lunes, 10 de mayo de 2010

IGLESIA VS. ESTADO

Daniel 2:21


¨El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos¨.

Cuando escribo estos sermones trato de no ser un palabrero. Sé que no tengo la última palabra, y también sé que necesito aprender mucho de muchas cosas, por eso siempre trato de ceñirme lo más posible a la Palabra de Dios y de que lo que diga esté de acuerdo con lo que Dios ya ha dicho. La Biblia está a mi mano derecha, sin ella no puedo hablar de estos asuntos que conciernen a la verdad, a la salvación, a la eternidad, a la vida de la iglesia, etc.

Ninguna persona debería opinar acerca de lo que no sabe; y de aquello que sabemos un poco debemos tener cuidado al hablar, pues me he dado cuenta que por lo general somos muy vulnerables y propensos a equivocarnos. Aun con todo el cuidado que pongamos en lo que decimos, cometemos yerros muchas veces. Por ese motivo, ya que tengo tan poco tiempo para dedicarlo a la preparación de sermones, pues soy un obrero bivocacional, me concentro durante la semana en un solo tema, en un solo sermón.

Cada vez se me hacía muy difícil hacer más de un sermón, por eso, de un tiempo a esta parte, creo que es mucho más justo predicar una sola vez cada domingo. Prefiero dedicar toda mi energía, tiempo y atención a la elaboración de un solo sermón lo mejor trabajado posible, pues así puedo ofrecer a mis hermanos una sola buena comida y no dos comidas sin los nutrientes necesarios. Después que estoy haciendo esto, me siento mejor con Dios, con mi congregación y conmigo mismo.

Quería compartir esta reflexión con ustedes al iniciar mi sermón porque quiero agradecerles por soportarme cada domingo con mis pláticas, y les pido que traten lo más posible de divulgar entre sus amigos y hermanos cibernautas nuestro blog teológico, ya que esta es una buena forma de predicar la Palabra de Dios.

Hoy quiero que veamos lo que la Biblia nos dice acerca de la Iglesia y el Estado. Nuestro tema lo hemos titulado: Iglesia Vs. Estado, y al plantearlo de esta manera no pretendemos establecer ningún antagonismo entre estas dos instituciones tan importantes de una nación, sino marcar la distancia que debe separarlas para el mejor desempeño de las mismas dentro de la sociedad.

En el sermón anterior hemos hecho algún comentario acerca de la separación de la iglesia y el Estado como un principio fundamental establecido por el Señor en el Nuevo Testamento, así que creemos que ha quedado claro que según la Biblia este debe ser el tratamiento pertinente en este asunto.

Pero es bueno saber que no siempre el Estado y la Religión fueron cosas que se considerasen de forma separada, sino todo lo contrario.

Había la concepción de que aún cuando la nación fuera dirigida por un hombre, ese hombre que los gobernaba representaba a la divinidad, era casi divino, y hasta llegó en muchas culturas a ocupar el lugar del dios o los dioses que ellos veneraban. Este es el caso por ejemplo de los egipcios, donde se creía que el faraón era la personificación de Horus, o de Ra, y que a la hora de su muerte se fusionaba con Osiris, una de sus más importantes deidades, convirtiéndose así en dioses ellos mismos.

Cuando Jesús vino a este mundo toda su vida fue afectada por el imperio romano, sus enseñanzas, su muerte y resurrección ocurrieron dentro de un contexto romano que dominaba el mundo de entonces. El imperio toleraba la religión de los pueblos conquistados, pero llegó poco a poco a reclamar una lealtad absoluta y una veneración al César como Señor, como si fuera Dios. Esto colocó a la nueva religión cristiana como subversiva al negarse los seguidores de Jesús a rendir culto al César. Los primeros cristianos pagaron con su vida su lealtad al Señor Jesús como su verdadero Rey y Señor. Las acciones heroicas de los primeros cristianos, al dar su vida gustosamente por Cristo, han sido motivo de grandes producciones literarias que provocan gran inspiración al leerlas o escucharlas.

El precio que los primeros cristianos, tanto del Nuevo Testamento como de la historia de la iglesia en sentido general, han tenido que pagar para que hoy podamos plantear con toda libertad la separación de la iglesia y el Estado, es algo que debemos valorar y cuidar en el día de hoy.

En nuestro país, República Dominicana, los ciudadanos debemos seguir reclamando la anulación del concordato entre el Estado Vaticano y el Estado Dominicano, puesto que esto atenta contra el principio de la separación de la iglesia y el Estado. Esta pretensión medieval de la iglesia católica de dominar los asuntos políticos de los Estados es una desgracia que debemos denunciar y enfrentar con la debida responsabilidad. El Estado debe procurar la igualdad para todos y trabajar en beneficio de todos sin inmiscuirse en los asuntos de la religión.

Veamos los siguientes tres elementos relacionados con nuestro tema:

1.- La Iglesia Se Debe al Reino de Dios en la Tierra.

Esto no significa que la iglesia se revela contra el Estado donde se encuentra establecida o que es enemiga del Estado, no. La iglesia sabe que el gobierno humano es de origen divino, que Dios ha establecido el gobierno humano, y que sin el mismo, el mundo tal y como lo conocemos no podría ser posible. La anarquía es insostenible y genera la autodestrucción. Pero la primera lealtad de la iglesia no es con el Estado, sino con Dios. Así que la iglesia sigue viviendo bajo un sistema teocrático donde Dios es el Soberano. La iglesia no obedece al Estado en aquellas cosas en las que pudiera desobedecer a Dios.

Los creyentes no podemos poner demasiada confianza en los hombres, pues el único en el que podemos confiar a plenitud es en Dios. La Biblia Dice: ¨Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehovᨠ(Jeremías 17:5). Cuando la Biblia dice esto no está descartando la necesidad de que los hombres gobiernen el país. Es claro que necesitamos a personas humanas que administren los asuntos que tienen que ver con el Estado, pero tengamos cuidado en el tipo de proclamas que hacemos y en la fe que depositamos en los hombres, calificándolos de imprescindibles o únicos. Sabemos de los graves males causados por el falso mesianismo, al colocar a un hombre por encima de los demás, dándole el poder de creerse el único. Creemos que existen muchas personas con la capacidad de administrar el país y de hacerlo bien; creemos que siempre habrá otros que lo pueden hacer mejor que los que estén, y también creemos que el único que es imprescindible es Dios.

2.- El Estado Existe Únicamente por la Voluntad de Dios.

Es la voluntad de Dios que existan los gobiernos, pero los gobiernos de la tierra no están por encima del gobierno de Dios. Dios usa el poder de los gobiernos de la tierra, y la supremacía de los imperios de la tierra no son ni una caricatura del poder universal de Dios, de Jehová de los ejércitos. La reina Isabel de Inglaterra decía que le temía más a un cristiano de rodillas que a un ejército.

La Biblia dice ¨Dios quita reyes y pone reyes¨, note como dice textualmente: ¨El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos¨ (Daniel 2:21). O sea, que el mundo no está a merced de los hombres, sino a merced de Dios. ¡Qué bueno que es así! Por eso podemos tener esperanza que Dios levantará hombres y mujeres honestos en nuestra América Latina para que nos traigan un respiro.

Así como Dios tenía reservados a siete mil hombres en el pueblo de Israel en el tiempo del profeta Elías, que no habían doblado sus rodillas ante Baal, de la misma forma Dios tiene su remanente para nuestros pueblos abusados por los malos gobiernos (I Reyes 19:18). El mundo es de Dios, Dios vela por él, y es tarea de los creyentes orar con fe para que Dios levante de entre los creyentes a hombres y mujeres que tengan buenos sentimientos, y sobre todo, que tengan temor de Dios al administrar la cosa pública. Oremos con fervor para que esto ocurra pronto.

Ningún gobierno puede garantizar su permanencia más allá de los propósitos de Dios. La frase célebre tan socorrida del escritor y jurista español Gaspar Melchor de Jovellanos, de que ¨los pueblos tienen el gobierno que se merecen¨, no justifica la existencia de un gobierno malo más allá de los propósitos de Dios. Dios no es sólo el Dios de la nación de Israel, sino que él está interesado en todos los gobiernos y las naciones de la tierra. Sus ojos miran en todas partes y él está al tanto de todo aquello que ocurre en el rincón más apartado del planeta.

Es precisamente en el libro de 2 Crónicas, un libro que habla de las acciones de los Reyes de la nación de Israel, que encontramos la siguiente sentencia: ¨Los etíopes y los libios, ¿no eran un ejército numerosísimo, con carros y mucha gente de a caballo? con todo, porque te apoyaste en Jehová, él los entregó en tus manos. Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él¨ (2 Crónicas 16:8,9).

La garantía de un Estado se encuentra en la estima que los ciudadanos tengan de Dios. La dicha de un pueblo reside en su grado de confianza en Dios: ¨Bienaventurado el pueblo que tiene esto; bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehovᨠ(Salmo 144:15).

3.- La Iglesia y el Estado Tienen el Deber de Trabajar Unidos Contra la Maldad.

El Estado cumple una función de equilibrio en la distribución de las riquezas y las oportunidades de los individuos que componen la sociedad organizada. El Estado tiene el deber de preservar el orden público y cuidar que el uso de los recursos permita la pervivencia de todos y la protección de los menos afortunados. El Estado debe procurar el cuidado y superación de los más pobres y de los más débiles.

Donde no existe algún tipo de orden no se puede garantizar la sobre vivencia pacífica, es por esto que se hace necesaria la existencia de los Estados. En un Estado existen los organismos que regulan las relaciones entre los individuos, las instituciones y las empresas. Cada una de estas organizaciones son regidas por leyes, y a la vez son representadas por personas que reciben un mandato del pueblo para ejercer tales funciones. Pero la efectividad de estas instituciones depende, sobre todo, del carácter de los individuos que las representan. Es por esto que se hace necesario que los ciudadanos del país adquieran la concienciación necesaria, primero para elegir, y luego para demandar un manejo correcto de los recursos colectivos.

Para que la iglesia y el Estado trabajen unidos en procura de una justicia social adecuada no tienen que estar reburujados. Pero sí debe ser una causa común del Estado y la iglesia el trabajar en contra del mal. El gobierno debe poner de su parte para sanear las instituciones del Estado, a fin de que haya un solo frente contra el mal. El mal existe y siempre existirá mientras estemos en el actual estado de pecado, por eso debe haber instituciones que lo enfrenten.

Vemos con gran preocupación como prospera el crimen del narcotráfico en todo el mundo por el apañamiento de las autoridades que están llamadas a combatirlo, de esta manera se hará cada vez más difícil erradicar este terrible mal. La desesperante situación que vive el mundo con la falta de integridad en los funcionarios públicos es un asunto al que hay que buscarle un respiro, si no departe de los hombres, el respiro vendrá seguro departe de Dios, pues el mundo tiene que seguir funcionando; a menos que todo esto sea lo que dé al traste con el gobierno humano y nos estemos enfrentando al desenlace final de todas las cosas.

Por lo que vemos en la historia, la humanidad siempre se ha enfrentado a períodos críticos relacionado con grandes problemas e injusticias sociales, y cuando nadie ve la salida, Dios abre una puerta que ninguno puede cerrar para la solución del problema. Creemos que Dios tiene siempre la solución. Los creyentes tenemos que confiar en la intervención de Dios en los asuntos políticos de la humanidad.

Leandro González


Sermón predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 9 de Mayo de 2010.


domingo, 2 de mayo de 2010

EL CRISTIANO Y LA POLITICA

Marcos 12:17


¨Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaron de él¨.

La política es una ciencia, y quien ejerce esta ciencia es llamado político. Aristóteles enseñó que ¨El hombre es un animal político¨, y con esto quiso decir que el hombres es político por naturaleza. Así que por necesidad, todos somos políticos, puesto que cualquiera decisión que se tome en una nación o un pueblo donde vivimos nos afecta de alguna forma. Es difícil, por no decir imposible, hacer vida en una comunidad sin ser afectados por las decisiones políticas de la misma. Por tal motivo, lo peor que podemos hacer como cristianos es ser indiferentes frente a los procesos políticos en los que vivimos.

Vivimos quejándonos por no tener hombres y mujeres honestos en la administración del erario, pero ¿qué están haciendo los cristianos que tienen vocación política? El mundo necesita hombres y mujeres regenerados que se involucren en la vida política de los pueblos para defender el patrimonio de todos. Si le dejamos el mundo a los malos, no nos podemos quejar de que el mundo ande mal. Lo peor que pueden hacer los buenos es dejar que los malos gobiernen sin que ellos hagan nada para impedirlo.

La iglesia constituye la gran reserva moral del mundo. Así que, sin llegar a involucrar a la iglesia en los asuntos seculares, el cristiano tiene el deber de tomar parte en el desarrollo de la sociedad en que vive. Tenemos ejemplos en la Biblia de hombres y mujeres que tomaron parte en la vida política de su época sin contaminarse. Podemos mencionar a José, que llegó a ser gobernador de Egipto. Podemos mencionar a Daniel, que fue consejero de la corte real en Babilonia. Podemos mencionar a Esther, que pudo salvar a su pueblo en cautiverio bajo el imperio persa. Podríamos encontrar muchos ejemplos más que demuestran la participación de los creyentes en la vida política del mundo.

Es bueno saber que el principio fundamental de nuestro Señor Jesucristo con respecto a la relación del cristiano con los gobiernos de este mundo y con la política en sentido general es la separación de la iglesia y el Estado. Esto lo vemos en la famosa expresión de Jesús: ¨Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios¨ (Marcos 12:17). Estas palabras del Señor Jesús en Marcos 12:17 dejan muy claro que la mayor y suprema lealtad del cristiano es para con Dios; pero al mismo tiempo, Jesús establece que el cristiano tiene deberes qué cumplir relacionados con el orden político de la nación en que vive.

El Señor Jesús también nos confirma con estas palabras de Marcos 12:17 que así como la iglesia ha sido ordenada por Dios, de la misma manera el Estado también, y que ambos son necesarios en este mundo, aunque deben existir separadamente. La iglesia debe enseñar los deberes de los ciudadanos para con el Estado, y el Estado debe brindar a la iglesia todas las garantías posibles para el libre ejercicio de su fe y de su práctica cristiana.

El cristiano, sin ser afectado en su vida espiritual, sino más bien, siendo él de influencia positiva en el mundo de la política, y mucho más si se tiene la convicción de poseer verdadera vocación o llamado para ejercerla, debe atender a los siguientes tres factores esenciales:

1.- El Cristiano No Se puede Abstraer de la Política.

Así como el cristiano no se puede abstraer del mundo en que vive, de la misma forma no se puede separar del todo de los acontecimientos políticos que se dan en su entorno.

El cristiano no es un ente separado de este mundo. Aunque el cristiano no es de este mundo, porque su ciudadanía está en el cielo, el cristiano está en este mundo y se ve obligado por ende a interactuar en él. Por eso repetimos: el cristino no puede abstraerse del mundo en que vive. Es por ello que el Señor ora por nosotros, pidiendo al Padre lo siguiente: ¨No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal¨ (Juan 17:15).

El cristiano está llamado a participar en los asuntos políticos que le conciernen. Esto quiere decir, que el cristiano tiene el deber de votar para participar de esa forma en las decisiones de elegir a los gobernantes y funcionarios del gobierno. El cristiano debe evitar elegir de entre los candidatos a los menos malos. Si no hay candidatos que puedan ser considerados confiables, el cristiano debe ejercer su voto nulo, indicando de esta manera que no está de acuerdo con ninguna de las opciones presentadas. Al mismo tiempo, este debe ser un motivo de gran preocupación para el cristiano, el cual debe orar a Dios para que se levanten hombres y mujeres con principios cristianos que inspiren y motiven para ser elegibles en los diferentes puestos del gobierno.

Siguiendo esta misma idea, si como ciudadanos de este mundo no cumplimos con nuestro deber y derecho de votar, entonces no tenemos razón de quejarnos por las personas que son elegidas. Al recordar las palabras del Señor Jesús de que somos la sal de la tierra y la luz del mundo, nuestra participación en la política se hace más urgente. Las palabras del Señor Jesús en este sentido nos deben llamar a reflexión acerca de nuestro deber político: ¨Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos¨ (Mateo 5:13-16). Participando directamente en la política no es la única forma como podemos influenciar al mundo de manera positiva, pero aquellos que tienen la vocación política, no deberían rehuir esta responsabilidad.

2.- El Cristiano Sabe Que los Gobiernos Humanos Son Temporales.

El cristiano espera la manifestación del reino de Dios en la persona de Jesucristo. Este es el reino que no tendrá fin (Lucas 1:33). Los hombres en la tierra hemos probado todos los tipos de gobiernos posibles, y ninguno de ellos ha podido satisfacer las necesidades más profundas del ser humano.

Los pueblos de la tierra han probado el absolutismo de los grandes imperios y dinastías, las monarquías más severas y los regímenes ideológicos, tanto de izquierda como de derecha, con su respectiva representación comunista o democrática.

Este mundo se ha tenido que debatir entre la vida y la muerte en múltiples ocasiones, tratando de liberarse de la furia de la esclavitud y la barbarie de muchos gobernantes. Hemos sufrido el flagelo de dos guerras mundiales, y el planeta se ha visto amenazado más de una vez con ser aniquilado por el odio e insensatez de políticos locos. Pero aún así, y por causa de todo lo dicho, los cristianos tenemos el deber de estar en el juego político mientras dure este orden humano, hasta que ocurra la segunda venida del Señor Jesucristo.

Cuando la humanidad se encuentre en el borde del abismo de la desesperanza política, aparecerá un personaje misterioso, el anticristo, que engañará a muchos ofreciendo la solución a todos los problemas de la tierra: ¨ Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia¨ (2 Tesalonicenses 2:8-12).

Por esta razón el cristiano debe actuar en la política sabiendo que ningún gobierno humano resolverá los problemas de este mundo, sino que Jesucristo, el verdadero gobernante, es la solución y la única esperanza para este mundo.

El cristiano que se involucra en la política debe procurar que las personas a su alrededor busquen el señorío de Cristo en sus vidas. Sin el gobierno de Cristo en la vida de las personas, será cada vez más difícil poder ejercer la política en el mundo. La incredulidad y la falta de temor de Dios está generando la descomposición social que deteriora cada vez más los estamentos en todas las esferas de los Estados. Una sociedad compuesta de individuos depravados y degenerados no puede esperar buenos gobernantes.

Por lo que podemos darnos cuenta en la Biblia, el gobierno humano como tal es visto por el Señor como una entidad puramente secular, mientras que la iglesia, que es su cuerpo, debe ser vista como algo separado del mundo para servirle sólo a él. O sea, la iglesia le debe lealtad suprema sólo a Cristo: ¨ y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo¨ (Efesios 1:22,23).

Así que, aunque cumplamos con nuestros deberes políticos, como cristianos debemos esperar ¨la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo¨(Tito 2:13).

3.- El Cristiano Debe Dar Ejemplo de lo Que Es Hacer Verdadera Política.

Con mucha tristeza escuchamos decir que el poder corrompe, y que corrompe hasta al más santo. Pero creo que debemos sobreponernos a esta frase tan fatalista. Son precisamente los cristianos los llamados a demostrar que se puede cambiar el mal concepto que en el día de hoy se tiene de los políticos, principalmente en nuestros países latinoamericanos. Los políticos cristianos tienen la responsabilidad frente a sus electores de dar el ejemplo. Creo que ya basta de excusarnos detrás de justificaciones impías como esta que dice que para ser un político hay que ser mentiroso.

Lo que nunca debe hacer el cristiano es involucrar la iglesia en asuntos político-partidistas. Debemos ser abanderados de la separación de la iglesia y el Estado. Ni las iglesias, ni los concilios, ni las convenciones, ni las asociaciones de pastores deben ser utilizadas para asuntos políticos. Muchas desgracias ha traído a la humanidad el fanatismo religioso unido al poder político. Las más sangrientas guerras se han librado por mantener grandes hegemonías apadrinadas por jerarquías eclesiásticas.

El efecto dañino que ha provocado siempre a lo largo de la historia de la humanidad la unión de la religión y el Estado, demuestra lo perjudicial que puede llegar a ser este híbrido. La existencia de los imperios de la tierra, sin embargo, siempre ha estado matizada de la levadura religiosa, puesto que el monarca, el rey, el emperador, el dictador, el presidente, el ministro o como se le quiera llamar, la mayoría de las veces ha reclamado el tratamiento de dios departe de los gobernados. Una de las fuertes razones porqué los cristianos fueron perseguidos a lo largo del imperio romano fue por su lealtad a Dios, al negarse a rendir culto al César como si fuera Dios.

Como ciudadanos de este mundo, los cristianos estamos en el deber de ser buenos embajadores del reino celestial, asumiendo nuestro rol en los asuntos políticos, y haciéndolo bien cuando nos toque, para la gloria de Dios.

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 2 de mayo de 2010.

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lunes, 26 de abril de 2010

LA JUSTICIA COMO SIERVA DE DIOS

Romanos 13:1-7


¨Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra¨.

Cuando uno llega al palacio de justicia, se puede encontrar con una figura de mujer hecha de piedra, de bronce u otro material con una venda en los ojos, lo cual indica la imparcialidad que debe existir en los magistrados cuando están frente a una causa. En una de sus manos la estatua empuña una espada, queriendo con esto destacarse la reciedumbre de su carácter frente al que comete actos de maldad. En la otra mano sostiene una balanza, ésta, sin duda alguna se refiere al equilibrio que debe existir en un juicio justo, al hecho de que todos sean pesados en la dimensión correcta de acuerdo al delito cometido. Cuando uno piensa en todo este simbolismo puede tener esperanza en la justicia de los hombres, pero tristemente no siempre se cumplen estos iconos. En la práctica, se violan frecuentemente estos principios ideales que se encuentran representados de alguna manera en la fuente autoritativa por excelencia, en materia de jurisprudencia, que es la Biblia.

En el presente mensaje veremos cómo Dios ha manifestado al hombre a través del tiempo los códigos que han de regirle para conducirle a una vida nueva en relación con su Creador y con su prójimo; consideraremos como las leyes de Dios al hombre han sido dadas para provecho del mismo hombre y, finalmente plantearemos la responsabilidad y privilegio que representa el ser un siervo de Dios en la aplicación de la justicia en la tierra, apoyados básicamente en Romanos 13: 1-7.

I. El Principio de los Códigos de Justicia.

Como se sabe, Hamurabbi, sexto rey de la primera dinastía de Babilonia, promulgó un famoso código de leyes grabado en ambos lados de un pilar de piedra que data aproximadamente del 1723 antes de Cristo, siendo esta la inscripción babilónica más extensa que se halla encontrado. El Código de Hamurabbi es muy parecido al código de Moisés, con la diferencia notable de que el código bíblico reconoce únicamente a Jehová como Dios de Israel.

Podemos darnos cuenta de algo muy especial, y es que en la ley mosaica podemos encontrar misericordia y protección para los pobres y desafortunados, mientras que en la ley de Hamurabbi había protección para los ricos y un interés centrado en ellos. !Cómo se parece al mundo de hoy!

La existencia de este y otros códigos de leyes tan antiguos supone la existencia de normas y disposiciones legales, mucho antes de que se tuvieran nociones de la Palabra revelada a Moisés. Esto concuerda perfectamente con las palabras del apóstol Pablo en Romanos 2: 14, 15: "Porque cuando los gentiles que no tienen la ley hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos". Ya Dios había mostrado de alguna manera al hombre, mucho antes de darle de forma concreta y terminante su Palabra, instrucciones concernientes a su debido comportamiento.

Cuando Moisés recibe de Dios los 10 mandamientos en el Sinaí, es muy probable que ya existiera una manifestación oral tradicional de estos principios, que fueron expresados definitivamente como un código divino. En principio, este código fue dado al nuevo pueblo que debía ser santo, y en sentido general luego este Decálogo vino a ser la base de sustentación de los más elementales principios de ética universales.

Hay expresiones en esta ley como "acuérdate", en relación con la disposición del día de reposo, que presupone una práctica ya antigua, antes del encuentro de Moisés con Jehová en el Sinaí. Es notorio además la práctica del diezmo en la vida de Abraham, mucho antes de que se tuviera noticia de un código específico como las tablas de la ley y las demás leyes dadas por Dios a Moisés.

Esto nos lleva a deducir que lo que Dios hizo fue recopilar en un tomo conciso los fundamentos esenciales de principios legales, que sirvieran como patrón o constitución, si se quiere, a la nueva nación hebrea, y al mundo por extensión; principios estos que ya eran practicados. Dios no ha dejado nunca al hombre desprovisto del conocimiento de su perfecta voluntad. Desde Adán, a quien Dios le marcó los límites de su estancia en el Edén, mostrándole claramente sus deberes y privilegios, así como las consecuencias de sus infracciones, el hombre ha tenido pleno conocimiento de que vive en un mundo regido por leyes universales que le atañen directamente, por causa de su ineludible relación con su Creador, sus semejantes y toda la creación misma.

A la descendencia de Noé (Sem, Cam y Jafet) tocó la tarea de dar continuidad a los principios de justicia establecidos por Dios, que se mantenían vigentes, sin duda, después del diluvio universal. Pero sabemos de la decadencia de la raza humana al paso del tiempo, y de la necesidad de intervención de Dios en el escenario humano para sujetar al hombre a sus designios, y encausar la historia hacia sus planes determinados, tal como nos lo relata el libro de Génesis en su capítulo 11, nos referimos a la Torre de Babel.

La verdad revelada y escrita sustituyó con Moisés a la transmisión oral de la voluntad de Dios, puesto que muchas veces fue adulterada y puesta en olvido, ya fuera por descuido, por ignorancia o de manera voluntaria. Ahora Dios se la ha entregado por escrito, inspirada por su Santo Espíritu (2 Pedro 1:21). Dios ha dado instrucciones precisas desde el principio, y es imposible humanamente que podamos tener en un libro, aunque sea la Biblia, todos los detalles que el hombre de la antigüedad conocía respecto de la mente de Dios en materia legal u otro asunto.

La Biblia es la historia del mundo en síntesis, la cual se escribe en detalles en los periódicos de cada día, y en los libros y enciclopedias de todos los tiempos. Toda la sabiduría verdadera, juiciosa y correcta contenida en todas las bibliotecas, encuentran su esencia en la Biblia. Todo procedimiento de justicia que es auténticamente fiel, necesariamente encontrará su mejor punto de referencia en lo que Dios ya ha dicho en su Palabra. Por eso, la esencia del Decálogo es la más alta institución dada al hombre, que tiene vigencia universal y eterna.

Esta Suprema Ley ha recibido la aprobación de nuestro Señor Jesucristo, el cual la exaltó en sus alocuciones, colocándola en una dimensión positiva jamás concebida por mortal alguno. Jesús nos ha dejado un extracto de los diez mandamientos al resumirlos así: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente...y a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22: 37,39); y en el versículo 40 concluye: "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas". Así que Jesús es quien nos presenta propósito final de Dios al darnos la ley.

El principio de toda ley humana debe estar regido por las leyes de Dios. Enseñar a cumplir el primer y fundamental principio es tarea de las iglesias cristianas en el día de hoy. Los gobernantes y legisladores, junto a los magistrados deben velar por un cabal cumplimiento de estos principios, como siervos de Dios que han sido colocados en puestos de eminencia para cumplir un propósito divino (Romanos 13: 4). Es el temor de Dios lo que constituye la única garantía en el cumplimiento del derecho para todos los hombres (Proverbios 1:7). Donde no hay temor de Dios no existe la ley.

II. El Beneficio de las Leyes de Dios.

Lo que Dios hace es siempre bueno, perfecto y provechoso. Hoy en día podemos ver la importancia de hacer caso a las leyes de Dios.

Como muestra, miremos el siguiente panorama: Tristemente, son muchos los millones de seres humanos que han fallecido por causa del Sida, una enfermedad que se multiplica como producto de la promiscuidad sexual. Lo asombroso del caso es que en vez de favorecer esta estadística para un freno en las relaciones sexuales ilícitas, hay un mayor índice de promiscuidad. Siguiendo este mismo pensamiento, es importante reflexionar que, los crímenes y los criminales aumentan cada día en el mundo, a pesar de la pena de muerte. Por esta causa es obvio que la ley, si bien procura dar lecciones de moral o de conducta y mostrar al hombre el conocimiento del pecado (Romanos 3:20), no menos cierto es que está encaminada básicamente a cobrar las transgresiones. La ley tiene el deber de castigar, de imponer sanción, independientemente de los resultados en la conciencia de los individuos propensos a delinquir. Por eso la Biblia dice que ¨la ley mata irremisiblemente ¨ (Hebreos 10:28).

El hombre en pecado se encuentra en una abierta rebelión contra Dios, aun cuando su mala conducta le traiga graves perjuicios. La humanidad hoy vive en la búsqueda del placer aunque ese placer le lleve a la muerte. El hombre ha deificado el goce carnal, y le ha asignado una categoría fuera del orden correcto. Esta actitud del corazón humano se manifiesta en todas las acciones de su cotidianidad. El irrespeto por las instituciones es notorio. Para el hombre de hoy no existen verdades absolutas; todo encaja bien en su mundo de relatividades, y así se calma la conciencia cautiva.

En nada parecen preocuparle al hombre las consecuencias de sus malos actos. Los graves males que ocurren no le sirven de escarmiento; más bien, “como animales irracionales” (Cito al apóstol Pedro en 2 Pedro 2: 12 1), se entregan a la consecución de sus deseos egoístas. Esta condición del hombre le lleva a desconocer e ignorar voluntariamente la ley de Dios, deleitándose en la maldad en perjuicio de sus semejantes.

No es posible que individuos de esa clase puedan desarrollar una sociedad de convivencia. Es por tal razón que se hace imperioso que el evangelio sea predicado a todas las personas, porque lo único que cambia a una sociedad de manera efectiva es que los que la componen tomen la decisión de hacer caso a los preceptos divinos.

La mala actitud humana para obedecer a Dios, es lo que ha hecho que el Señor permita leyes tan duras como la Ley del Talión en el Antiguo Testamento. El Señor Jesús dijo que muchas de estas disposiciones, como la del divorcio, fueron establecidas por Moisés por la dureza del corazón. Si el hombre hace caso a lo establecido por Dios, vivirá feliz y será dichoso. El creyente está llamado a ser el mejor ciudadano.

III. Los Magistrados Como Siervos de Dios.

En cierta ocasión tuve la oportunidad de visitar a un oficial judicial de mi provincia. El pasaje bíblico que compartí con él fue: Romanos 13: 1-7. Al leer y explicarle el concepto de la Palabra de Dios con respecto a su puesto de eminencia, fue de gran sorpresa para él descubrir la dimensión tan elevada de un ministro de justicia en el planteamiento evangélico. Se asombró aún más al darse cuenta del gran peso de la autoridad divina que le otorga el privilegio de ser un servidor de la justicia en la tierra, debiendo rendir cuenta a Dios de su labor. Todo magistrado debe meditar respecto de su posición desde esa perspectiva, debe saber que la Biblia enfáticamente destaca su labor como una tarea puesta al servicio del bien y en contra del mal.

Ciertamente, la justicia humana es sierva de Dios en cuanto cumpla con el verdadero rol de defensora de los inocentes y fiscal acusador de los culpables, castigando e infundiéndole temor al malo.

Cuando los magistrados, ya sea con la anuencia de los gobiernos o no, se prestan al soborno corruptor y al abuso de poder, se convierten en reos de la misma espada que ostentan.

Es imprescindible que exista un régimen que gobierne y establezca un orden que haga gobernable un país. Sin regulaciones pertinentes, se hace imposible la sobrevivencia pacífica. El maligno Satanás prefiere la anarquía donde tenga absoluta libertad para hacer con este mundo cuanto desee.

Es posible que lo que dice el apóstol Pablo en 2 Tesalonicenses 2: 6 que detiene al Anticristo, sea el orden político existente en todos los Estados de la tierra (como lo consignan muchos teólogos). Parece que llegará el día en que las sociedades serán apáticas a cualquier forma de gobierno. Entonces aparecerá "el hombre de pecado", el cual gobernará el mundo por un período relativamente corto, según Apocalipsis 13:5. Revelándose así de una vez por todas el gran misterio de la apostasía. Los hombres verán quién era que estaba detrás de toda la maldad; de toda desobediencia, terrorismo y barbarie. En este sentido adquiere mayor importancia el respeto al orden, ya que se nota su trascendencia.

Aunque han existido gobiernos y líderes políticos sanguinarios, antisemitas y ateos, éstos no han sido el Anticristo propiamente. Estos entran en la categoría que dice I Juan 2: 18: "han surgido muchos anticristos". Por eso, aún con todos sus defectos, los gobiernos de la tierra cumplen un papel determinado por Dios. Por tal motivo, siempre que no se viole ningún principio fundamental de ética bíblica, el creyente está en la obligación de cumplir a cabalidad con las regulaciones del Estado en que vive. Deberá ser respetuoso de los símbolos patrios, pagar impuestos, cumplir la constitución, votar para elegir al presidente y funcionarios del gobierno, y tener una conducta correcta para evitar el descrédito moral y la persecución de la justicia.

Romanos 13: 4 otorga poderes especiales a los tribunales de justicia, a fin de actuar con rigor en aquellas acciones malas que lo ameriten. En muchos países existe la pena de muerte para castigar crímenes horrendos.

Muchos han criticado este proceder, indicando que esto no evita el que otros practiquen los mismos crímenes, y es cierto en muchos casos. Pero a mi juicio, aunque bien pudiera ser un escarmiento para algunos el que se ejecute la pena de muerte, lo más importante aquí es el castigo en sí por causa del crimen, independientemente de los resultados que tenga en los que pudieran tener malignas y criminales intenciones. Como decíamos con relación al Sida, lujuriosamente las personas se vuelven más propensas a una vida sexual irresponsable a pesar de las consecuencias de esta enfermedad. Esto demuestra que el problema está en el corazón humano, que está por encima de toda razón y que domina la voluntad del hombre, haciéndole un esclavo de las bajas pasiones sin importarle el corolario de fatalidades que sus malos actos pudieran traerle.

Las disposiciones legales requieren el cumplimiento del castigo al margen de los resultados paralelos. Además, cuando la justicia castiga ejemplarmente el crimen, evita los sentimientos y acciones de venganza. En este sentido, la justicia realiza una labor de verdugo que cobra por la ofensa cometida, atiende la voz de la sangre que clama por vindicación. En este sentido le refiero al episodio de Génesis 4 que nos relata la muerte de Abel por parte de su hermano Caín.

Generalmente, las personas que se oponen a la pena de muerte, también se oponen a las guerras, a la formación de ejércitos y de policías, y al uso de las armas en sentido general. Quienes piensan así nos están diciendo que vivimos en un paraíso perfecto donde no cabe la maldad, y que por ende no debe haber quien la enfrente.

Pero creemos que se equivocan, porque sin la represión contra el mal ningún Estado podría subsistir. Aun Dios tuvo que echar del cielo con violencia, haciendo uso de sus ejércitos, al que se constituyó príncipe del mal en las regiones celestiales (Isaías 14: 12-15; Daniel 10: 13, 20; Judas 9). Dios mismo es llamado en la Biblia "Jehová de los ejércitos" (I Samuel 17: 45). La realidad es que hay fuerzas espirituales que combaten en la oscuridad motivando el mal y propiciando la violencia (Efesios 6:12). En este sentido, los gobiernos deberían tomar "toda la armadura de Dios" para ir contra el mal, porque sin Dios no es posible destruir la maldad, como dice el salmo 127: 1: "Si Jehová no guardare la ciudad; en vano vela la guardia". La iglesia tiene el deber de orar por los que están en eminencia, por el presidente y funcionarios, para que podamos vivir en relativa calma hasta que Jesús venga (I Timoteo 2:1,2). El crimen sólo prospera en una sociedad donde los que están llamados a combatirlo hacen causa común con los criminales, este es el caso del narcotráfico en todo el mundo.

Mientras esperamos la venida del Señor, como ciudadanos de este mundo debemos cumplir con lo que el mismo Señor ha establecido con relación a los gobiernos humanos. Satanás es el dios de este siglo porque la mayoría de las personas han dado la espalda al verdadero Dios. Pero es bueno recalcar que quien tiene el verdadero control del mundo es Dios (Salmo 24: 1). El orden político que existe debe ser respetado y apoyado en todo aquello que no atente contra el deber cristiano.

El apóstol Pablo en su carta a los Romanos dio estas instrucciones a los creyentes, en un tiempo en que gozaban de cierta libertad religiosa, pero más adelante el emperador romano Nerón y otros más, con saña malvada persiguieron, torturaron y mataron a miles de cristianos. La historia nos registra que el propio apóstol perdió su vida por la causa de Cristo en el gobierno del imperio romano. Por esos factores, a muchos les cuesta aceptar como válido el respeto y cumplimiento en un gobierno dictador, por ejemplo.

Pero pese a todo esto la Biblia es clara en cuanto a la necesidad de la existencia de autoridad en el mundo.

La posición de un cristiano en el mundo siempre será de riesgo, puesto que los seguidores de Jesús estamos en el mundo pero no somos del mundo (Juan 15: 19; 17: 14).

Aún en medio de situaciones conflictivas y amargas podemos ser leales a los principios de nuestro Señor Jesucristo. Se puede ser abogado honesto, funcionario público incorrupto, policía cumplidor del deber, soldado digno de la patria, presidente que salga del palacio con la frente en alto.

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana el 25 de abril de 2010.


lunes, 19 de abril de 2010

EL CIELO

2 Corintios 12:2-4


¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨.

Cuando hablamos del cielo tenemos que establecer diferencias y explicar a qué cielo nos estamos refiriendo. Cuando miramos hacia arriba, alcanzamos a ver por lo menos dos tipos de cielos. Vemos primeramente el cielo por donde vuelan los pájaros y los aviones, este es el cielo en donde se haya la atmósfera, donde hay nubes. Este es el cielo donde los edificios altos de las grandes ciudades adquieren el nombre característico de rascacielos y el cielo donde se confunden y se pierden por la distancia las grandes montañas.

El segundo cielo que alcanzamos a ver es el cielo donde están el sol, la luna y las estrellas. Aún en este segundo cielo podemos alcanzar a ver objetos muy distantes de nosotros utilizando los telescopios, y el hombre ha podido llegar a lugares tan lejanos en el espacio como la Luna, y hoy se prepara para su incursión en Marte. Así que podemos hablar primeramente de dos niveles de cielo al que el hombre tiene acceso por sus propios medios.

Pero existe un tercer cielo, un lugar muy distante adonde nuestra vista no alcanza a ver y donde ni el más potente telescopio puede llegar a hurgar. A este cielo se refiere el apóstol Pablo cuando nos dice en 2 Corintios 12:2-4 lo siguiente: ¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨. Este es el cielo del que vamos a hablar en esta ocasión, el cielo que contiene el trono de Dios y todas las maravillosas cosas que Jesús fue a preparar para los suyos (Juan 14:1-3).

La palabra cielo ha venido a ser sinónimo de lo mejor, de lo más sublime. De tal modo que el hombre le dice a su amada ¨mi cielo¨. Cuando se está disfrutando de algo que se considera placentero, se dice que se es llevado al cielo o que está experimentando algo celestial. Así que en el uso corriente de esta palabra, en un lenguaje cotidiano, cielo se refiere a algo que produce plenitud. Aunque este es sólo un significado vago de lo que es el cielo en sí, y esta consideración de la palabra cielo no está estrictamente limitada al verdadero significado de la palabra en el contexto bíblico y moral del término.

Por el uso común de la palabra podemos escuchar decir por ejemplo que un hogar dichoso es un pedazo de cielo, y en contraposición, un hogar arruinado, sería un trozo del mismo infierno. Pero todo esto, como ya hemos dicho es sólo una forma de hablar, como la desafortunada expresión que una vez escuché de un padre a su niña de apenas un año, él le dijo a este angelito: ¡Vete al infierno! Y esta es considerada por él una forma de hablar, ¡Ojalá que nunca tenga usted esta forma de hablar, y mucho menos que la use para referirse a sus hijos!

El cielo es mucho más que un concepto, el cielo no es un estado mental como dicen o enseñan algunos para despojarlo de su realidad y existencia. El cielo, en el contexto bíblico, es diferente del concepto budista o hinduista del nirvana, por motivos de que el nirvana es un estado de excelsitud supuestamente lograda por el ser humano producto de progresiones, reencarnaciones y esfuerzos y méritos propios. Pero el cielo es un lugar al que se accede solamente mediante la gracia de Dios: ¨Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe¨ (Efesios 2:8,9).

El cielo es uno de dos destinos eternos posibles a los que el hombre se enfrentará indefectiblemente, el otro destino es el infierno, del que hablaremos en otra ocasión. No hay caminos alternativos entre estos dos destinos, ni caminos intermedios, como el purgatorio por ejemplo.

Cuando la Biblia dice que el cielo y la tierra pasarán y habla también de cielo nuevo y tierra nueva, este cielo se refiere al cielo que podemos ver, al cielo físico, así que no se debe confundir con el cielo donde Dios está.

De manera muy especial quiero considerar tres aspectos relacionados con el cielo:

1.- El Cielo es un Mundo Espiritual.

Cuando hablamos de un mundo espiritual muchos tienen la presunción de que estamos hablando de algo irreal. Pero la verdad es que el mundo espiritual es más real que el mundo material, pues la Biblia afirma que ¨lo que se ve fue hecho de lo que no se veía¨ (Hebreos 11:3).

En el cielo está Dios, y Dios es un ser espiritual, invisible al ojo material. A este mundo espiritual por tanto pertenecen los seres espirituales como los ángeles, según lo enseña La Biblia en múltiples pasajes como el de Lucas 2:13-15: ¨Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado¨.

El mundo espiritual controla el mundo material. Dios desde el cielo controla todo lo que está en la tierra y en el universo. Así que cuando se habla de la madre naturaleza se hace referencia a una entidad que no existe, pues lo que las personas denominan así, no es más que Dios y su influencia espiritual en todos los procesos biológicos de las especies, sin importar cuales sean. Este control de Dios en todo lo que existe podemos verlo en las palabras del Señor Jesús: ¨¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados¨ (Mateo 10:29,30).

La realidad del cielo como algo espiritual no desacredita el mundo material, sino que lo dignifica, pues el mundo material es un reflejo del mundo espiritual. El orden existente en las cosas creadas nos habla de la maravillosa complejidad de las cosas celestiales.

Lo celestial es imperecedero frente a este mundo que está sujeto al deterioro, pero no por ser material, sino por causa del pecado. Cuando Dios hizo el mundo material, que incluye al hombre, dijo que todo lo que había hecho era en gran manera bueno (Génesis 1:31). Así que este mundo material que fue concebido por Dios, que está en el cielo, fue concebido originalmente para que durara para siempre, pero fue la desobediencia del hombre que produjo todo este desequilibrio y desorden en la creación.

Así que por causa de la vanidad a la que fue sujetado el mundo material, la Biblia afirma lo siguiente: ¨Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra¨ (Colosenses 3:1,2). La razón porqué el apóstol Pablo hace esta advertencia es por causa de la condición de riesgo a la que está sometido este mundo, debido al pecado. Por ese motivo nos ordena el Señor Jesús lo siguiente: ¨No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan¨ (Mateo 6:19,20).

El cielo y todo lo que hay en él es de por sí eterno, para siempre. La tierra y todo lo que hay en ella es temporal y está condenada al fracaso: ¨pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos¨ (2 Pedro 3:7).

El cielo es incorruptible, invencible, inviolable, insobornable, inexpugnable.

El cielo es un lugar lejano, distante, tanto en el sentido de espacio, como en el sentido moral. No se puede ir al cielo utilizando ningún medio o transporte humanos, es por ello que se necesita a Cristo, él es el único que conoce el camino, él es el único que nos puede llevar allá: ¨Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí¨ (Juan 14:6).

2.- El Cielo es un Lugar Real.

El cielo no es un estado mental, no es una idea, no es algo que vive en el corazón como un anhelo o ilusión, no es una quimera, el cielo es un lugar real.

Jesús vino del cielo, se transportó al cielo después de resucitar y de allá vendrá en su segunda venida con sus santos ángeles y con los redimidos: ¨Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria¨ (Mateo 25:31).

Enoc y Elías son los únicos seres humanos que están en el cielo sin haber pasado antes por la muerte. La Biblia nos dice de Enoc lo siguiente: ¨Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios¨ (Hebreos 11:5). Y de Elías leemos: ¨Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino¨ (2 Reyes 2:11).

Moisés y Elías vinieron del cielo y se aparecieron junto con Jesús en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1-13). Y esto no era una visión, eran seres reales como Jesús, tan reales que note usted lo que ocurrió con los discípulos: ¨Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías¨ (Mateo 17: 4).

Jesús le dijo al ladrón arrepentido que estaría en el cielo. Jesús le hizo una promesa:¨Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso¨ (Lucas 23:43). Aquí podemos ver que los creyentes, una vez que mueren van al cielo, tal y como lo enseñara también el apóstol Pablo: ¨Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor¨ (Filipenses 1:23).

El apóstol Pablo también habló del cielo como un lugar real cuando dijo que conocía a alguien que había sido transportado allá: ¨Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar¨ (2 Corintios 12:2-4). Se sabe que ese hombre era el mismo Pablo y que por razones de modestia hace referencia a su persona de manera indirecta, pero podemos corroborar que está hablando de él mismo cuando afirma: ¨De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades¨ (2 Corintios 12:5).

En la Biblia vemos a los ángeles que venían del cielo con mensajes departe de Dios para los seres humanos, y esto es evidente tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento.

En el libro de Apocalipsis tenemos los más espectaculares cuadros que nos presentan el cielo como un lugar verdadero y majestuoso. Estas visiones de Juan en Apocalipsis tienen la misma espectacularidad que encontramos en el capítulo 6 de Isaías y en el capítulo uno de Ezequiel. Estas imágenes nos hablan del cielo como un lugar terrible. La presencia de los ángeles en la tierra cada vez que se aparecían era motivo de temor en los que lo presenciaban. Así que las cosas celestiales son fuera de serie: ¨Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman¨ (2 Corintios 2:9).

3.- El Cielo es el Sitio Donde Dios Está.

El cielo es el lugar por excelencia donde Dios está, en contraste con el infierno donde Dios definitivamente no está. Esto es lo mejor del cielo, que Dios está allí. Si usted no va al cielo se perderá del mejor lugar donde se puede pasar la eternidad, porque el cielo es eterno, es para siempre, ese es el lugar donde irán los de la derecha, las ovejas: ¨Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo¨ (Mateo 25:31-34).

El cielo entonces es sinónimo de gozo, de paz. La verdadera realización personal es poder llegar al cielo. Estar en el cielo es la más grande hazaña que alguien puede alcanzar, es el mayor logro, es el clímax del éxito. De nada sirve ganar los más grande galardones aquí en la tierra si se pierde el cielo: ¨Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?¨ (Mateo 16:26).

No todo el mundo podrá estar en el cielo. Al cielo van sólo los redimidos de Dios, los que han sido hechos hijos de Dios por la simple razón de creer en Cristo, de recibirle: ¨Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios¨ (Juan 1:12,13).

Jesús dijo que él es la puerta de entrada al cielo: ¨Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.

Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos¨ (Juan 10:7-9).

El vivir licenciosamente en este mundo constituye el camino ancho que conduce a la perdición, al infierno; pero el vivir bajo las benditas restricciones del camino estrecho nos conduce al cielo. El camino al cielo es tan estrecho que no admite atajos. Usted puede ir a cualquier lugar por diferentes caminos, pero para ir al cielo hay sólo un camino: Jesús; este camino conduce directamente al cielo.

Leandro González


Sermón predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 18 de Abril de 2010.

VEA EL VÍDEO DEL MENSAJE:




domingo, 11 de abril de 2010

EL REINO DE DIOS

Mateo 10:7


¨Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado¨.

En la Biblia ¨el reino de Dios¨ y ¨el reino de los cielos¨ significan lo mismo. Mateo utiliza la expresión ¨reino de los cielos¨, mientras que Marcos y Lucas emplean ¨reino de Dios¨. Esta diferencia está relacionada con el trasfondo cultural y religioso de los destinatarios de sus evangelios. En el pasaje que nos sirve de inspiración Mateo dice: ¨Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado¨ (Mateo 10:7). Esta es la orden del Señor a los doce enviados a predicar en el período inicial de su ministerio.

Hablar del reino de Dios es hablar de su gobierno, de su dominio en el universo, de su dominio en las leyes de la naturaleza, de su soberanía y providencia. El es el rey soberano de este mundo, y el mundo le pertenece por derecho de creación: ¨En el principio creó Dios los cielos y la tierra¨ (Génesis 1:1). Al mismo tiempo el mundo le debe obediencia, honor y respeto: ¨diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas¨ (Apocalipsis 14:7). El mundo es de él: ¨De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos¨ (Salmo 24:1,2).

El Reino de Dios también abarca el señorío de Cristo en la iglesia y en la vida de cada creyente. Otra cosa importante que atañe al dominio de Dios es su señorío en la historia.

En el Antiguo Testamento el reino de Dios se manifiesta en la vida de una nación, el pueblo de Israel. El principio fundamental que impera en el gobierno de esta nación es la teocracia. Es por ello contradictorio que la nación haya pedido un rey humano en evidente desprecio a Dios como Rey soberano de la nación judía: ¨Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos¨ (I Samuel 8:7).

A pesar de todo, los judíos constituyen una sociedad política que sirve como icono universal de la soberanía y providencia divina en el mundo. Toda vez que la nación ha sido obediente a su soberano Dios, ellos han triunfado, pero cada vez que han sido infieles, han recibido los rigores del castigo de Jehová de los ejércitos. Este trato está sujeto al pacto de Dios hecho con ellos: ¨Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra¨ (Exodo 19:5).

Dios como soberano del reino, pone las reglas, y la nación está obligada a acatar esas condiciones: ¨Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Mas si tu corazón se apartare y no oyeres, y te dejares extraviar, y te inclinares a dioses ajenos y les sirvieres, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis; no prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para entrar en posesión de ella¨ (Deuteronmio 30:15-18).

Dios no ha renunciado a su dominio sobre la nación de Israel aunque ellos hayan sido desleales. A pesar de ser los protagonistas de la muerte de Jesús, la nación de Israel sigue estando en el corazón de Dios. Dios anhela rescatarles de su rebeldía y por eso los llama al arrepentimiento para que permitan que el dominio de su reino sea una realidad en sus vidas. Esta era la preocupación de Jesús: ¨Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado¨ (Mateo 4:17). El gran amor del Rey Jesús por Israel le llevó a expresar el más grande lamento sobre ella: ¨¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!¨ (Mateo 23:37)

El reino de Dios podemos verlo en tres dimensiones:

1.- El Reino de Dios en Los Cielos.

Este concepto del reino de Dios abarca el tiempo pasado y presente así como ha de abarcar el futuro y toda la eternidad. Este concepto del reino de Dios trasciende el tiempo y el espacio. Al hablar del reino de Dios en los cielos nos estamos refiriendo al reino que está por encima de todos los reinos. De aquí se desprende la expresión relacionada con Jesús el Rey del reino: ¨Rey de reyes y Señor de Señores¨ (Apocalipsis 19:16).

En el padrenuestro Jesús ubica a Dios en los cielos, esto da la idea de un reino que tiene el trono más sublime: ¨Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre¨ (Mateo 6:9).

El trono de Dios está en el cielo, pero el reino de Dios se manifiesta en la tierra, y es definitivamente un reino real y diferente de los reinos del mundo. Jesús dijo a Pilato que su reino no es de este mundo: ¨Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí¨ (Juan 18:36). Jesús de ninguna manera está tratando de impresionar a Pilato, sino que está diciendo una verdad pura y simplemente. El pobre despistado aquí no es Jesús, sino cualquiera que no llegue a entender la magnitud de estas expresiones de poder. Pero no cabe dudas que frente a la realidad a la que Jesús estaba sometido, en el juicio frente al gobernador romano, y a todo lo que siguió después con la crucifixión, considerar esta expresión como dichas en términos reales parecería una expresión novelesca o salida de un episodio de ciencia ficción. Pero no, estas palabras son dichas por un personaje de la historia real. No son las palabras de un lunático que se creía una cosa que no era. Decir que Jesús estaba loco no cuadra con su personalidad y no cuadra con los hechos que acompañan sus declaraciones.

Esta expresión de Jesús no es una quijotada. No es que Jesús creía que él era un rey, sino que en realidad él era y es ese rey. Nadie puede estar más seguro de ser un rey, que él, pues él es rey del reino verdadero. Todos los reinos del mundo son nada ante el reino de los cielos.

El reino de los cielos es el reino del bien sobre el mal. La existencia de ese reino garantiza la victoria sobre Satanás, sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el infierno. El reino de los cielos anima y fortalece la fe; robustece la esperanza gloriosa de los redimidos. El reino de los cielos es la seguridad de los creyentes, hay un reino a donde vamos, un lugar real donde estaremos. Nadie puede tener una mayor esperanza que esa: ¨En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis¨ (Juan 14:2,3).

2.- El Reino de Dios en la Actualidad.

Esto se refiere al señorío de Cristo en la vida de la iglesia y de cada individuo arrepentido en particular. Es el reino espiritual donde Jesús, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, las verdades que son el fundamento de la fe cristiana, dominan los pensamientos y las acciones de los creyentes. Este reino actual tiene que ver con una conducta, con una ética, con una actitud frente a todas las cosas de este mundo. Esta cosmovisión cristiana se compadece con las enseñanzas de Jesús.

El reino de Dios en la actualidad es el Señor Jesús viviendo en el corazón del creyente y dominando todo su ser, influenciándole para su provecho y para provecho de los demás. El creyente está sometido voluntariamente a ese dominio. Jesús no puede gobernar de otra manera en la vida de las personas. Este dominio de Dios en la vida de las personas y en la vida de las familias cristianas, arrepentidas y salvadas, se debe reflejar de manera positiva en la iglesia y en la sociedad, en todas las actividades que el creyente realice. Se requiere de cada uno que esté bajo la influencia del reino de Dios, que actúe de acuerdo a las leyes de ese reino.

Este reino de Dios en la vida del creyente y de la iglesia, manifiesta en la tierra el tipo de gobierno que es totalmente diferente de los reinos de este mundo: ¨Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos¨ (Marcos 10:42-45).

Este reino de Dios en la vida del creyente, al mismo tiempo demuestra cuál es el carácter del reino en el cielo y cuál es la manera como Dios gobierna el universo. Porque al hablar en la actualidad de un reino espiritual no estamos negando el reino de Dios en el universo.

El gobierno espiritual de Dios en la vida del creyente es un gobierno real, no es un gobierno ideal, sino algo que ocurre en la realidad. La manera como Dios gobierna en nosotros es al través de su Espíritu Santo y de la influencia de su Palabra. En la medida en que hacemos caso a lo que el Señor nos dice, a sus enseñanzas y demandas para nosotros, en esa medida él gobierna en nosotros.

Pero es claro que de una forma misteriosa Dios ejerce dominio sobre cada persona para guiarnos hacia el fin que él se ha propuesto con cada uno de nosotros. En ese sentido el reino de Dios sobre nosotros se vuelve irresistible, es a lo que se le llama la gracia irresistible de Dios. Es por ello que estamos de acuerdo con la idea de que una vez que hemos sido salvos, nuestro destino está sellado, unido indisolublemente al propósito eterno de Dios: ¨ Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados¨ (Romanos 8:28). Este es un asunto que brinda garantía a los que son ciudadanos de ese reino.

Los que forman parte del reino de Dios, el cual se hace evidente en la actualidad en el ámbito de la iglesia, tienen una misión como embajadores del reino: ¨Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios¨ (2 Corintios 5:20).

Nuestra misión como embajadores del reino en este mundo tiene que ver con anunciar el evangelio del reino de Dios para de esta manera extenderlo y expandirlo entre los hombres de todas las naciones: ¨Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén¨ Mateo 28:19,20). En cuanto a ser ciudadanos del reino de Dios, Jesús se expresó diciendo que no somos de este mundo, eso quiere decir que estamos como extranjeros en la tierra, ya que nuestra ciudadanía es en los cielos: ¨No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo¨ (Juan 17:16).

Es importante saber que el dominio espiritual de Jesús ahora en este mundo es lo que garantiza que seremos parte del reino eterno del Señor allá en el cielo. El dominio del reino de los cielos en los que vivimos en la tierra, garantiza nuestra ciudadanía en el reino de Dios que está en los cielos. Ninguna persona puede ser parte del reino de Dios a menos que permita a Jesús ser el rey de su vida aquí y ahora. Tener el dominio o señorío de Cristo aquí en la tierra es lo que garantiza que podamos entrar en el reino de Dios que está en los cielos: ¨A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos¨ (Mateo 10:32,33).

3.- El Reino de Dios en el Futuro.

Aquí entramos en un punto escatológico, que tiene que ver con los acontecimientos finales de la historia. La literatura apocalíptica tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento está repleta de imágenes extraordinarias que presentan un panorama muy distinto al que se ha visto desde el principio de la historia, donde Satanás y las legiones de maldad se levantan contra los designios de Dios, y los hombres impíos se gozan en la maldad. El reino de Dios en términos futuristas nos presenta un mundo totalmente distinto, un mundo bajo la absoluta influencia del bien y la total desaparición del mal.

Este reino futuro de Dios depende mucho de las acciones del reino o señorío presente de Jesucristo en la vida de la iglesia. La llegada de este reino futuro y definitivo de Dios sobre el mundo no es una cosa que procure la destrucción del hombre, sino todo lo contrario, se atreve a demorar por causa de su amor a la humanidad: ¨El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento¨ (2 Pedro 3:9).

Dios no está desesperado, y mucho más cuando ve que el hombre se resiste a arrepentirse y se niega a su amoroso dominio. Pero a pesar de todo ese amoroso deseo de Dios de salvar a todos los hombres, la Biblia nos dice que él vendrá sorpresivamente a este mundo para castigar toda maldad: ¨Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas (2 Pedro 3:10).

Conjuntamente con la llegada de Jesucristo a este mundo se hará manifiesto a los hombres el reino de Dios. Se podrá ver y palpar el reino del que Jesús habló ante Pilato.

Toda ambigüedad creada por la incredulidad de los hombres será desecha ante la presencia corporal de Jesús como Rey de reyes y Señor de señores.

Reflexionemos finalmente frente a estas firmes y sublimes palabras del apóstol Pablo a Timoteo, y que sirvan para que te decidas por Cristo antes que sea tarde: ¨Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén¨ (I Timoteo 6:13-16).

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana el 11 de Abril de 2010.

lunes, 5 de abril de 2010

EL DIA DEL SEÑOR

Marcos 16:9


¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

Hoy que celebramos la resurrección de nuestro Señor, es un magnífico día para hablar de El Día del Señor, pues la más grande evidencia de que el primer día de la semana es el día de descanso de los cristianos, es que Jesucristo resucitó ese día: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

El sábado fue el único día que Jesús estuvo veinticuatro horas completas sepultado. Y no estaba descansando como dicen algunos, sino que estaba muerto, sepultado en una tumba. Parte del día viernes en que murió, Jesús estuvo vivo, y también gran parte del domingo que resucitó; pero el sábado estuvo muerto todo el santo día. Porque Jesús dio cristiana sepultura a todos los rituales y ceremonias de la antigua ley. Y esto a mí me parece muy gráfico de lo que él mismo dijera respecto del sábado: ¨Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo¨ (Marcos 2:28). Esto quiere decir entre otras cosas, que el día de reposo está sujeto a él, y no él al día de reposo; que él es mayor que el día de reposo. Los judíos del tiempo de Jesús llegaron a enfatizar de tal manera la observancia del día de reposo, que lo veneraban. Lo mismo hacen muchos cristianos judaizantes en el día de hoy, hasta ponen la observancia del sábado como condición para ser salvos.

El primer día de la semana marcó el inicio de una cadena de acontecimientos en la vida de nuestro Señor resucitado y de los primeros cristianos, que llegó a identificar inequívocamente el domingo como el día del Señor. No fue Constantino quien impuso el domingo a los cristianos como día de reposo, sino que él lo hizo así porque los cristianos ya guardaban el domingo como día del Señor, en celebración de la resurrección de Jesucristo. Así que, a quienes Constantino les impuso el domingo fue a los paganos, y a los judíos que estaban bajo el poder romano.

El poder romano que los judíos aprovecharon para llevar a Jesús a la cruz, con la idea de destruir el cristianismo, fue el mismo poder utilizado por Dios para someter a los judíos y a las demás naciones a la nueva manera cristiana de ver el mundo. Los judíos usaron a un gobernador del imperio romano, pero Dios usó al propio emperador. Desde entonces la historia se divide así: ¨Antes de Cristo¨ y ¨Después de Cristo¨, porque Dios es el que dirige la historia. Jesucristo es Señor de la historia así como es Señor del sábado.

El séptimo día era el día de reposo observado por Cristo y los cristianos antes de la resurrección, pero no lo fue más después que el Señor se levantó de entre los muertos. Fuera de todo prejuicio podemos entender que al ser la resurrección el evento más importante de la fe cristiana, sea tomado el día que Cristo resucitó como día de descanso del nuevo camino, para diferenciarlo de la antigua religión y de la levadura farisaica que tanto daño ha hecho a los judíos y a los cristianos que se empecinan en mantener las prácticas judaizantes.

Los cristianos guardamos el domingo, no el sábado. Cada domingo, aún con el mínimo esfuerzo de levantarnos temprano e ir al templo, así como en cada expresión de adoración en nuestros cultos, proclamamos que la tumba donde sepultaron a Jesús está vacía.

Como todo lo que encontramos en el Antiguo Testamento era sombra de lo que habría de venir, imagen de las cosas verdaderas, como dice la Biblia en la Carta a los Hebreos, de esta misma forma el sábado era sombra de un día mucho más importante, el día de la nueva creación de una vida nueva, la redención de la humanidad obrada por Jesús en la cruz y celebrada el día que él se levantó de entre los muertos.

Ahora veamos porqué el primer día de la semana es el Día del Señor y el día en que los cristianos nos reunimos para adorar.

1.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en Que el Señor Resucitó.

El pasaje de nuestro sermón es inequívoco en señalarnos que el Señor resucitó el primer día de la semana: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9). Cualquier intento por desconocer esta verdad bíblica será evidencia suficiente para detectar la doctrina de error, pues los otros evangelistas son enfáticos al revelarnos esta verdad: Mateo 28:1-11; Lucas 24:1-43; Juan 20:1-29.

A pesar de toda esta contundencia bíblica muchos se atreven a proponer otro día para la muerte de Cristo, y por ende otro día para su resurrección, en su afán de adaptar la Palabra de Dios a sus caprichos. A estos les cabe la sentencia paulina de Gálatas 1:6-9: ¨Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema¨.

Toda la carga de testimonio que demuestra que Jesús resucitó el primer día de la semana apuntala ese día como un día de gran celebración y júbilo para los cristianos. Es el día en que todos los creyentes en Jesús podemos decir con Pablo: ¨Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?¨ (I Corintios 15:54,55).

2.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en que el Señor Resucitado se Apareció a sus Seguidores.

Aparte de haber resucitado el Señor el primer día de la semana, otros hechos sobresalientes ocurridos después de la resurrección, sucedieron el primer día de la semana. Podemos mencionar primeramente la aparición a sus discípulos: ¨Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén¨ (Lucas 24:13).

También vemos que se apareció a sus discípulos en domingos sucesivos: ¨Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros¨ (Juan 20.19-26).

La presencia del Señor en los lugares donde los discípulos estaban reunidos llenó de regocijo sus corazones. Esto se corrobora por la propia declaración de los discípulos que iban a Emaús: ¨Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?¨ (Lucas 24:32). En el día de hoy, cada domingo que los creyentes nos congregamos para adorar al Señor, sentimos el mismo gozo de estar ¨unánimes juntos¨, reunidos en su nombre (Hechos 2:1). Es lo menos que podemos hacer para anunciar al mundo que ¡El Señor Ha Resucitado!

3.- El Primer Día de la Semana Fue el Día Observado Por los Primeros Cristianos.

No es coincidencia que los 120 estuviesen congregados en el aposento alto en el día de pentecostés, ya que ellos estaban obedeciendo a instrucciones dadas por el Señor: ¨Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días¨ (Hechos 1: 4,5).

Es muy probable que la venida del Espíritu Santo fuera un domingo, siendo que el día de Pentecostés se celebraba y se sigue celebrando hoy así entre los judíos: Se cuentan 7 sábados a partir del sábado de pascua que suman 49 días, y el domingo próximo es el quincuagésimo, el número cincuenta, que corresponde al día de Pentecostés.

Las instrucciones del apóstol Pablo para la recolección de la ofrenda para los santos demuestra la práctica común de los primeros cristianos de observar el primer día de la semana: ¨En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas¨ (I Corintios 16:1,2). Este pasaje es razón suficiente y concluyente de esta costumbre de los primeros cristianos de guardar el domingo en vez del sábado.

Esta preocupación de Pablo de que la ofrenda se recogiera a tiempo y que para lograrlo se hiciera el día en que se reunían con regularidad, nos indica cuán común era ya la costumbre de guardar el domingo en lugar del sábado. Tanto para el escritor del Nuevo Testamento como para los destinatarios de la carta de Pablo, eran normales estas reuniones para la celebración del culto cristiano, por tal motivo no se dan mayores explicaciones.

La única vez que se menciona el sábado relacionado con los cristianos en el Nuevo Testamento, después de la resurrección, es con el propósito de llevar el evangelio a los judíos que sí se reunían el sábado en las sinagogas. Por lo general los apóstoles llevaban primero el evangelio a los judíos y luego a los gentiles. Así que había que aprovechar las reuniones de estos en sus sinagogas en día sábado. Recordemos lo que Pablo decía: ¨Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley¨ (I Corintios 9:20). Pero llegó un momento en que debido a la incredulidad de sus hermanos judíos Pablo decidió otra cosa: ¨Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles¨ (Hechos 18: 6). De ahí en adelante no volvió a mencionarse que se reuniera en sábado con los demás judíos.

Esta actitud del apóstol Pablo concuerda con su convicción de la supremacía del nuevo camino por encima de la antigua religión judaizante: ¨Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo¨ (colosenses 2:16,17). Como podemos ver en este último pasaje, la disputa de si los cristianos debían guardar o no el sábado, es una cuestión que tuvo que ser enfrentada fuertemente por los apóstoles en contra de los que querían imponer requisitos legales basados en el Antiguo Testamento. Tanto para Pablo como para cualquiera cristiano sensato de la época primitiva, era muy claro que el día del culto cristiano era el primer día de la semana.

Nos atrevemos a decir según el espíritu de la carta a los Hebreos que el sábado, como sombra de las cosas verdaderas, fue anulado por el Señor tal y como nos lo revela Colosenses 2:14: ¨anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz¨ (Colosenses 2:14).

Para los que piden evidencia explícita de la observancia del primer día de la semana como día de adoración cristiano, veamos el siguiente pasaje: ¨El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche¨ (Hechos 20:7).

Una prueba final que demuestra la costumbre de guardar el domingo como día de adoración del Señor es que Juan recibió la revelación del Apocalipsis el día del Señor, o sea el domingo, el primer día de la semana: ¨Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta¨ (Apocalipsis 1:10). Acerca de este pasaje nos dice H. E. Dana en su libro ¨Manual de Eclesiología¨ lo siguiente: ¨La referencia que hace Juan al “día del Señor” en Apocalipsis 1:10, no puede razonablemente referirse a otro día que no sea el primer día de la semana. Así que hay fuerte evidencia a favor de la observancia del primer día de la semana como el día del culto en la era apostólica; mientras que no hay ninguna a favor del séptimo día¨ (-H. E. Dana, Manual de Eclesiología, Editorial Mundo Hispano, 1987, Pág. 159).

Unas palabras finales que debemos agregar acerca de la observancia del día del Señor es que en los últimos años muchos creyentes en el mundo no están mostrando el debido respeto al Señor en el que dicen creer, pues con mucha facilidad comprometen el domingo para hacer labores comunes, dejando de esta manera de participar en sus iglesias.

Si bien es cierto que el domingo no tiene el carácter legalista que llegó a tener el sábado judío (y gracias a Dios por ello), pero creo que los cristianos debemos rescatar el día del Señor, limitándonos en lo posible a dedicar ese día para congregarnos con nuestras familias en el templo.

El domingo no es un día para irnos de fiesta o de recreación, mientras los demás hermanos se congregan para adorar a Dios. El mundo no es mejor después que los cristianos hemos comprometido el día del Señor para ocuparnos en nuestras labores ordinarias.

Por favor, medita en este versículo: ¨No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca¨ (Hebreos 10:25).

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 4 de abril de 2010.