el evangelio sea predicado a todas las personas, porque lo único que cambia a una sociedad de manera efectiva es que los que la componen tomen la decisión de hacer caso a los preceptos divinos.

La mala actitud humana para obedecer a Dios, es lo que ha hecho que el Señor permita leyes tan duras como la Ley del Talión en el Antiguo Testamento. El Señor Jesús dijo que muchas de estas disposiciones, como la del divorcio, fueron establecidas por Moisés por la dureza del corazón. Si el hombre hace caso a lo establecido por Dios, vivirá feliz y será dichoso. El creyente está llamado a ser el mejor ciudadano.

III. Los Magistrados Como Siervos de Dios.

En cierta ocasión tuve la oportunidad de visitar a un oficial judicial de mi provincia. El pasaje bíblico que compartí con él fue: Romanos 13: 1-7. Al leer y explicarle el concepto de la Palabra de Dios con respecto a su puesto de eminencia, fue de gran sorpresa para él descubrir la dimensión tan elevada de un ministro de justicia en el planteamiento evangélico. Se asombró aún más al darse cuenta del gran peso de la autoridad divina que le otorga el privilegio de ser un servidor de la justicia en la tierra, debiendo rendir cuenta a Dios de su labor. Todo magistrado debe meditar respecto de su posición desde esa perspectiva, debe saber que la Biblia enfáticamente destaca su labor como una tarea puesta al servicio del bien y en contra del mal.

Ciertamente, la justicia humana es sierva de Dios en cuanto cumpla con el verdadero rol de defensora de los inocentes y fiscal acusador de los culpables, castigando e infundiéndole temor al malo.

Cuando los magistrados, ya sea con la anuencia de los gobiernos o no, se prestan al soborno corruptor y al abuso de poder, se convierten en reos de la misma espada que ostentan.

Es imprescindible que exista un régimen que gobierne y establezca un orden que haga gobernable un país. Sin regulaciones pertinentes, se hace imposible la sobrevivencia pacífica. El maligno Satanás prefiere la anarquía donde tenga absoluta libertad para hacer con este mundo cuanto desee.

Es posible que lo que dice el apóstol Pablo en 2 Tesalonicenses 2: 6 que detiene al Anticristo, sea el orden político existente en todos los Estados de la tierra (como lo consignan muchos teólogos). Parece que llegará el día en que las sociedades serán apáticas a cualquier forma de gobierno. Entonces aparecerá "el hombre de pecado", el cual gobernará el mundo por un período relativamente corto, según Apocalipsis 13:5. Revelándose así de una vez por todas el gran misterio de la apostasía. Los hombres verán quién era que estaba detrás de toda la maldad; de toda desobediencia, terrorismo y barbarie. En este sentido adquiere mayor importancia el respeto al orden, ya que se nota su trascendencia.

Aunque han existido gobiernos y líderes políticos sanguinarios, antisemitas y ateos, éstos no han sido el Anticristo propiamente. Estos entran en la categoría que dice I Juan 2: 18: "han surgido muchos anticristos". Por eso, aún con todos sus defectos, los gobiernos de la tierra cumplen un papel determinado por Dios. Por tal motivo, siempre que no se viole ningún principio fundamental de ética bíblica, el creyente está en la obligación de cumplir a cabalidad con las regulaciones del Estado en que vive. Deberá ser respetuoso de los símbolos patrios, pagar impuestos, cumplir la constitución, votar para elegir al presidente y funcionarios del gobierno, y tener una conducta correcta para evitar el descrédito moral y la persecución de la justicia.

Romanos 13: 4 otorga poderes especiales a los tribunales de justicia, a fin de actuar con rigor en aquellas acciones malas que lo ameriten. En muchos países existe la pena de muerte para castigar crímenes horrendos.

Muchos han criticado este proceder, indicando que esto no evita el que otros practiquen los mismos crímenes, y es cierto en muchos casos. Pero a mi juicio, aunque bien pudiera ser un escarmiento para algunos el que se ejecute la pena de muerte, lo más importante aquí es el castigo en sí por causa del crimen, independientemente de los resultados que tenga en los que pudieran tener malignas y criminales intenciones. Como decíamos con relación al Sida, lujuriosamente las personas se vuelven más propensas a una vida sexual irresponsable a pesar de las consecuencias de esta enfermedad. Esto demuestra que el problema está en el corazón humano, que está por encima de toda razón y que domina la voluntad del hombre, haciéndole un esclavo de las bajas pasiones sin importarle el corolario de fatalidades que sus malos actos pudieran traerle.

Las disposiciones legales requieren el cumplimiento del castigo al margen de los resultados paralelos. Además, cuando la justicia castiga ejemplarmente el crimen, evita los sentimientos y acciones de venganza. En este sentido, la justicia realiza una labor de verdugo que cobra por la ofensa cometida, atiende la voz de la sangre que clama por vindicación. En este sentido le refiero al episodio de Génesis 4 que nos relata la muerte de Abel por parte de su hermano Caín.

Generalmente, las personas que se oponen a la pena de muerte, también se oponen a las guerras, a la formación de ejércitos y de policías, y al uso de las armas en sentido general. Quienes piensan así nos están diciendo que vivimos en un paraíso perfecto donde no cabe la maldad, y que por ende no debe haber quien la enfrente.

Pero creemos que se equivocan, porque sin la represión contra el mal ningún Estado podría subsistir. Aun Dios tuvo que echar del cielo con violencia, haciendo uso de sus ejércitos, al que se constituyó príncipe del mal en las regiones celestiales (Isaías 14: 12-15; Daniel 10: 13, 20; Judas 9). Dios mismo es llamado en la Biblia "Jehová de los ejércitos" (I Samuel 17: 45). La realidad es que hay fuerzas espirituales que combaten en la oscuridad motivando el mal y propiciando la violencia (Efesios 6:12). En este sentido, los gobiernos deberían tomar "toda la armadura de Dios" para ir contra el mal, porque sin Dios no es posible destruir la maldad, como dice el salmo 127: 1: "Si Jehová no guardare la ciudad; en vano vela la guardia". La iglesia tiene el deber de orar por los que están en eminencia, por el presidente y funcionarios, para que podamos vivir en relativa calma hasta que Jesús venga (I Timoteo 2:1,2). El crimen sólo prospera en una sociedad donde los que están llamados a combatirlo hacen causa común con los criminales, este es el caso del narcotráfico en todo el mundo.

Mientras esperamos la venida del Señor, como ciudadanos de este mundo debemos cumplir con lo que el mismo Señor ha establecido con relación a los gobiernos humanos. Satanás es el dios de este siglo porque la mayoría de las personas han dado la espalda al verdadero Dios. Pero es bueno recalcar que quien tiene el verdadero control del mundo es Dios (Salmo 24: 1). El orden político que existe debe ser respetado y apoyado en todo aquello que no atente contra el deber cristiano.

El apóstol Pablo en su carta a los Romanos dio estas instrucciones a los creyentes, en un tiempo en que gozaban de cierta libertad religiosa, pero más adelante el emperador romano Nerón y otros más, con saña malvada persiguieron, torturaron y mataron a miles de cristianos. La historia nos registra que el propio apóstol perdió su vida por la causa de Cristo en el gobierno del imperio romano. Por esos factores, a muchos les cuesta aceptar como válido el respeto y cumplimiento en un gobierno dictador, por ejemplo.

Pero pese a todo esto la Biblia es clara en cuanto a la necesidad de la existencia de autoridad en el mundo.

La posición de un cristiano en el mundo siempre será de riesgo, puesto que los seguidores de Jesús estamos en el mundo pero no somos del mundo (Juan 15: 19; 17: 14).

Aún en medio de situaciones conflictivas y amargas podemos ser leales a los principios de nuestro Señor Jesucristo. Se puede ser abogado honesto, funcionario público incorrupto, policía cumplidor del deber, soldado digno de la patria, presidente que salga del palacio con la frente en alto.

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana el 25 de abril de 2010.


lunes, 19 de abril de 2010

EL CIELO

2 Corintios 12:2-4


¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨.

Cuando hablamos del cielo tenemos que establecer diferencias y explicar a qué cielo nos estamos refiriendo. Cuando miramos hacia arriba, alcanzamos a ver por lo menos dos tipos de cielos. Vemos primeramente el cielo por donde vuelan los pájaros y los aviones, este es el cielo en donde se haya la atmósfera, donde hay nubes. Este es el cielo donde los edificios altos de las grandes ciudades adquieren el nombre característico de rascacielos y el cielo donde se confunden y se pierden por la distancia las grandes montañas.

El segundo cielo que alcanzamos a ver es el cielo donde están el sol, la luna y las estrellas. Aún en este segundo cielo podemos alcanzar a ver objetos muy distantes de nosotros utilizando los telescopios, y el hombre ha podido llegar a lugares tan lejanos en el espacio como la Luna, y hoy se prepara para su incursión en Marte. Así que podemos hablar primeramente de dos niveles de cielo al que el hombre tiene acceso por sus propios medios.

Pero existe un tercer cielo, un lugar muy distante adonde nuestra vista no alcanza a ver y donde ni el más potente telescopio puede llegar a hurgar. A este cielo se refiere el apóstol Pablo cuando nos dice en 2 Corintios 12:2-4 lo siguiente: ¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨. Este es el cielo del que vamos a hablar en esta ocasión, el cielo que contiene el trono de Dios y todas las maravillosas cosas que Jesús fue a preparar para los suyos (Juan 14:1-3).

La palabra cielo ha venido a ser sinónimo de lo mejor, de lo más sublime. De tal modo que el hombre le dice a su amada ¨mi cielo¨. Cuando se está disfrutando de algo que se considera placentero, se dice que se es llevado al cielo o que está experimentando algo celestial. Así que en el uso corriente de esta palabra, en un lenguaje cotidiano, cielo se refiere a algo que produce plenitud. Aunque este es sólo un significado vago de lo que es el cielo en sí, y esta consideración de la palabra cielo no está estrictamente limitada al verdadero significado de la palabra en el contexto bíblico y moral del término.

Por el uso común de la palabra podemos escuchar decir por ejemplo que un hogar dichoso es un pedazo de cielo, y en contraposición, un hogar arruinado, sería un trozo del mismo infierno. Pero todo esto, como ya hemos dicho es sólo una forma de hablar, como la desafortunada expresión que una vez escuché de un padre a su niña de apenas un año, él le dijo a este angelito: ¡Vete al infierno! Y esta es considerada por él una forma de hablar, ¡Ojalá que nunca tenga usted esta forma de hablar, y mucho menos que la use para referirse a sus hijos!

El cielo es mucho más que un concepto, el cielo no es un estado mental como dicen o enseñan algunos para despojarlo de su realidad y existencia. El cielo, en el contexto bíblico, es diferente del concepto budista o hinduista del nirvana, por motivos de que el nirvana es un estado de excelsitud supuestamente lograda por el ser humano producto de progresiones, reencarnaciones y esfuerzos y méritos propios. Pero el cielo es un lugar al que se accede solamente mediante la gracia de Dios: ¨Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe¨ (Efesios 2:8,9).

El cielo es uno de dos destinos eternos posibles a los que el hombre se enfrentará indefectiblemente, el otro destino es el infierno, del que hablaremos en otra ocasión. No hay caminos alternativos entre estos dos destinos, ni caminos intermedios, como el purgatorio por ejemplo.

Cuando la Biblia dice que el cielo y la tierra pasarán y habla también de cielo nuevo y tierra nueva, este cielo se refiere al cielo que podemos ver, al cielo físico, así que no se debe confundir con el cielo donde Dios está.

De manera muy especial quiero considerar tres aspectos relacionados con el cielo:

1.- El Cielo es un Mundo Espiritual.

Cuando hablamos de un mundo espiritual muchos tienen la presunción de que estamos hablando de algo irreal. Pero la verdad es que el mundo espiritual es más real que el mundo material, pues la Biblia afirma que ¨lo que se ve fue hecho de lo que no se veía¨ (Hebreos 11:3).

En el cielo está Dios, y Dios es un ser espiritual, invisible al ojo material. A este mundo espiritual por tanto pertenecen los seres espirituales como los ángeles, según lo enseña La Biblia en múltiples pasajes como el de Lucas 2:13-15: ¨Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado¨.

El mundo espiritual controla el mundo material. Dios desde el cielo controla todo lo que está en la tierra y en el universo. Así que cuando se habla de la madre naturaleza se hace referencia a una entidad que no existe, pues lo que las personas denominan así, no es más que Dios y su influencia espiritual en todos los procesos biológicos de las especies, sin importar cuales sean. Este control de Dios en todo lo que existe podemos verlo en las palabras del Señor Jesús: ¨¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados¨ (Mateo 10:29,30).

La realidad del cielo como algo espiritual no desacredita el mundo material, sino que lo dignifica, pues el mundo material es un reflejo del mundo espiritual. El orden existente en las cosas creadas nos habla de la maravillosa complejidad de las cosas celestiales.

Lo celestial es imperecedero frente a este mundo que está sujeto al deterioro, pero no por ser material, sino por causa del pecado. Cuando Dios hizo el mundo material, que incluye al hombre, dijo que todo lo que había hecho era en gran manera bueno (Génesis 1:31). Así que este mundo material que fue concebido por Dios, que está en el cielo, fue concebido originalmente para que durara para siempre, pero fue la desobediencia del hombre que produjo todo este desequilibrio y desorden en la creación.

Así que por causa de la vanidad a la que fue sujetado el mundo material, la Biblia afirma lo siguiente: ¨Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra¨ (Colosenses 3:1,2). La razón porqué el apóstol Pablo hace esta advertencia es por causa de la condición de riesgo a la que está sometido este mundo, debido al pecado. Por ese motivo nos ordena el Señor Jesús lo siguiente: ¨No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan¨ (Mateo 6:19,20).

El cielo y todo lo que hay en él es de por sí eterno, para siempre. La tierra y todo lo que hay en ella es temporal y está condenada al fracaso: ¨pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos¨ (2 Pedro 3:7).

El cielo es incorruptible, invencible, inviolable, insobornable, inexpugnable.

El cielo es un lugar lejano, distante, tanto en el sentido de espacio, como en el sentido moral. No se puede ir al cielo utilizando ningún medio o transporte humanos, es por ello que se necesita a Cristo, él es el único que conoce el camino, él es el único que nos puede llevar allá: ¨Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí¨ (Juan 14:6).

2.- El Cielo es un Lugar Real.

El cielo no es un estado mental, no es una idea, no es algo que vive en el corazón como un anhelo o ilusión, no es una quimera, el cielo es un lugar real.

Jesús vino del cielo, se transportó al cielo después de resucitar y de allá vendrá en su segunda venida con sus santos ángeles y con los redimidos: ¨Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria¨ (Mateo 25:31).

Enoc y Elías son los únicos seres humanos que están en el cielo sin haber pasado antes por la muerte. La Biblia nos dice de Enoc lo siguiente: ¨Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios¨ (Hebreos 11:5). Y de Elías leemos: ¨Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino¨ (2 Reyes 2:11).

Moisés y Elías vinieron del cielo y se aparecieron junto con Jesús en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1-13). Y esto no era una visión, eran seres reales como Jesús, tan reales que note usted lo que ocurrió con los discípulos: ¨Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías¨ (Mateo 17: 4).

Jesús le dijo al ladrón arrepentido que estaría en el cielo. Jesús le hizo una promesa:¨Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso¨ (Lucas 23:43). Aquí podemos ver que los creyentes, una vez que mueren van al cielo, tal y como lo enseñara también el apóstol Pablo: ¨Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor¨ (Filipenses 1:23).

El apóstol Pablo también habló del cielo como un lugar real cuando dijo que conocía a alguien que había sido transportado allá: ¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨ (2 Corintios 12:2-4). Se sabe que ese hombre era el mismo Pablo y que por razones de modestia hace referencia a su persona de manera indirecta, pero podemos corroborar que está hablando de él mismo cuando afirma: ¨De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades¨ (2 Corintios 12:5).

En la Biblia vemos a los ángeles que venían del cielo con mensajes departe de Dios para los seres humanos, y esto es evidente tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento.

En el libro de Apocalipsis tenemos los más espectaculares cuadros que nos presentan el cielo como un lugar verdadero y majestuoso. Estas visiones de Juan en Apocalipsis tienen la misma espectacularidad que encontramos en el capítulo 6 de Isaías y en el capítulo uno de Ezequiel. Estas imágenes nos hablan del cielo como un lugar terrible. La presencia de los ángeles en la tierra cada vez que se aparecían era motivo de temor en los que lo presenciaban. Así que las cosas celestiales son fuera de serie: ¨Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman¨ (2 Corintios 2:9).

3.- El Cielo es el Sitio Donde Dios Está.

El cielo es el lugar por excelencia donde Dios está, en contraste con el infierno donde Dios definitivamente no está. Esto es lo mejor del cielo, que Dios está allí. Si usted no va al cielo se perderá del mejor lugar donde se puede pasar la eternidad, porque el cielo es eterno, es para siempre, ese es el lugar donde irán los de la derecha, las ovejas: ¨Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo¨ (Mateo 25:31-34).

El cielo entonces es sinónimo de gozo, de paz. La verdadera realización personal es poder llegar al cielo. Estar en el cielo es la más grande hazaña que alguien puede alcanzar, es el mayor logro, es el clímax del éxito. De nada sirve ganar los más grande galardones aquí en la tierra si se pierde el cielo: ¨Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?¨ (Mateo 16:26).

No todo el mundo podrá estar en el cielo. Al cielo van sólo los redimidos de Dios, los que han sido hechos hijos de Dios por la simple razón de creer en Cristo, de recibirle: ¨Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios¨ (Juan 1:12,13).

Jesús dijo que él es la puerta de entrada al cielo: ¨Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.

Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos¨ (Juan 10:7-9).

El vivir licenciosamente en este mundo constituye el camino ancho que conduce a la perdición, al infierno; pero el vivir bajo las benditas restricciones del camino estrecho nos conduce al cielo. El camino al cielo es tan estrecho que no admite atajos. Usted puede ir a cualquier lugar por diferentes caminos, pero para ir al cielo hay sólo un camino: Jesús; este camino conduce directamente al cielo.

Leandro González


Sermón predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 18 de Abril de 2010.

VEA EL VÍDEO DEL MENSAJE:




domingo, 11 de abril de 2010

EL REINO DE DIOS

Mateo 10:7


¨Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado¨.

En la Biblia ¨el reino de Dios¨ y ¨el reino de los cielos¨ significan lo mismo. Mateo utiliza la expresión ¨reino de los cielos¨, mientras que Marcos y Lucas emplean ¨reino de Dios¨. Esta diferencia está relacionada con el trasfondo cultural y religioso de los destinatarios de sus evangelios. En el pasaje que nos sirve de inspiración Mateo dice: ¨Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado¨ (Mateo 10:7). Esta es la orden del Señor a los doce enviados a predicar en el período inicial de su ministerio.

Hablar del reino de Dios es hablar de su gobierno, de su dominio en el universo, de su dominio en las leyes de la naturaleza, de su soberanía y providencia. El es el rey soberano de este mundo, y el mundo le pertenece por derecho de creación: ¨En el principio creó Dios los cielos y la tierra¨ (Génesis 1:1). Al mismo tiempo el mundo le debe obediencia, honor y respeto: ¨diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas¨ (Apocalipsis 14:7). El mundo es de él: ¨De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos¨ (Salmo 24:1,2).

El Reino de Dios también abarca el señorío de Cristo en la iglesia y en la vida de cada creyente. Otra cosa importante que atañe al dominio de Dios es su señorío en la historia.

En el Antiguo Testamento el reino de Dios se manifiesta en la vida de una nación, el pueblo de Israel. El principio fundamental que impera en el gobierno de esta nación es la teocracia. Es por ello contradictorio que la nación haya pedido un rey humano en evidente desprecio a Dios como Rey soberano de la nación judía: ¨Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos¨ (I Samuel 8:7).

A pesar de todo, los judíos constituyen una sociedad política que sirve como icono universal de la soberanía y providencia divina en el mundo. Toda vez que la nación ha sido obediente a su soberano Dios, ellos han triunfado, pero cada vez que han sido infieles, han recibido los rigores del castigo de Jehová de los ejércitos. Este trato está sujeto al pacto de Dios hecho con ellos: ¨Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra¨ (Exodo 19:5).

Dios como soberano del reino, pone las reglas, y la nación está obligada a acatar esas condiciones: ¨Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Mas si tu corazón se apartare y no oyeres, y te dejares extraviar, y te inclinares a dioses ajenos y les sirvieres, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis; no prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para entrar en posesión de ella¨ (Deuteronmio 30:15-18).

Dios no ha renunciado a su dominio sobre la nación de Israel aunque ellos hayan sido desleales. A pesar de ser los protagonistas de la muerte de Jesús, la nación de Israel sigue estando en el corazón de Dios. Dios anhela rescatarles de su rebeldía y por eso los llama al arrepentimiento para que permitan que el dominio de su reino sea una realidad en sus vidas. Esta era la preocupación de Jesús: ¨Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado¨ (Mateo 4:17). El gran amor del Rey Jesús por Israel le llevó a expresar el más grande lamento sobre ella: ¨¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!¨ (Mateo 23:37)

El reino de Dios podemos verlo en tres dimensiones:

1.- El Reino de Dios en Los Cielos.

Este concepto del reino de Dios abarca el tiempo pasado y presente así como ha de abarcar el futuro y toda la eternidad. Este concepto del reino de Dios trasciende el tiempo y el espacio. Al hablar del reino de Dios en los cielos nos estamos refiriendo al reino que está por encima de todos los reinos. De aquí se desprende la expresión relacionada con Jesús el Rey del reino: ¨Rey de reyes y Señor de Señores¨ (Apocalipsis 19:16).

En el padrenuestro Jesús ubica a Dios en los cielos, esto da la idea de un reino que tiene el trono más sublime: ¨Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre¨ (Mateo 6:9).

El trono de Dios está en el cielo, pero el reino de Dios se manifiesta en la tierra, y es definitivamente un reino real y diferente de los reinos del mundo. Jesús dijo a Pilato que su reino no es de este mundo: ¨Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí¨ (Juan 18:36). Jesús de ninguna manera está tratando de impresionar a Pilato, sino que está diciendo una verdad pura y simplemente. El pobre despistado aquí no es Jesús, sino cualquiera que no llegue a entender la magnitud de estas expresiones de poder. Pero no cabe dudas que frente a la realidad a la que Jesús estaba sometido, en el juicio frente al gobernador romano, y a todo lo que siguió después con la crucifixión, considerar esta expresión como dichas en términos reales parecería una expresión novelesca o salida de un episodio de ciencia ficción. Pero no, estas palabras son dichas por un personaje de la historia real. No son las palabras de un lunático que se creía una cosa que no era. Decir que Jesús estaba loco no cuadra con su personalidad y no cuadra con los hechos que acompañan sus declaraciones.

Esta expresión de Jesús no es una quijotada. No es que Jesús creía que él era un rey, sino que en realidad él era y es ese rey. Nadie puede estar más seguro de ser un rey, que él, pues él es rey del reino verdadero. Todos los reinos del mundo son nada ante el reino de los cielos.

El reino de los cielos es el reino del bien sobre el mal. La existencia de ese reino garantiza la victoria sobre Satanás, sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el infierno. El reino de los cielos anima y fortalece la fe; robustece la esperanza gloriosa de los redimidos. El reino de los cielos es la seguridad de los creyentes, hay un reino a donde vamos, un lugar real donde estaremos. Nadie puede tener una mayor esperanza que esa: ¨En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis¨ (Juan 14:2,3).

2.- El Reino de Dios en la Actualidad.

Esto se refiere al señorío de Cristo en la vida de la iglesia y de cada individuo arrepentido en particular. Es el reino espiritual donde Jesús, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, las verdades que son el fundamento de la fe cristiana, dominan los pensamientos y las acciones de los creyentes. Este reino actual tiene que ver con una conducta, con una ética, con una actitud frente a todas las cosas de este mundo. Esta cosmovisión cristiana se compadece con las enseñanzas de Jesús.

El reino de Dios en la actualidad es el Señor Jesús viviendo en el corazón del creyente y dominando todo su ser, influenciándole para su provecho y para provecho de los demás. El creyente está sometido voluntariamente a ese dominio. Jesús no puede gobernar de otra manera en la vida de las personas. Este dominio de Dios en la vida de las personas y en la vida de las familias cristianas, arrepentidas y salvadas, se debe reflejar de manera positiva en la iglesia y en la sociedad, en todas las actividades que el creyente realice. Se requiere de cada uno que esté bajo la influencia del reino de Dios, que actúe de acuerdo a las leyes de ese reino.

Este reino de Dios en la vida del creyente y de la iglesia, manifiesta en la tierra el tipo de gobierno que es totalmente diferente de los reinos de este mundo: ¨Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos¨ (Marcos 10:42-45).

Este reino de Dios en la vida del creyente, al mismo tiempo demuestra cuál es el carácter del reino en el cielo y cuál es la manera como Dios gobierna el universo. Porque al hablar en la actualidad de un reino espiritual no estamos negando el reino de Dios en el universo.

El gobierno espiritual de Dios en la vida del creyente es un gobierno real, no es un gobierno ideal, sino algo que ocurre en la realidad. La manera como Dios gobierna en nosotros es al través de su Espíritu Santo y de la influencia de su Palabra. En la medida en que hacemos caso a lo que el Señor nos dice, a sus enseñanzas y demandas para nosotros, en esa medida él gobierna en nosotros.

Pero es claro que de una forma misteriosa Dios ejerce dominio sobre cada persona para guiarnos hacia el fin que él se ha propuesto con cada uno de nosotros. En ese sentido el reino de Dios sobre nosotros se vuelve irresistible, es a lo que se le llama la gracia irresistible de Dios. Es por ello que estamos de acuerdo con la idea de que una vez que hemos sido salvos, nuestro destino está sellado, unido indisolublemente al propósito eterno de Dios: ¨ Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados¨ (Romanos 8:28). Este es un asunto que brinda garantía a los que son ciudadanos de ese reino.

Los que forman parte del reino de Dios, el cual se hace evidente en la actualidad en el ámbito de la iglesia, tienen una misión como embajadores del reino: ¨Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios¨ (2 Corintios 5:20).

Nuestra misión como embajadores del reino en este mundo tiene que ver con anunciar el evangelio del reino de Dios para de esta manera extenderlo y expandirlo entre los hombres de todas las naciones: ¨Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén¨ Mateo 28:19,20). En cuanto a ser ciudadanos del reino de Dios, Jesús se expresó diciendo que no somos de este mundo, eso quiere decir que estamos como extranjeros en la tierra, ya que nuestra ciudadanía es en los cielos: ¨No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo¨ (Juan 17:16).

Es importante saber que el dominio espiritual de Jesús ahora en este mundo es lo que garantiza que seremos parte del reino eterno del Señor allá en el cielo. El dominio del reino de los cielos en los que vivimos en la tierra, garantiza nuestra ciudadanía en el reino de Dios que está en los cielos. Ninguna persona puede ser parte del reino de Dios a menos que permita a Jesús ser el rey de su vida aquí y ahora. Tener el dominio o señorío de Cristo aquí en la tierra es lo que garantiza que podamos entrar en el reino de Dios que está en los cielos: ¨A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos¨ (Mateo 10:32,33).

3.- El Reino de Dios en el Futuro.

Aquí entramos en un punto escatológico, que tiene que ver con los acontecimientos finales de la historia. La literatura apocalíptica tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento está repleta de imágenes extraordinarias que presentan un panorama muy distinto al que se ha visto desde el principio de la historia, donde Satanás y las legiones de maldad se levantan contra los designios de Dios, y los hombres impíos se gozan en la maldad. El reino de Dios en términos futuristas nos presenta un mundo totalmente distinto, un mundo bajo la absoluta influencia del bien y la total desaparición del mal.

Este reino futuro de Dios depende mucho de las acciones del reino o señorío presente de Jesucristo en la vida de la iglesia. La llegada de este reino futuro y definitivo de Dios sobre el mundo no es una cosa que procure la destrucción del hombre, sino todo lo contrario, se atreve a demorar por causa de su amor a la humanidad: ¨El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento¨ (2 Pedro 3:9).

Dios no está desesperado, y mucho más cuando ve que el hombre se resiste a arrepentirse y se niega a su amoroso dominio. Pero a pesar de todo ese amoroso deseo de Dios de salvar a todos los hombres, la Biblia nos dice que él vendrá sorpresivamente a este mundo para castigar toda maldad: ¨Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas (2 Pedro 3:10).

Conjuntamente con la llegada de Jesucristo a este mundo se hará manifiesto a los hombres el reino de Dios. Se podrá ver y palpar el reino del que Jesús habló ante Pilato.

Toda ambigüedad creada por la incredulidad de los hombres será desecha ante la presencia corporal de Jesús como Rey de reyes y Señor de señores.

Reflexionemos finalmente frente a estas firmes y sublimes palabras del apóstol Pablo a Timoteo, y que sirvan para que te decidas por Cristo antes que sea tarde: ¨Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén¨ (I Timoteo 6:13-16).

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana el 11 de Abril de 2010.

lunes, 5 de abril de 2010

EL DIA DEL SEÑOR

Marcos 16:9


¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

Hoy que celebramos la resurrección de nuestro Señor, es un magnífico día para hablar de El Día del Señor, pues la más grande evidencia de que el primer día de la semana es el día de descanso de los cristianos, es que Jesucristo resucitó ese día: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

El sábado fue el único día que Jesús estuvo veinticuatro horas completas sepultado. Y no estaba descansando como dicen algunos, sino que estaba muerto, sepultado en una tumba. Parte del día viernes en que murió, Jesús estuvo vivo, y también gran parte del domingo que resucitó; pero el sábado estuvo muerto todo el santo día. Porque Jesús dio cristiana sepultura a todos los rituales y ceremonias de la antigua ley. Y esto a mí me parece muy gráfico de lo que él mismo dijera respecto del sábado: ¨Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo¨ (Marcos 2:28). Esto quiere decir entre otras cosas, que el día de reposo está sujeto a él, y no él al día de reposo; que él es mayor que el día de reposo. Los judíos del tiempo de Jesús llegaron a enfatizar de tal manera la observancia del día de reposo, que lo veneraban. Lo mismo hacen muchos cristianos judaizantes en el día de hoy, hasta ponen la observancia del sábado como condición para ser salvos.

El primer día de la semana marcó el inicio de una cadena de acontecimientos en la vida de nuestro Señor resucitado y de los primeros cristianos, que llegó a identificar inequívocamente el domingo como el día del Señor. No fue Constantino quien impuso el domingo a los cristianos como día de reposo, sino que él lo hizo así porque los cristianos ya guardaban el domingo como día del Señor, en celebración de la resurrección de Jesucristo. Así que, a quienes Constantino les impuso el domingo fue a los paganos, y a los judíos que estaban bajo el poder romano.

El poder romano que los judíos aprovecharon para llevar a Jesús a la cruz, con la idea de destruir el cristianismo, fue el mismo poder utilizado por Dios para someter a los judíos y a las demás naciones a la nueva manera cristiana de ver el mundo. Los judíos usaron a un gobernador del imperio romano, pero Dios usó al propio emperador. Desde entonces la historia se divide así: ¨Antes de Cristo¨ y ¨Después de Cristo¨, porque Dios es el que dirige la historia. Jesucristo es Señor de la historia así como es Señor del sábado.

El séptimo día era el día de reposo observado por Cristo y los cristianos antes de la resurrección, pero no lo fue más después que el Señor se levantó de entre los muertos. Fuera de todo prejuicio podemos entender que al ser la resurrección el evento más importante de la fe cristiana, sea tomado el día que Cristo resucitó como día de descanso del nuevo camino, para diferenciarlo de la antigua religión y de la levadura farisaica que tanto daño ha hecho a los judíos y a los cristianos que se empecinan en mantener las prácticas judaizantes.

Los cristianos guardamos el domingo, no el sábado. Cada domingo, aún con el mínimo esfuerzo de levantarnos temprano e ir al templo, así como en cada expresión de adoración en nuestros cultos, proclamamos que la tumba donde sepultaron a Jesús está vacía.

Como todo lo que encontramos en el Antiguo Testamento era sombra de lo que habría de venir, imagen de las cosas verdaderas, como dice la Biblia en la Carta a los Hebreos, de esta misma forma el sábado era sombra de un día mucho más importante, el día de la nueva creación de una vida nueva, la redención de la humanidad obrada por Jesús en la cruz y celebrada el día que él se levantó de entre los muertos.

Ahora veamos porqué el primer día de la semana es el Día del Señor y el día en que los cristianos nos reunimos para adorar.

1.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en Que el Señor Resucitó.

El pasaje de nuestro sermón es inequívoco en señalarnos que el Señor resucitó el primer día de la semana: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9). Cualquier intento por desconocer esta verdad bíblica será evidencia suficiente para detectar la doctrina de error, pues los otros evangelistas son enfáticos al revelarnos esta verdad: Mateo 28:1-11; Lucas 24:1-43; Juan 20:1-29.

A pesar de toda esta contundencia bíblica muchos se atreven a proponer otro día para la muerte de Cristo, y por ende otro día para su resurrección, en su afán de adaptar la Palabra de Dios a sus caprichos. A estos les cabe la sentencia paulina de Gálatas 1:6-9: ¨Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema¨.

Toda la carga de testimonio que demuestra que Jesús resucitó el primer día de la semana apuntala ese día como un día de gran celebración y júbilo para los cristianos. Es el día en que todos los creyentes en Jesús podemos decir con Pablo: ¨Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?¨ (I Corintios 15:54,55).

2.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en que el Señor Resucitado se Apareció a sus Seguidores.

Aparte de haber resucitado el Señor el primer día de la semana, otros hechos sobresalientes ocurridos después de la resurrección, sucedieron el primer día de la semana. Podemos mencionar primeramente la aparición a sus discípulos: ¨Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén¨ (Lucas 24:13).

También vemos que se apareció a sus discípulos en domingos sucesivos: ¨Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros¨ (Juan 20.19-26).

La presencia del Señor en los lugares donde los discípulos estaban reunidos llenó de regocijo sus corazones. Esto se corrobora por la propia declaración de los discípulos que iban a Emaús: ¨Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?¨ (Lucas 24:32). En el día de hoy, cada domingo que los creyentes nos congregamos para adorar al Señor, sentimos el mismo gozo de estar ¨unánimes juntos¨, reunidos en su nombre (Hechos 2:1). Es lo menos que podemos hacer para anunciar al mundo que ¡El Señor Ha Resucitado!

3.- El Primer Día de la Semana Fue el Día Observado Por los Primeros Cristianos.

No es coincidencia que los 120 estuviesen congregados en el aposento alto en el día de pentecostés, ya que ellos estaban obedeciendo a instrucciones dadas por el Señor: ¨Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días¨ (Hechos 1: 4,5).

Es muy probable que la venida del Espíritu Santo fuera un domingo, siendo que el día de Pentecostés se celebraba y se sigue celebrando hoy así entre los judíos: Se cuentan 7 sábados a partir del sábado de pascua que suman 49 días, y el domingo próximo es el quincuagésimo, el número cincuenta, que corresponde al día de Pentecostés.

Las instrucciones del apóstol Pablo para la recolección de la ofrenda para los santos demuestra la práctica común de los primeros cristianos de observar el primer día de la semana: ¨En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas¨ (I Corintios 16:1,2). Este pasaje es razón suficiente y concluyente de esta costumbre de los primeros cristianos de guardar el domingo en vez del sábado.

Esta preocupación de Pablo de que la ofrenda se recogiera a tiempo y que para lograrlo se hiciera el día en que se reunían con regularidad, nos indica cuán común era ya la costumbre de guardar el domingo en lugar del sábado. Tanto para el escritor del Nuevo Testamento como para los destinatarios de la carta de Pablo, eran normales estas reuniones para la celebración del culto cristiano, por tal motivo no se dan mayores explicaciones.

La única vez que se menciona el sábado relacionado con los cristianos en el Nuevo Testamento, después de la resurrección, es con el propósito de llevar el evangelio a los judíos que sí se reunían el sábado en las sinagogas. Por lo general los apóstoles llevaban primero el evangelio a los judíos y luego a los gentiles. Así que había que aprovechar las reuniones de estos en sus sinagogas en día sábado. Recordemos lo que Pablo decía: ¨Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley¨ (I Corintios 9:20). Pero llegó un momento en que debido a la incredulidad de sus hermanos judíos Pablo decidió otra cosa: ¨Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles¨ (Hechos 18: 6). De ahí en adelante no volvió a mencionarse que se reuniera en sábado con los demás judíos.

Esta actitud del apóstol Pablo concuerda con su convicción de la supremacía del nuevo camino por encima de la antigua religión judaizante: ¨Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo¨ (colosenses 2:16,17). Como podemos ver en este último pasaje, la disputa de si los cristianos debían guardar o no el sábado, es una cuestión que tuvo que ser enfrentada fuertemente por los apóstoles en contra de los que querían imponer requisitos legales basados en el Antiguo Testamento. Tanto para Pablo como para cualquiera cristiano sensato de la época primitiva, era muy claro que el día del culto cristiano era el primer día de la semana.

Nos atrevemos a decir según el espíritu de la carta a los Hebreos que el sábado, como sombra de las cosas verdaderas, fue anulado por el Señor tal y como nos lo revela Colosenses 2:14: ¨anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz¨ (Colosenses 2:14).

Para los que piden evidencia explícita de la observancia del primer día de la semana como día de adoración cristiano, veamos el siguiente pasaje: ¨El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche¨ (Hechos 20:7).

Una prueba final que demuestra la costumbre de guardar el domingo como día de adoración del Señor es que Juan recibió la revelación del Apocalipsis el día del Señor, o sea el domingo, el primer día de la semana: ¨Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta¨ (Apocalipsis 1:10). Acerca de este pasaje nos dice H. E. Dana en su libro ¨Manual de Eclesiología¨ lo siguiente: ¨La referencia que hace Juan al “día del Señor” en Apocalipsis 1:10, no puede razonablemente referirse a otro día que no sea el primer día de la semana. Así que hay fuerte evidencia a favor de la observancia del primer día de la semana como el día del culto en la era apostólica; mientras que no hay ninguna a favor del séptimo día¨ (-H. E. Dana, Manual de Eclesiología, Editorial Mundo Hispano, 1987, Pág. 159).

Unas palabras finales que debemos agregar acerca de la observancia del día del Señor es que en los últimos años muchos creyentes en el mundo no están mostrando el debido respeto al Señor en el que dicen creer, pues con mucha facilidad comprometen el domingo para hacer labores comunes, dejando de esta manera de participar en sus iglesias.

Si bien es cierto que el domingo no tiene el carácter legalista que llegó a tener el sábado judío (y gracias a Dios por ello), pero creo que los cristianos debemos rescatar el día del Señor, limitándonos en lo posible a dedicar ese día para congregarnos con nuestras familias en el templo.

El domingo no es un día para irnos de fiesta o de recreación, mientras los demás hermanos se congregan para adorar a Dios. El mundo no es mejor después que los cristianos hemos comprometido el día del Señor para ocuparnos en nuestras labores ordinarias.

Por favor, medita en este versículo: ¨No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca¨ (Hebreos 10:25).

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 4 de abril de 2010.

domingo, 28 de marzo de 2010

LA CENA DEL SEÑOR

I Corintios 11:23-26


¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨.

La iglesia católica denomina la cena del Señor como eucaristía y la engloba dentro de lo que ellos llaman los siete sacramentos, dentro de los cuales también se encuentran: El bautismo, la penitencia, la confirmación, el orden sacerdotal, el matrimonio y la unción de los enfermos. Pero según lo que nos enseña la Biblia hay sólo dos ordenanzas que fueron constituidas por el Señor para la iglesia, que son el bautismo y la cena del Señor, llamada también cena conmemorativa. Estas ordenanzas son reconocidas en algunas iglesias evangélicas también como sacramentos.

Un sacramento se ha llegado a definir injustificadamente como algo que imparte cierto tipo de gracia especial departe de Dios a quien participa del mismo. Según esta creencia todo acto definido como sacramento hace recaer sobre la persona que lo recibe una gracia que ayuda para su salvación. Esta interpretación equivocada de la palabra sacramento ha degenerado, por ejemplo, en la creencia de que el bautismo salva.

Asimismo al decir que la cena del Señor produce algún tipo de gracia salvadora o que tiene el poder de perdonar los pecados de quienes participan de la misma, estamos haciendo insuficiente la obra salvadora de Jesucristo y haciendo imperfecto su sacrificio, y de esta forma reanudamos el sacrificio continuo que fue abolido por el Señor cuando murió en la cruz. Por causa de este razonamiento, y por querer sobredimensionar un acto que es sólo simbólico, hay dos fenómenos dentro del acto de la cena del Señor conocidos como ¨transustanciación¨ y ¨consustanciación¨.

La Iglesia Romana Católica enseña la doctrina de la transustanciación. La transustanciación significa que durante la misa tiene lugar un milagro por el cual la sustancia de los elementos ordinarios del pan y del vino se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Para los sentidos humanos, el pan y el vino no exhiben ningún cambio perceptible. Pero los católicos creen que aunque los elementos todavía se asemejan al pan y al vino, que saben como el pan y el vino, que huelen como el pan y el vino, etc., se convierten realmente en la carne y la sangre de Cristo.


La consustanciación, una doctrina luterana, considera que en la Eucaristía se encuentra de forma real Cristo, pero existiendo al mismo tiempo la sustancia del pan y del vino. Por lo tanto, y según los luteranos, después de la consagración no existiría en las formas únicamente la presencia divina de Cristo, tal y como se mantiene en la Transubstanciación, sino que además seguiría habiendo el pan y el vino originales.

Pero creemos que al ser la cena conmemorativa un acto ceremonial simbólico, estos elementos del pan y del vino no sufren ninguna transformación. El pan y el vino son los mismos elementos antes, durante y después de ser utilizados en la cena del Señor. No implican tampoco ningún sentido místico en el que el cuerpo y la sangre de Cristo se puedan expresar de forma dinámica en estos elementos. No hay nada misterioso en este acto que es solamente representativo y simbólico. El gran misterio en sí ha sido la obra expiatoria de Jesucristo, que estos elementos representan. En definitiva, estos elementos sólo representan el cuerpo y la sangre de Cristo, pero no lo son de ninguna manera.

Con relación a adjudicarle a este acto simple de la cena del Señor o a cualquiera otra ceremonia que podamos celebrar algún tipo de misticismo, no hemos podido encontrar nada en la Biblia que nos indique que la persona tenga que hacer algo para ganarse la salvación o para mantenerla; pero sí es muy claro en la Biblia que la salvación es solamente por la fe en Jesucristo, y que la misma fue obrada por él de una vez y para siempre: ¨pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados¨ (Hebreos 10:12-14).

Por eso decimos que la misa católica, que pretende hacer presente cada vez el cuerpo y la sangre de Cristo, no tiene asidero bíblico, pues Cristo murió una sola vez, y esa vez ha sido suficiente para siempre. De modo que es imposible e innecesario que se repita la muerte del Señor cada vez que se celebra la eucaristía. En este sentido la misa no es más que un invento de los hombres.

Respecto de la cena del Señor quiero compartir tres puntos sobresalientes:

1.- La Cena del Señor es Un Acto Conmemorativo.

El Señor ordenó que se hiciera en su memoria: ¨ haced esto en memoria de mí¨ (I Corintios 11:24). Este es un acto para recordar al Señor, para tener presente entre la congregación la realidad de su sacrificio obrado a favor de los hombres.

Los apóstoles fueron los primeros que participaron de la cena conmemorativa. Esto ocurrió durante la cena de la pascua, y el Señor hizo todos los preparativos en un aposento alto para esa ocasión tan especial. Aquella sería la última reunión con sus discípulos antes de su muerte; esto lo resalta Leonardo da Vinci en su pintura ¨La úlima cena¨. Los apóstoles recibieron el pan y el vino de la misma mano del Señor, pero no entendieron en ese momento el significado de ese acto. Fue después que el Señor resucitó y que recibieron el Espíritu Santo, que ellos se dieron cuenta de la magnitud de todas las cosas relacionadas con el Señor.

Los elementos que intervienen en la cena del Señor son el pan y el vino. El pan representa el cuerpo del Señor que fue partido, y el vino representa su sangre que fue derramada por nuestros pecados: ¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre¨ (I Corintios 11:23-25).

La cena conmemorativa tiene el propósito de anunciar la muerte del Señor y proclamar su segunda venida: ¨ Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨ (I Corintios 11:26). La iglesia estará celebrando la cena del Señor hasta que ocurra su segunda venida.

Al ser un acto conmemorativo la frecuencia para participar de la cena del Señor es prerrogativa de cada congregación, y el derecho de permitir que personas creyentes de otra congregación participen del acto, es también competencia de cada iglesia y de acuerdo a sus reglamentos internos. En todo caso, cada hermano debe procurar participar de la cena del Señor en su congregación.

Hay iglesias que participan de la cena del Señor cada semana, otras lo hacen cada mes y algunas lo realizan cada dos o tres meses. No se debe celebrar con tanta frecuencia que llegue a perder su significado e importancia, pero tampoco se debe privar a la congregación de participar con la frecuencia razonable de un acto tan significativo para la fe cristiana.

2.- La Cena del Señor es Sólo Para Creyentes.

No tiene sentido que una persona no creyente participe de la cena del Señor, de la misma forma que no tiene sentido que una persona que no se ha convertido sea bautizada, pues esta persona no sería más que alguien que ha sido mojado. En el caso de alguien que participe de la cena del Señor sin ser creyente, no sería más que una persona que ha comido una comida cualquiera.

La trascendencia de la cena del Señor estriba en el significado que tiene el acto para aquel que conoce todo lo que encierra la muerte de Jesucristo.

Esta es una ceremonia ordenada sólo para la iglesia, para la congregación local, para los hermanos que están congregados en un culto, nunca para ser administrado a una persona en particular. Si una persona no está presente el día que se celebra la cena del Señor, la misma deberá esperar a una próxima oportunidad que esta ceremonia se realice para entonces participar. La cena del Señor debe ser un acto colectivo y bien ordenado, pero sin parafernalia, sin pompa y sin adorno, con la más discreta sencillez.

3.- La Cena del Señor es Una Oportunidad Para Examinar Nuestra Vida.

No es que haya personas que sean dignas de tomar la cena del Señor y otras que no lo sean. En todo caso, ninguno sería digno de tomarla por sus propios méritos, nuestra salvación o participación en los asuntos santos no son derivados de nuestra justicia sino de la justicia de Cristo.

Algunas personas no participan de la cena del Señor porque han cometido algún pecado, o porque su relación conyugal no anda bien, o porque tienen algún problema en su vida, pero esto no es correcto. Ningún creyente debe eximirse de participara de la cena del Señor, lo que el creyente debe hacer es arreglar su vida y resolver los inconvenientes que estén a su alcance resolver con sus semejantes, antes de participar de la cena del Señor. Aquí se aplica el principio establecido por el Señor respecto de los que traen su ofrenda, a los cuales les manda a examinarse a sí mismos: ¨ Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda¨ (Mateo 5:23,24). No podemos presentarnos delante del Señor a sabiendas de que no hemos hecho la paz con nuestro hermano.

El tiempo de participar de la cena del Señor es una buena oportunidad para reflexionar acerca de nuestra condición espiritual y nuestra conducta. Aunque cada día debemos examinarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de lo que decimos o de lo que hacemos que ofende al Señor, que dio su vida por nosotros para que seamos nuevas criaturas, en el acto de la cena del Señor podemos una más profunda reflexión, ya que este acto nos recuerda todo lo que el Señor sufrió para que podamos tener una nueva vida. Este acto nos recuerda que debemos honrar al Señor con nuestros miembros y con nuestra mente, porque nuestro culto debe ser consciente y racional: ¨ Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta¨ (Romanos 12:1,2).

La cena del Señor nos recuerda a quién adoramos. A esto fue a lo que se refirió el Señor cuando le dijo a la mujer samaritana que a Dios debemos adorarle en espíritu y en Verdad: ¨ Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren¨ (Juan 4:21-24).

Toda persona que desea arrepentirse o reconciliarse con el Señor y así poder participar de la cena del Señor, debería hacer suya la siguiente oración de confesión del rey David: ¨

¨ Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve¨ (Salmos 51:1-7).

Crea en Jesucristo y haga esta oración de corazón, entonces será salvo.

Lendro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 28 de marzo de 2010.


lunes, 22 de marzo de 2010

EL BAUTISMO

Romanos 6:3-5

¨¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección¨.

     El bautismo es un acto hermoso que permite al participante la dicha de pertenecer al pueblo de Dios, implicando esto que se ha renunciado a las cosas del mundo para entrar en una nueva relación con Dios. El bautismo es la contraparte de lo que era la circuncisión para el judío. Una persona mostraba con la circuncisión que era judío y con el bautismo mostramos que ahora somos cristianos.

    El bautismo cristiano es único, es una demanda del Señor Jesús. Todo aquel que confiesa a Jesucristo como su Señor debe ser bautizado. Este es un requisito del discipulado. Seguir a Cristo implica el deber de bautizarse. No se puede ser discípulo de Jesucristo y negarse al bautismo: ¨Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén¨ (Mateo 28:19,20).

     El bautismo es lo que sigue a la conversión y es el acto mediante el cual uno se hace miembro de una iglesia local: ¨Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas¨ (Hechos 2:41).

   Lo que una iglesia cristiana responsable hace cuando alguien se convierte, es tomar tiempo explicándole lo que ha significado su conversión y los puntos esenciales de la fe cristiana, especialmente aquellos temas que tienen que ver con la persona de Jesucristo, y además explicarle lo que implica ser miembro de la iglesia. Creemos que esto es saludable para la experiencia de fe de los candidatos al bautismo, pues de esta manera ellos son conscientes de las implicaciones de su conversión y de su bautismo.

     El bautismo es sólo para personas que son conscientes de lo que están haciendo, y debe ser un acto voluntario. Por tal motivo no se debe bautizar a los niños. El sujeto del bautismo es aquel que ha manifestado fe en Jesucristo, y un niño no puede manifestar fe en nada ni en nadie, porque no sabe nada de nada, por lo tanto, queda descartado para el bautismo. No nos debemos preocupar en este sentido por los niños, pues Jesús dice que de los niños es el reino de los cielos: ¨Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él¨ (Marcos 10:13-15). Esto se explica por el hecho de que el sacrificio de Cristo en la cruz abarca a los infantes, pues por razón del pecado heredado que los afecta, ellos también necesitan ser salvos de la condena que pesa sobre el hombre pecador; es por esto que la muerte vicaria de Cristo en la cruz los hace beneficiarios de la gracia salvadora de Dios. Por este motivo, todo niño que muere va a la presencia de Dios por los méritos santos de Cristo. Nuestro Señor Jesús no fue bautizado cuando era niño, sino a la edad de treinta años cuando iniciaba su ministerio. 

     El bautismo de Jesús tuvo el propósito de iniciar su ministerio, como una especie de investidura, no porque él se haya convertido, pues él no tenía pecado. Durante el bautismo de Jesús, Dios presentó ante los hombres las credenciales de su Hijo: ¨Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia¨ (Mateo 3: 13-17).     

     En el bautismo de Jesús también vemos su gran solidaridad con el hombre pecador al que él vino a salvar, y por el cual habría de desarrollar un ministerio de tres años, que culminaría con su muerte expiatoria en la cruz.

     Con relación a la forma como debe realizarse el bautismo, debe ser realizado por inmersión, se debe sumergir a la persona en el agua, puesto que esto es lo que implica el significado mismo de la palabra ¨baptizo¨ en griego, ¨sumergir¨. Así que no es un bautismo el que se realiza rociando o derramando agua sobre la persona. El bautismo es un simbolismo de la sepultura, lo cual implica que creemos que Cristo murió, fue sepultado y resucitó, y además implica que creemos que nosotros los creyentes pasaremos por esa misma experiencia, tanto en términos espirituales como en términos físicos. En términos espirituales significa que hemos muerto a una vida de pecado (cuando somos sumergidos en el agua) y que hemos renacido a una vida nueva (cuando somos levantados del agua). Y en términos físicos, implica que, así como Cristo resucitó, nosotros también resucitaremos cuando él venga por segunda vez (Romanos 6:3-5).

     El bautismo no salva, pero todos lo que son salvos, deben ser bautizados. Esto es importante entenderlo pues se ha querido dar al bautismo una implicación que no tiene. Es muy claro en la Biblia que lo que salva y borra los pecados es la conversión. Veamos lo que dice la Biblia en Hechos 22:16: ¨Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre¨. Aquí nos podemos dar cuenta que lo que lava los pecados es invocar el nombre de Jesús, no el bautismo. El ladrón de la cruz, el cual no fue bautizado debido a las circunstancias de su conversión, fue salvo, pues el propio Señor lo dice: ¨Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso¨ (Lucas 23:43). Muchas personas reconocen al Señor cuando están moribundos y no tienen tiempo de ser llevados a las aguas del bautismo, y al igual que el ladrón de la cruz son salvos, porque lo que salva es la confesión de fe en Jesucristo, no el bautismo. Sin embargo, todo aquel que se convierte en condiciones normales, debe obedecer este requisito de la fe cristiana y debe anhelar ser bautizado.

     El Señor nos ha dejado todos los detalles para la realización del bautismo. El bautismo debe hacerse en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, esto es a lo que llamamos la fórmula bautismal: ¨ bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo¨ (Mateo 28:19). De modo que al igual que el día que Jesús fue bautizado por Juan, se manifestaron las tres personas de la Trinidad, asimismo se debe bautizar en el nombre de estas tres personas, tal como el Señor así lo ordenó.

   Comprendiendo todo esto, veamos tres puntos cruciales del bautismo que toda persona debe saber y que queremos enfatizar:

1.- El Creyente Es Bautizado Porque El Señor lo Ordena.

    El bautismo cumple con un mandamiento del Señor: ¨bautizándolos¨ (Mateo 28:19). El Señor lo ordena en su Palabra. Hay dos ordenanzas que el Señor nos ha dejado: el Bautismo y la Cena conmemorativa. Estas ordenanzas deben ser observadas por los creyentes hasta que el Señor venga. 

    Un asunto importante que debemos resaltar aquí es que cualquiera persona que se niegue al bautismo está siendo desobediente al Señor y además está demostrando que en realidad no se ha convertido.

     Los apóstoles cumplieron con esta ordenanza del Señor como vemos en la historia de la iglesia en el libro de los Hechos. Ha de entenderse que los apóstoles no realizaron los actos del bautismo solos, sino que tuvieron ayudantes para hacerlo, pues la Biblia habla de miles de conversiones en un solo día. En la historia narrada en el capítulo 8 de Hechos, Felipe, un diácono, bautiza al eunuco etíope que acababa de convertirse: ¨yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó¨ (Hechos 8:36-38).

     En la actualidad en la iglesia, las personas responsables de realizar el bautismo de los creyentes son: el pastor, o un diácono o una persona piadosa designada por la congregación.

2.- El Creyente Es Bautizado Porque Es Salvo.

     No se puede ni se debe bautizar a una persona que no ha manifestado fe en Jesucristo. El requisito previo para ser bautizado es haber creído: ¨¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó¨ (Hechos 8:36-38). El único que salva es Jesucristo, no el bautismo: ¨Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos¨ (Hechos 4:12).

     En el bautismo católico, que se realiza a los infantes, entiéndase niños que no tienen capacidad de discernir o saber lo que están haciendo, la práctica es buscar padrinos para el bautismo. No se puede buscar padrinos para el bautismo, pues este es siempre un acto personal y es  algo sólo entre el candidato y Dios. Todo esto es totalmente contrario a la práctica bíblica y nada tiene que ver con el bautismo cristiano. Así que, muchos actos bautismales son una simple fiesta o actividad particular que nada tiene que ver con el verdadero bautismo bíblico y cristiano.

     La persona necesita primero creer en Cristo y ser salva antes de ser llevada a las aguas del bautismo. Si una persona que nunca se ha convertido fuera llevada a las aguas del bautismo por alguna iglesia o pastor, esto de ninguna manera implica que la persona sea salva. Este requisito de creer de todo corazón en Cristo es lo esencial para la salvación, no el bautismo. El bautismo es un resultado de ser salvo.

3- El Creyente Es Bautizado Para Dar Testimonio Público de Su Fe.

     El bautismo se ha definido como una manifestación exterior de lo que ha ocurrido en el interior de nuestra vida. Decimos con el acto físico del bautismo cuál ha sido la experiencia de conversión espiritual que hemos experimentado internamente.

     Cuando se realiza el bautismo, una pregunta obligada al candidato es: -¿Recibe usted a Jesucristo como su Señor y Salvador?- A la respuesta afirmativa de esta pregunta, el administrador del bautismo contesta: -En respuesta a tu manifestación pública de fe en Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo- Y acto seguido, la persona es sumergida en el agua para completar así este acto tan refrescante de la fe cristiana.

     Es necesario dar testimonio público de nuestra fe en Jesucristo. El Señor dice en su Palabra acerca de esto lo siguiente: ¨A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos¨ (Mateo 10:32,33).

     El acto mismo del bautismo, con los creyentes reunidos, cantando y leyendo la Biblia, en el río o en el bautisterio en el templo, constituye un hecho único en la vida de cada persona que ha creído en Jesucristo.

     En los tiempos bíblicos sólo los que habían tenido una conversión genuina se bautizaban, ya que esto implicaba para muchos grandes peligros de persecución y hasta la muerte. En el día de hoy, muchos que viven en países comunistas o donde impera el fanatismo religioso necesitan ser verdaderamente cristianos, verdaderamente nacidos de nuevo, para atreverse a bautizarse. Quiera Dios que nosotros aprovechemos la libertad que tenemos de vivir la vida cristiana en nuestro país, y que seamos más activos en nuestro testimonio por Cristo.

     El bautismo ha sido una de las prácticas de la vida cristiana que ha traído más regocijo al seno de la iglesia. Una iglesia que siempre tiene personas para bautizar es una iglesia que demuestra que está cumpliendo con su propósito y su razón de ser en el mundo, que es hacer discípulos. Pero una iglesia no debe bautizar a cualquier persona sólo para llenar el libro de membresía o para mostrar una llamativa estadística en sus informes, ni mucho menos para impresionar. Las personas deben ser bautizadas solamente cuando la iglesia cree verdaderamente que el candidato ha confesado a Cristo como su Señor, y muestre las evidencias de una genuina conversión.

     El Bautismo produce gozo en la vida de la persona que es bautizada, un gozo que es compartido por los demás hermanos de la congregación. Por lo general, cuando hay bautismos en la iglesia ese es un día especial y de gran júbilo. Deseo de todo corazón que tengamos más fiestas de bautismos en nuestras iglesias para la gloria de Dios. 

Leandro González
Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 21 de marzo de 2012.