lunes, 5 de abril de 2010

EL DIA DEL SEÑOR

Marcos 16:9


¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

Hoy que celebramos la resurrección de nuestro Señor, es un magnífico día para hablar de El Día del Señor, pues la más grande evidencia de que el primer día de la semana es el día de descanso de los cristianos, es que Jesucristo resucitó ese día: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9).

El sábado fue el único día que Jesús estuvo veinticuatro horas completas sepultado. Y no estaba descansando como dicen algunos, sino que estaba muerto, sepultado en una tumba. Parte del día viernes en que murió, Jesús estuvo vivo, y también gran parte del domingo que resucitó; pero el sábado estuvo muerto todo el santo día. Porque Jesús dio cristiana sepultura a todos los rituales y ceremonias de la antigua ley. Y esto a mí me parece muy gráfico de lo que él mismo dijera respecto del sábado: ¨Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo¨ (Marcos 2:28). Esto quiere decir entre otras cosas, que el día de reposo está sujeto a él, y no él al día de reposo; que él es mayor que el día de reposo. Los judíos del tiempo de Jesús llegaron a enfatizar de tal manera la observancia del día de reposo, que lo veneraban. Lo mismo hacen muchos cristianos judaizantes en el día de hoy, hasta ponen la observancia del sábado como condición para ser salvos.

El primer día de la semana marcó el inicio de una cadena de acontecimientos en la vida de nuestro Señor resucitado y de los primeros cristianos, que llegó a identificar inequívocamente el domingo como el día del Señor. No fue Constantino quien impuso el domingo a los cristianos como día de reposo, sino que él lo hizo así porque los cristianos ya guardaban el domingo como día del Señor, en celebración de la resurrección de Jesucristo. Así que, a quienes Constantino les impuso el domingo fue a los paganos, y a los judíos que estaban bajo el poder romano.

El poder romano que los judíos aprovecharon para llevar a Jesús a la cruz, con la idea de destruir el cristianismo, fue el mismo poder utilizado por Dios para someter a los judíos y a las demás naciones a la nueva manera cristiana de ver el mundo. Los judíos usaron a un gobernador del imperio romano, pero Dios usó al propio emperador. Desde entonces la historia se divide así: ¨Antes de Cristo¨ y ¨Después de Cristo¨, porque Dios es el que dirige la historia. Jesucristo es Señor de la historia así como es Señor del sábado.

El séptimo día era el día de reposo observado por Cristo y los cristianos antes de la resurrección, pero no lo fue más después que el Señor se levantó de entre los muertos. Fuera de todo prejuicio podemos entender que al ser la resurrección el evento más importante de la fe cristiana, sea tomado el día que Cristo resucitó como día de descanso del nuevo camino, para diferenciarlo de la antigua religión y de la levadura farisaica que tanto daño ha hecho a los judíos y a los cristianos que se empecinan en mantener las prácticas judaizantes.

Los cristianos guardamos el domingo, no el sábado. Cada domingo, aún con el mínimo esfuerzo de levantarnos temprano e ir al templo, así como en cada expresión de adoración en nuestros cultos, proclamamos que la tumba donde sepultaron a Jesús está vacía.

Como todo lo que encontramos en el Antiguo Testamento era sombra de lo que habría de venir, imagen de las cosas verdaderas, como dice la Biblia en la Carta a los Hebreos, de esta misma forma el sábado era sombra de un día mucho más importante, el día de la nueva creación de una vida nueva, la redención de la humanidad obrada por Jesús en la cruz y celebrada el día que él se levantó de entre los muertos.

Ahora veamos porqué el primer día de la semana es el Día del Señor y el día en que los cristianos nos reunimos para adorar.

1.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en Que el Señor Resucitó.

El pasaje de nuestro sermón es inequívoco en señalarnos que el Señor resucitó el primer día de la semana: ¨Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios¨ (Marcos 16:9). Cualquier intento por desconocer esta verdad bíblica será evidencia suficiente para detectar la doctrina de error, pues los otros evangelistas son enfáticos al revelarnos esta verdad: Mateo 28:1-11; Lucas 24:1-43; Juan 20:1-29.

A pesar de toda esta contundencia bíblica muchos se atreven a proponer otro día para la muerte de Cristo, y por ende otro día para su resurrección, en su afán de adaptar la Palabra de Dios a sus caprichos. A estos les cabe la sentencia paulina de Gálatas 1:6-9: ¨Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema¨.

Toda la carga de testimonio que demuestra que Jesús resucitó el primer día de la semana apuntala ese día como un día de gran celebración y júbilo para los cristianos. Es el día en que todos los creyentes en Jesús podemos decir con Pablo: ¨Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?¨ (I Corintios 15:54,55).

2.- El Primer Día de la Semana Fue el Día en que el Señor Resucitado se Apareció a sus Seguidores.

Aparte de haber resucitado el Señor el primer día de la semana, otros hechos sobresalientes ocurridos después de la resurrección, sucedieron el primer día de la semana. Podemos mencionar primeramente la aparición a sus discípulos: ¨Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén¨ (Lucas 24:13).

También vemos que se apareció a sus discípulos en domingos sucesivos: ¨Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros¨ (Juan 20.19-26).

La presencia del Señor en los lugares donde los discípulos estaban reunidos llenó de regocijo sus corazones. Esto se corrobora por la propia declaración de los discípulos que iban a Emaús: ¨Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?¨ (Lucas 24:32). En el día de hoy, cada domingo que los creyentes nos congregamos para adorar al Señor, sentimos el mismo gozo de estar ¨unánimes juntos¨, reunidos en su nombre (Hechos 2:1). Es lo menos que podemos hacer para anunciar al mundo que ¡El Señor Ha Resucitado!

3.- El Primer Día de la Semana Fue el Día Observado Por los Primeros Cristianos.

No es coincidencia que los 120 estuviesen congregados en el aposento alto en el día de pentecostés, ya que ellos estaban obedeciendo a instrucciones dadas por el Señor: ¨Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días¨ (Hechos 1: 4,5).

Es muy probable que la venida del Espíritu Santo fuera un domingo, siendo que el día de Pentecostés se celebraba y se sigue celebrando hoy así entre los judíos: Se cuentan 7 sábados a partir del sábado de pascua que suman 49 días, y el domingo próximo es el quincuagésimo, el número cincuenta, que corresponde al día de Pentecostés.

Las instrucciones del apóstol Pablo para la recolección de la ofrenda para los santos demuestra la práctica común de los primeros cristianos de observar el primer día de la semana: ¨En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas¨ (I Corintios 16:1,2). Este pasaje es razón suficiente y concluyente de esta costumbre de los primeros cristianos de guardar el domingo en vez del sábado.

Esta preocupación de Pablo de que la ofrenda se recogiera a tiempo y que para lograrlo se hiciera el día en que se reunían con regularidad, nos indica cuán común era ya la costumbre de guardar el domingo en lugar del sábado. Tanto para el escritor del Nuevo Testamento como para los destinatarios de la carta de Pablo, eran normales estas reuniones para la celebración del culto cristiano, por tal motivo no se dan mayores explicaciones.

La única vez que se menciona el sábado relacionado con los cristianos en el Nuevo Testamento, después de la resurrección, es con el propósito de llevar el evangelio a los judíos que sí se reunían el sábado en las sinagogas. Por lo general los apóstoles llevaban primero el evangelio a los judíos y luego a los gentiles. Así que había que aprovechar las reuniones de estos en sus sinagogas en día sábado. Recordemos lo que Pablo decía: ¨Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley¨ (I Corintios 9:20). Pero llegó un momento en que debido a la incredulidad de sus hermanos judíos Pablo decidió otra cosa: ¨Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles¨ (Hechos 18: 6). De ahí en adelante no volvió a mencionarse que se reuniera en sábado con los demás judíos.

Esta actitud del apóstol Pablo concuerda con su convicción de la supremacía del nuevo camino por encima de la antigua religión judaizante: ¨Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo¨ (colosenses 2:16,17). Como podemos ver en este último pasaje, la disputa de si los cristianos debían guardar o no el sábado, es una cuestión que tuvo que ser enfrentada fuertemente por los apóstoles en contra de los que querían imponer requisitos legales basados en el Antiguo Testamento. Tanto para Pablo como para cualquiera cristiano sensato de la época primitiva, era muy claro que el día del culto cristiano era el primer día de la semana.

Nos atrevemos a decir según el espíritu de la carta a los Hebreos que el sábado, como sombra de las cosas verdaderas, fue anulado por el Señor tal y como nos lo revela Colosenses 2:14: ¨anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz¨ (Colosenses 2:14).

Para los que piden evidencia explícita de la observancia del primer día de la semana como día de adoración cristiano, veamos el siguiente pasaje: ¨El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche¨ (Hechos 20:7).

Una prueba final que demuestra la costumbre de guardar el domingo como día de adoración del Señor es que Juan recibió la revelación del Apocalipsis el día del Señor, o sea el domingo, el primer día de la semana: ¨Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta¨ (Apocalipsis 1:10). Acerca de este pasaje nos dice H. E. Dana en su libro ¨Manual de Eclesiología¨ lo siguiente: ¨La referencia que hace Juan al “día del Señor” en Apocalipsis 1:10, no puede razonablemente referirse a otro día que no sea el primer día de la semana. Así que hay fuerte evidencia a favor de la observancia del primer día de la semana como el día del culto en la era apostólica; mientras que no hay ninguna a favor del séptimo día¨ (-H. E. Dana, Manual de Eclesiología, Editorial Mundo Hispano, 1987, Pág. 159).

Unas palabras finales que debemos agregar acerca de la observancia del día del Señor es que en los últimos años muchos creyentes en el mundo no están mostrando el debido respeto al Señor en el que dicen creer, pues con mucha facilidad comprometen el domingo para hacer labores comunes, dejando de esta manera de participar en sus iglesias.

Si bien es cierto que el domingo no tiene el carácter legalista que llegó a tener el sábado judío (y gracias a Dios por ello), pero creo que los cristianos debemos rescatar el día del Señor, limitándonos en lo posible a dedicar ese día para congregarnos con nuestras familias en el templo.

El domingo no es un día para irnos de fiesta o de recreación, mientras los demás hermanos se congregan para adorar a Dios. El mundo no es mejor después que los cristianos hemos comprometido el día del Señor para ocuparnos en nuestras labores ordinarias.

Por favor, medita en este versículo: ¨No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca¨ (Hebreos 10:25).

Leandro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 4 de abril de 2010.

domingo, 28 de marzo de 2010

LA CENA DEL SEÑOR

I Corintios 11:23-26


¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨.

La iglesia católica denomina la cena del Señor como eucaristía y la engloba dentro de lo que ellos llaman los siete sacramentos, dentro de los cuales también se encuentran: El bautismo, la penitencia, la confirmación, el orden sacerdotal, el matrimonio y la unción de los enfermos. Pero según lo que nos enseña la Biblia hay sólo dos ordenanzas que fueron constituidas por el Señor para la iglesia, que son el bautismo y la cena del Señor, llamada también cena conmemorativa. Estas ordenanzas son reconocidas en algunas iglesias evangélicas también como sacramentos.

Un sacramento se ha llegado a definir injustificadamente como algo que imparte cierto tipo de gracia especial departe de Dios a quien participa del mismo. Según esta creencia todo acto definido como sacramento hace recaer sobre la persona que lo recibe una gracia que ayuda para su salvación. Esta interpretación equivocada de la palabra sacramento ha degenerado, por ejemplo, en la creencia de que el bautismo salva.

Asimismo al decir que la cena del Señor produce algún tipo de gracia salvadora o que tiene el poder de perdonar los pecados de quienes participan de la misma, estamos haciendo insuficiente la obra salvadora de Jesucristo y haciendo imperfecto su sacrificio, y de esta forma reanudamos el sacrificio continuo que fue abolido por el Señor cuando murió en la cruz. Por causa de este razonamiento, y por querer sobredimensionar un acto que es sólo simbólico, hay dos fenómenos dentro del acto de la cena del Señor conocidos como ¨transustanciación¨ y ¨consustanciación¨.

La Iglesia Romana Católica enseña la doctrina de la transustanciación. La transustanciación significa que durante la misa tiene lugar un milagro por el cual la sustancia de los elementos ordinarios del pan y del vino se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Para los sentidos humanos, el pan y el vino no exhiben ningún cambio perceptible. Pero los católicos creen que aunque los elementos todavía se asemejan al pan y al vino, que saben como el pan y el vino, que huelen como el pan y el vino, etc., se convierten realmente en la carne y la sangre de Cristo.


La consustanciación, una doctrina luterana, considera que en la Eucaristía se encuentra de forma real Cristo, pero existiendo al mismo tiempo la sustancia del pan y del vino. Por lo tanto, y según los luteranos, después de la consagración no existiría en las formas únicamente la presencia divina de Cristo, tal y como se mantiene en la Transubstanciación, sino que además seguiría habiendo el pan y el vino originales.

Pero creemos que al ser la cena conmemorativa un acto ceremonial simbólico, estos elementos del pan y del vino no sufren ninguna transformación. El pan y el vino son los mismos elementos antes, durante y después de ser utilizados en la cena del Señor. No implican tampoco ningún sentido místico en el que el cuerpo y la sangre de Cristo se puedan expresar de forma dinámica en estos elementos. No hay nada misterioso en este acto que es solamente representativo y simbólico. El gran misterio en sí ha sido la obra expiatoria de Jesucristo, que estos elementos representan. En definitiva, estos elementos sólo representan el cuerpo y la sangre de Cristo, pero no lo son de ninguna manera.

Con relación a adjudicarle a este acto simple de la cena del Señor o a cualquiera otra ceremonia que podamos celebrar algún tipo de misticismo, no hemos podido encontrar nada en la Biblia que nos indique que la persona tenga que hacer algo para ganarse la salvación o para mantenerla; pero sí es muy claro en la Biblia que la salvación es solamente por la fe en Jesucristo, y que la misma fue obrada por él de una vez y para siempre: ¨pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados¨ (Hebreos 10:12-14).

Por eso decimos que la misa católica, que pretende hacer presente cada vez el cuerpo y la sangre de Cristo, no tiene asidero bíblico, pues Cristo murió una sola vez, y esa vez ha sido suficiente para siempre. De modo que es imposible e innecesario que se repita la muerte del Señor cada vez que se celebra la eucaristía. En este sentido la misa no es más que un invento de los hombres.

Respecto de la cena del Señor quiero compartir tres puntos sobresalientes:

1.- La Cena del Señor es Un Acto Conmemorativo.

El Señor ordenó que se hiciera en su memoria: ¨ haced esto en memoria de mí¨ (I Corintios 11:24). Este es un acto para recordar al Señor, para tener presente entre la congregación la realidad de su sacrificio obrado a favor de los hombres.

Los apóstoles fueron los primeros que participaron de la cena conmemorativa. Esto ocurrió durante la cena de la pascua, y el Señor hizo todos los preparativos en un aposento alto para esa ocasión tan especial. Aquella sería la última reunión con sus discípulos antes de su muerte; esto lo resalta Leonardo da Vinci en su pintura ¨La úlima cena¨. Los apóstoles recibieron el pan y el vino de la misma mano del Señor, pero no entendieron en ese momento el significado de ese acto. Fue después que el Señor resucitó y que recibieron el Espíritu Santo, que ellos se dieron cuenta de la magnitud de todas las cosas relacionadas con el Señor.

Los elementos que intervienen en la cena del Señor son el pan y el vino. El pan representa el cuerpo del Señor que fue partido, y el vino representa su sangre que fue derramada por nuestros pecados: ¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre¨ (I Corintios 11:23-25).

La cena conmemorativa tiene el propósito de anunciar la muerte del Señor y proclamar su segunda venida: ¨ Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨ (I Corintios 11:26). La iglesia estará celebrando la cena del Señor hasta que ocurra su segunda venida.

Al ser un acto conmemorativo la frecuencia para participar de la cena del Señor es prerrogativa de cada congregación, y el derecho de permitir que personas creyentes de otra congregación participen del acto, es también competencia de cada iglesia y de acuerdo a sus reglamentos internos. En todo caso, cada hermano debe procurar participar de la cena del Señor en su congregación.

Hay iglesias que participan de la cena del Señor cada semana, otras lo hacen cada mes y algunas lo realizan cada dos o tres meses. No se debe celebrar con tanta frecuencia que llegue a perder su significado e importancia, pero tampoco se debe privar a la congregación de participar con la frecuencia razonable de un acto tan significativo para la fe cristiana.

2.- La Cena del Señor es Sólo Para Creyentes.

No tiene sentido que una persona no creyente participe de la cena del Señor, de la misma forma que no tiene sentido que una persona que no se ha convertido sea bautizada, pues esta persona no sería más que alguien que ha sido mojado. En el caso de alguien que participe de la cena del Señor sin ser creyente, no sería más que una persona que ha comido una comida cualquiera.

La trascendencia de la cena del Señor estriba en el significado que tiene el acto para aquel que conoce todo lo que encierra la muerte de Jesucristo.

Esta es una ceremonia ordenada sólo para la iglesia, para la congregación local, para los hermanos que están congregados en un culto, nunca para ser administrado a una persona en particular. Si una persona no está presente el día que se celebra la cena del Señor, la misma deberá esperar a una próxima oportunidad que esta ceremonia se realice para entonces participar. La cena del Señor debe ser un acto colectivo y bien ordenado, pero sin parafernalia, sin pompa y sin adorno, con la más discreta sencillez.

3.- La Cena del Señor es Una Oportunidad Para Examinar Nuestra Vida.

No es que haya personas que sean dignas de tomar la cena del Señor y otras que no lo sean. En todo caso, ninguno sería digno de tomarla por sus propios méritos, nuestra salvación o participación en los asuntos santos no son derivados de nuestra justicia sino de la justicia de Cristo.

Algunas personas no participan de la cena del Señor porque han cometido algún pecado, o porque su relación conyugal no anda bien, o porque tienen algún problema en su vida, pero esto no es correcto. Ningún creyente debe eximirse de participara de la cena del Señor, lo que el creyente debe hacer es arreglar su vida y resolver los inconvenientes que estén a su alcance resolver con sus semejantes, antes de participar de la cena del Señor. Aquí se aplica el principio establecido por el Señor respecto de los que traen su ofrenda, a los cuales les manda a examinarse a sí mismos: ¨ Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda¨ (Mateo 5:23,24). No podemos presentarnos delante del Señor a sabiendas de que no hemos hecho la paz con nuestro hermano.

El tiempo de participar de la cena del Señor es una buena oportunidad para reflexionar acerca de nuestra condición espiritual y nuestra conducta. Aunque cada día debemos examinarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de lo que decimos o de lo que hacemos que ofende al Señor, que dio su vida por nosotros para que seamos nuevas criaturas, en el acto de la cena del Señor podemos una más profunda reflexión, ya que este acto nos recuerda todo lo que el Señor sufrió para que podamos tener una nueva vida. Este acto nos recuerda que debemos honrar al Señor con nuestros miembros y con nuestra mente, porque nuestro culto debe ser consciente y racional: ¨ Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta¨ (Romanos 12:1,2).

La cena del Señor nos recuerda a quién adoramos. A esto fue a lo que se refirió el Señor cuando le dijo a la mujer samaritana que a Dios debemos adorarle en espíritu y en Verdad: ¨ Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren¨ (Juan 4:21-24).

Toda persona que desea arrepentirse o reconciliarse con el Señor y así poder participar de la cena del Señor, debería hacer suya la siguiente oración de confesión del rey David: ¨

¨ Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve¨ (Salmos 51:1-7).

Crea en Jesucristo y haga esta oración de corazón, entonces será salvo.

Lendro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 28 de marzo de 2010.


lunes, 22 de marzo de 2010

EL BAUTISMO

Romanos 6:3-5

¨¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección¨.

     El bautismo es un acto hermoso que permite al participante la dicha de pertenecer al pueblo de Dios, implicando esto que se ha renunciado a las cosas del mundo para entrar en una nueva relación con Dios. El bautismo es la contraparte de lo que era la circuncisión para el judío. Una persona mostraba con la circuncisión que era judío y con el bautismo mostramos que ahora somos cristianos.

    El bautismo cristiano es único, es una demanda del Señor Jesús. Todo aquel que confiesa a Jesucristo como su Señor debe ser bautizado. Este es un requisito del discipulado. Seguir a Cristo implica el deber de bautizarse. No se puede ser discípulo de Jesucristo y negarse al bautismo: ¨Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén¨ (Mateo 28:19,20).

     El bautismo es lo que sigue a la conversión y es el acto mediante el cual uno se hace miembro de una iglesia local: ¨Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas¨ (Hechos 2:41).

   Lo que una iglesia cristiana responsable hace cuando alguien se convierte, es tomar tiempo explicándole lo que ha significado su conversión y los puntos esenciales de la fe cristiana, especialmente aquellos temas que tienen que ver con la persona de Jesucristo, y además explicarle lo que implica ser miembro de la iglesia. Creemos que esto es saludable para la experiencia de fe de los candidatos al bautismo, pues de esta manera ellos son conscientes de las implicaciones de su conversión y de su bautismo.

     El bautismo es sólo para personas que son conscientes de lo que están haciendo, y debe ser un acto voluntario. Por tal motivo no se debe bautizar a los niños. El sujeto del bautismo es aquel que ha manifestado fe en Jesucristo, y un niño no puede manifestar fe en nada ni en nadie, porque no sabe nada de nada, por lo tanto, queda descartado para el bautismo. No nos debemos preocupar en este sentido por los niños, pues Jesús dice que de los niños es el reino de los cielos: ¨Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él¨ (Marcos 10:13-15). Esto se explica por el hecho de que el sacrificio de Cristo en la cruz abarca a los infantes, pues por razón del pecado heredado que los afecta, ellos también necesitan ser salvos de la condena que pesa sobre el hombre pecador; es por esto que la muerte vicaria de Cristo en la cruz los hace beneficiarios de la gracia salvadora de Dios. Por este motivo, todo niño que muere va a la presencia de Dios por los méritos santos de Cristo. Nuestro Señor Jesús no fue bautizado cuando era niño, sino a la edad de treinta años cuando iniciaba su ministerio. 

     El bautismo de Jesús tuvo el propósito de iniciar su ministerio, como una especie de investidura, no porque él se haya convertido, pues él no tenía pecado. Durante el bautismo de Jesús, Dios presentó ante los hombres las credenciales de su Hijo: ¨Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia¨ (Mateo 3: 13-17).     

     En el bautismo de Jesús también vemos su gran solidaridad con el hombre pecador al que él vino a salvar, y por el cual habría de desarrollar un ministerio de tres años, que culminaría con su muerte expiatoria en la cruz.

     Con relación a la forma como debe realizarse el bautismo, debe ser realizado por inmersión, se debe sumergir a la persona en el agua, puesto que esto es lo que implica el significado mismo de la palabra ¨baptizo¨ en griego, ¨sumergir¨. Así que no es un bautismo el que se realiza rociando o derramando agua sobre la persona. El bautismo es un simbolismo de la sepultura, lo cual implica que creemos que Cristo murió, fue sepultado y resucitó, y además implica que creemos que nosotros los creyentes pasaremos por esa misma experiencia, tanto en términos espirituales como en términos físicos. En términos espirituales significa que hemos muerto a una vida de pecado (cuando somos sumergidos en el agua) y que hemos renacido a una vida nueva (cuando somos levantados del agua). Y en términos físicos, implica que, así como Cristo resucitó, nosotros también resucitaremos cuando él venga por segunda vez (Romanos 6:3-5).

     El bautismo no salva, pero todos lo que son salvos, deben ser bautizados. Esto es importante entenderlo pues se ha querido dar al bautismo una implicación que no tiene. Es muy claro en la Biblia que lo que salva y borra los pecados es la conversión. Veamos lo que dice la Biblia en Hechos 22:16: ¨Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre¨. Aquí nos podemos dar cuenta que lo que lava los pecados es invocar el nombre de Jesús, no el bautismo. El ladrón de la cruz, el cual no fue bautizado debido a las circunstancias de su conversión, fue salvo, pues el propio Señor lo dice: ¨Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso¨ (Lucas 23:43). Muchas personas reconocen al Señor cuando están moribundos y no tienen tiempo de ser llevados a las aguas del bautismo, y al igual que el ladrón de la cruz son salvos, porque lo que salva es la confesión de fe en Jesucristo, no el bautismo. Sin embargo, todo aquel que se convierte en condiciones normales, debe obedecer este requisito de la fe cristiana y debe anhelar ser bautizado.

     El Señor nos ha dejado todos los detalles para la realización del bautismo. El bautismo debe hacerse en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, esto es a lo que llamamos la fórmula bautismal: ¨ bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo¨ (Mateo 28:19). De modo que al igual que el día que Jesús fue bautizado por Juan, se manifestaron las tres personas de la Trinidad, asimismo se debe bautizar en el nombre de estas tres personas, tal como el Señor así lo ordenó.

   Comprendiendo todo esto, veamos tres puntos cruciales del bautismo que toda persona debe saber y que queremos enfatizar:

1.- El Creyente Es Bautizado Porque El Señor lo Ordena.

    El bautismo cumple con un mandamiento del Señor: ¨bautizándolos¨ (Mateo 28:19). El Señor lo ordena en su Palabra. Hay dos ordenanzas que el Señor nos ha dejado: el Bautismo y la Cena conmemorativa. Estas ordenanzas deben ser observadas por los creyentes hasta que el Señor venga. 

    Un asunto importante que debemos resaltar aquí es que cualquiera persona que se niegue al bautismo está siendo desobediente al Señor y además está demostrando que en realidad no se ha convertido.

     Los apóstoles cumplieron con esta ordenanza del Señor como vemos en la historia de la iglesia en el libro de los Hechos. Ha de entenderse que los apóstoles no realizaron los actos del bautismo solos, sino que tuvieron ayudantes para hacerlo, pues la Biblia habla de miles de conversiones en un solo día. En la historia narrada en el capítulo 8 de Hechos, Felipe, un diácono, bautiza al eunuco etíope que acababa de convertirse: ¨yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó¨ (Hechos 8:36-38).

     En la actualidad en la iglesia, las personas responsables de realizar el bautismo de los creyentes son: el pastor, o un diácono o una persona piadosa designada por la congregación.

2.- El Creyente Es Bautizado Porque Es Salvo.

     No se puede ni se debe bautizar a una persona que no ha manifestado fe en Jesucristo. El requisito previo para ser bautizado es haber creído: ¨¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó¨ (Hechos 8:36-38). El único que salva es Jesucristo, no el bautismo: ¨Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos¨ (Hechos 4:12).

     En el bautismo católico, que se realiza a los infantes, entiéndase niños que no tienen capacidad de discernir o saber lo que están haciendo, la práctica es buscar padrinos para el bautismo. No se puede buscar padrinos para el bautismo, pues este es siempre un acto personal y es  algo sólo entre el candidato y Dios. Todo esto es totalmente contrario a la práctica bíblica y nada tiene que ver con el bautismo cristiano. Así que, muchos actos bautismales son una simple fiesta o actividad particular que nada tiene que ver con el verdadero bautismo bíblico y cristiano.

     La persona necesita primero creer en Cristo y ser salva antes de ser llevada a las aguas del bautismo. Si una persona que nunca se ha convertido fuera llevada a las aguas del bautismo por alguna iglesia o pastor, esto de ninguna manera implica que la persona sea salva. Este requisito de creer de todo corazón en Cristo es lo esencial para la salvación, no el bautismo. El bautismo es un resultado de ser salvo.

3- El Creyente Es Bautizado Para Dar Testimonio Público de Su Fe.

     El bautismo se ha definido como una manifestación exterior de lo que ha ocurrido en el interior de nuestra vida. Decimos con el acto físico del bautismo cuál ha sido la experiencia de conversión espiritual que hemos experimentado internamente.

     Cuando se realiza el bautismo, una pregunta obligada al candidato es: -¿Recibe usted a Jesucristo como su Señor y Salvador?- A la respuesta afirmativa de esta pregunta, el administrador del bautismo contesta: -En respuesta a tu manifestación pública de fe en Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo- Y acto seguido, la persona es sumergida en el agua para completar así este acto tan refrescante de la fe cristiana.

     Es necesario dar testimonio público de nuestra fe en Jesucristo. El Señor dice en su Palabra acerca de esto lo siguiente: ¨A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos¨ (Mateo 10:32,33).

     El acto mismo del bautismo, con los creyentes reunidos, cantando y leyendo la Biblia, en el río o en el bautisterio en el templo, constituye un hecho único en la vida de cada persona que ha creído en Jesucristo.

     En los tiempos bíblicos sólo los que habían tenido una conversión genuina se bautizaban, ya que esto implicaba para muchos grandes peligros de persecución y hasta la muerte. En el día de hoy, muchos que viven en países comunistas o donde impera el fanatismo religioso necesitan ser verdaderamente cristianos, verdaderamente nacidos de nuevo, para atreverse a bautizarse. Quiera Dios que nosotros aprovechemos la libertad que tenemos de vivir la vida cristiana en nuestro país, y que seamos más activos en nuestro testimonio por Cristo.

     El bautismo ha sido una de las prácticas de la vida cristiana que ha traído más regocijo al seno de la iglesia. Una iglesia que siempre tiene personas para bautizar es una iglesia que demuestra que está cumpliendo con su propósito y su razón de ser en el mundo, que es hacer discípulos. Pero una iglesia no debe bautizar a cualquier persona sólo para llenar el libro de membresía o para mostrar una llamativa estadística en sus informes, ni mucho menos para impresionar. Las personas deben ser bautizadas solamente cuando la iglesia cree verdaderamente que el candidato ha confesado a Cristo como su Señor, y muestre las evidencias de una genuina conversión.

     El Bautismo produce gozo en la vida de la persona que es bautizada, un gozo que es compartido por los demás hermanos de la congregación. Por lo general, cuando hay bautismos en la iglesia ese es un día especial y de gran júbilo. Deseo de todo corazón que tengamos más fiestas de bautismos en nuestras iglesias para la gloria de Dios. 

Leandro González
Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 21 de marzo de 2012.

domingo, 14 de marzo de 2010

LA IGLESIA

Mateo 16:16-18


¨Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella¨.

Alguien ha dicho con sobrada razón que ¨la iglesia, aún con todos los defectos que pueda tener, es el mejor lugar donde podemos criar familias sanas¨. Yo estoy de acuerdo totalmente con esta afirmación.

La palabra iglesia viene del griego ¨Ekklesia¨ que significa ¨los llamados afuera¨. Esto se puede definir como que la iglesia está compuesta por los que son convocados de entre la multitud para constituir un pueblo aparte, santo, especial para Dios. La iglesia es el nuevo Israel, el Israel espiritual en contraposición con el Israel geopolítico.

La iglesia es un organismo y no una simple organización. Un organismo donde los creyentes constituyen el cuerpo y Jesucristo es la cabeza: ¨y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia¨( Colosenses 1:18). La iglesia es una entidad compuesta por seres humanos, y como tal no es perfecta, no es infalible, está sujeta a riesgos, por eso es cuidada por Dios y debe ser cuidada por los creyentes que la componen. La iglesia perfecta es la que Jesucristo ha comprado con su sangre, la que es representada en la Biblia como la esposa del Cordero (Apocalipsis 19:7,8).

La iglesia es el pueblo de Dios, está constituida por la multitud de los salvados. Esta multitud incluye a individuos de todas las naciones, de toda lengua, de toda raza y de todos los tiempos; estos son individuos que han creído en la Palabra de Dios, que por la fe son beneficiarios de la gracia de Dios. En este sentido la nación de Israel sólo será salva, en tanto ella misma manifieste fe en Jesucristo.

La iglesia es la congregación de los creyentes, no es el edificio, aunque de manera genérica ya se denomina al edificio o templo donde la iglesia se reúne, como la iglesia. Pero la iglesia son los creyentes dentro o fuera del templo: en la casa, en los lugares de trabajo, en los centros de estudio, en la ciudad o en el campo, en la calle o en el parque, en la cárcel o en libertad.

La iglesia del Nuevo Testamento es local, por lo tanto no existe en la Biblia la iglesia como una entidad jerárquica y universal. La iglesia universal visible sólo será posible cuando Jesucristo venga. Aunque ciertos movimientos ecuménicos pudieran tener propósitos loables, la verdad es que la idea de una sola iglesia universal es utópica en términos humanos y no es una idea bíblica. Sólo Jesucristo puede ser la cabeza de la iglesia.

En el Nuevo Testamento el gobierno de la iglesia es de estilo congregacional, donde unos oficiales elegidos por la asamblea tienen responsabilidades especiales, pero donde todos son hermanos, no hay jerarquías y todos son corresponsables de los asuntos que tienen que ver con la iglesia. En la iglesia las deliberaciones de la asamblea se deciden bajo la dirección del Espíritu Santo, y se procura el mayor consenso posible. Así que la iglesia no se conforma con una simple democracia, aunque muchas veces se tiene que limitar a ella.

En el Antiguo Testamento el pueblo de Israel era la iglesia de Dios, ellos eran el pueblo al que Dios había convocado de entre el mundo para constituirlo en su pueblo de sacerdotes y de gente santa. Eso fue así en Exodo 19:5,6: ¨Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel¨.

Pero como Israel falló, ahora ese pueblo de sacerdotes y de gente santa es la iglesia, tal y como Dios lo dice por boca del apóstol Pedro: ¨Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia¨ (I Pedro 2:9,10).

Los judíos como cualquiera otra persona o nación deben creer en Jesucristo para poder pasar a formar parte de la iglesia de Dios, ya que la iglesia está constituida por todos aquellos que han hecho la misma confesión que Pedro hizo: ¨Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente¨ (Mateo 16:16). En este sentido el apóstol Pablo en Romanos 9, 10 y 11 propone la tesis por excelencia respecto de la problemática que plantea para lo judíos el hecho de rechazar a Jesucristo.

Es mucho lo que se puede decir acerca de la iglesia, así que es imposible poder abarcar todo este tema en un sermón, por tal motivo nos concentraremos en tres aspectos fundamentales. Primeramente veremos que la iglesia es de origen divino, segundo que la iglesia tiene fundamento y por último veremos que la iglesia tiene un destino glorioso.

1.- La Iglesia es de Origen Divino.

La iglesia nació en el corazón de Dios. Dios la diseñó, la hizo posible en la persona de Jesucristo, con su muerte y su resurrección, y la sostiene en este mundo impío con el poder del Espíritu Santo, hasta el día de su segunda venida: ¨pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra¨ (Hechos 1:8).

En este sentido la iglesia no es una organización como lo son otras organizaciones humanas. Cuando los hombres tratan la iglesia como una organización cualquiera, entonces la iglesia pierde su razón de ser. Cualquiera que use la iglesia para sus fines particulares, como se utiliza un partido político o una empresa, está totalmente divorciado del sentido real de la iglesia. Hoy hay muchas organizaciones eclesiásticas donde las decisiones e ideas de los hombres son más importantes que las de Dios. No se plantea qué dice la Biblia, sino qué dijo el doctor o el apóstol tal, esto es una distorsión de la idea correcta de lo que es una iglesia.

El origen divino de la iglesia garantiza su indestructibilidad: ¨las puertas del Hades no prevalecerán contra ella¨ (Mateo 16:18). Ninguna fuerza humana o sobrehumana la podrá destruir. La iglesia puede ser amenazada, perseguida y atribulada, pero jamás destruida. Esta fortaleza de la iglesia no reside en la astucia de los líderes que la conforman, sino en Dios, que tiene la responsabilidad de guardarla y sostenerla.

La iglesia no depende de los hombres ni de gobiernos humanos, sino de Dios. Aunque es bíblico y correcto que los miembros de la iglesia diezmen y ofrenden para la causa de Cristo, esto no significa que la iglesia esté a merced del sostenimiento económico de los hombres. Los creyentes estamos llamados a sostener la obra del Señor con nuestro aporte financiero, pero la iglesia depende más de las oraciones y del compromiso espiritual y moral de sus miembros que de sus recursos económicos. Pero por lo general, cualquiera que llegue a la convicción de su deber de sostener la obra económicamente, es porque ya tiene la convicción de su compromiso moral con Dios y con su causa.

2.- La Iglesia Tiene Fundamento.

La iglesia es comparada con un edificio, y como todo edificio, tiene un fundamento. Jesucristo es el fundamento de la iglesia: ¨Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo¨ (I Corintios 3:11). El pasaje de Mateo 16:16-18 que nos sirve de base para nuestro sermón ha sido por lo general mal interpretado. Algunos dicen que Jesús fundó la iglesia sobre Pedro, pero esto no es lo que dice el pasaje bíblico. El fundamento de la iglesia es la confesión hecha por Pedro, no Pedro en sí. Pedro es ¨petros¨, piedra pequeña, y Jesús dijo, utilizando el vocablo ¨petra¨, roca: ¨y sobre esta roca edificaré mi iglesia¨ (Mateo 16:18). Jesucristo es la roca, la principal piedra de fundamento: ¨edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo¨ (Efesios 2:20).

Los apóstoles tenían la misión de ser los edificadores sobre el fundamento, y el fundamento de los apóstoles era Cristo mismo. A ellos Dios les reveló por medio del Espíritu Santo todo el evangelio de Jesucristo y les dio sabiduría para crear las bases doctrinales de la iglesia naciente:¨ Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho¨ (Juan 14:26).

El fundamento de la iglesia tiene que ver con la verdad. La iglesia se fundamente sobre la verdad de Dios. Jesucristo es la verdad de Dios: ¨Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí¨ (Juan 14:6). Este fundamento define la misión de la iglesia en este mundo. La iglesia está llamada a ser sal y luz del mundo: ¨Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder¨ (Mateo 5:13,14). La iglesia está llamada a dar testimonio acerca de Jesús.

La misión de la iglesia es descrita por el Señor Jesucristo en Mateo 28:18-20 y se ha denominado ¨la gran comisión¨: ¨Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén¨.

Hay un requisito previo para ser parte de la iglesia, este requisito es arrepentirse y convertise: ¨Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio¨ (Hechos 3:19).

3.- La Iglesia Tiene un Destino Glorioso.

Contrario a lo que vemos en la Biblia con respecto al destino del mundo, que no es nada bueno, el destino de la iglesia es un futuro glorioso y lleno de esperanza. No hay esperanza para este mundo, pero hay un destino feliz para la iglesia. El mundo que vemos hoy está reservado para el fuego: ¨pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos¨ (2 Pedro 3:7), pero a la iglesia le espera felicidad sin fin en la presencia del Señor.

Si bien la iglesia ha pasado por grandes pruebas al través de la historia, pero la verdad es que a la iglesia le espera un desenlace favorable en el final de los tiempos. En términos escatológicos, la iglesia será protagonista juntamente con Cristo en la lucha final del bien contra el mal. La iglesia cumple un papel importante en el equilibrio del mundo en el día de hoy, mucho más cuando esta se mantiene de rodillas.

El mensaje a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 constituye una magnífica alerta para las iglesias de todos los tiempos. Cada iglesia debe mirarse en el espejo de estas iglesias y ver cuál es su condición en la actualidad. En Apocalipsis hay una lista de las bendiciones que recibirá cada iglesia por su fidelidad. Las iglesias de hoy deben cuidarse de la manera como Satanás está introduciendo de forma sutil el mundo dentro de ella.

Jesucristo está preparando un lugar para cada creyente, un lugar para su iglesia: ¨No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis¨ (Juan 14:1-3). Tú necesitas ser parte de la iglesia que Jesús viene a buscar, tú necesitas creer en él y confesarle, esa es la manera como te puedes hacer parte de su iglesia en este día y asegurar así tu lugar en el lugar que él está preparando.

Leandro González.

Sermón predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 14 de marzo de 2010.

lunes, 8 de marzo de 2010

LA GRACIA DE DIOS

Salmo 32:1,2


¨Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.¨

David conocía la gracia de Dios. En el Salmo 32 él demuestra la convicción de su imposibilidad de justificarse delante de Dios, y reconoce su necesidad de la misericordia de Dios frente a sus maldades y pecados. Recordemos su famosa confesión de arrepentimiento en el salmo 51.

Cada uno de los creyentes del Antiguo Testamento sabía que era por la pura gracia de Dios que ellos podían ser perdonados; y que por su propia justicia ninguno podría jamás llegar a ser justificado. Eran conscientes de que por medio de la ley ellos no podrían ser salvados. Si no hubiera sido por la obra redentora de Jesucristo, ninguno de ellos se hubiera podido salvar. Entonces Jesucristo murió para salvar a los que manifestaron fe en el pasado, para los que manifiestan fe en el presente y para los creerán en él en el futuro. La salvación es sólo posible por medio de él, porque él es el portador de la gracia de Dios: ¨siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados¨ (Romanos 3:24,25).

Cuando hablamos de la gracia de Dios no podemos obviar el tema de la predestinación. Sin embargo, para un estudio pormenorizado acerca de la misma, y específicamente del tema de la elección, les remito al capítulo uno de Efesios el cual es un tratado acerca de la predestinación bien enfocada y entendida. Notará en este pasaje como se repite la expresión ¨en Cristo¨, lo cual corrobora lo que acabamos de decir.

Creemos que la gracia de Dios ha sido reservada por Dios a cada individuo en la persona de Jesucristo. La aceptación o rechazo que cada individuo haga de la persona de Jesús, es lo que determina su destino final (Juan 3:16). Ya hemos enseñado que la salvación es obra exclusiva de Dios, es él quien la ha diseñado, la ha propiciado, la produce y la mantiene en cada individuo que ha sido justificado y regenerado, que está siendo santificado y que será finalmente glorificado.

El propósito de Dios es que toda persona sea salva, independientemente de que él sabe que muchos serán condenados a pesar de su magnánimo interés. Dios podría obligar al hombre a ir al cielo, pero esto no haría que el hombre se arrepintiera y le amara, que es lo que Dios desea en última instancia. En cuanto a los pecadores, Dios está en su derecho de rechazar a unos y salvar a otros si así lo decidiera, pero esta no es la manera de Dios, sino que él da a todos la misma oportunidad de recibir o rechazar, de creer o no creer: ¨El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios¨ (Juan 3:18).

Parece ser que el reclamo del derecho al libre albedrío para lo único que le ha servido al impío pecador es para elegir su propia perdición. Aunque la obra de salvación que se opera en el ser humano es obra exclusiva de Dios, la condición para recibir el perdón de los pecados, de arrepentirse y convertirse, sólo se cumple en aquellos que usan adecuadamente su poder de autodeterminación. Pero note que para que se pueda operar la conversión, es necesaria una especial convicción de pecado, de justicia y de juicio, y esto sólo le llega al individuo bajo la influencia poderosa del Espíritu Santo (Juan 16:7,8).

Cuando el mensaje del evangelio es predicado, el pecador escucha con atención y entonces cree. Mire el ejemplo que encontramos en Hechos 8:26-38 en la conversión del Eunuco etíope: primeramente él escucha el evangelio departe de Felipe, y luego cree; pero en todo esto está operando el poder de Dios para que se logre el arrepentimiento y la conversión. Aquí se cumple lo que dice la Biblia: ¨porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad¨ (Filipenses 2:13). Esto comienza a ser así en nuestras vidas desde el día que nos convertimos, y continuará durante nuestra vida cristiana hasta la eternidad.

Con estas reflexiones preliminares en mente, quiero que veamos lo que implica la gracia de Dios, según el orden que encontramos en Salmo 32:1,2, el pasaje bíblico que sirve de base para nuestro sermón en esta noche.

1.- La Gracia de Dios Implica un Favor Especial.

El salmista nos dice: ¨Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado¨ (Salmo 32:1). Una bienaventuranza es una dicha, algo que hace a uno feliz, y en cierta forma especial, diferente. Pero es bueno explicar que la persona no recibe el favor de Dios porque sea especial, sino que la persona se vuelve especial después de recibir esta gracia. Además esta gracia hace a uno especial porque viene de Dios.

Los personajes del Antiguo Testamento que forman parte del salón de la fama de Hebreos 11, gozaron de la bienaventuranza de que habla David en el Salmo 32. De la misma manera la disfrutaron los apóstoles y todos los creyentes del Nuevo Testamento, y todos aquellos que han sido beneficiados con la gracia de Dios en el curso de la historia, los que la disfrutan en el presente y los que la recibirán en el futuro.

Este favor de que gozan los beneficiarios de la gracia divina, no implica sin embargo ningún mérito departe de quien la recibe, sino que todo el mérito reside en Dios quien la da: ¨Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe¨ (Efesios 2:8,9). Es por los méritos de Jesucristo que somos salvos. No hay dicha o bienaventuranza más grande que ser beneficiado con la gracia de Dios.

Muchas veces he sentido el poder estremecedor de la gracia de Dios obrando en mi vida. Creo que todo creyente ha pasado por la tentación de resistirse a la gracia de Dios, pero la gracia del Señor es irresistible. ¡Bendita atracción la que Dios obra en los salvados! ¡Jamás quisiera yo ser desahuciado de su amor! ¡Jamás deberíamos poner en juego una cosa tan preciosa! ¡Jamás debería ningún ser humano desaprovechar la bendita invitación que Dios le hace!: ¨Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana¨ (Isaías 1:18).

2.- La Gracia de Dios Implica el Perdón de los Pecados.

El Salmo 32:1 nos habla de la transgresión que ha sido perdonada y del pecado que ha sido cubierto. Toda persona que ha recibido la gracia de Dios ha sido perdonada de sus pecados y justificada delante de Dios. Pero se requiere arrepentimiento como condición para el perdón de los pecados. La amonestación del apóstol Pedro a los judíos en su sermón, el día de Pentecostés, contiene las siguientes palabras: ¨Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio¨ (Hechos 3:19).

La culpabilidad del hombre y de la mujer es innegable, ningún ser humano inteligente y consciente de su realidad puede negarlo. Esta condición de pecado inhabilita al ser humano para tener cualquier tipo de relación con Dios: ¨por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios¨ (Romanos 3:23). Es por esta razón que en esta nueva relación del hombre con Dios está incluido el perdón de los pecados pasados, el perdón de los pecados presentes y el perdón de los pecados futuros.

Este concepto del perdón de los pecados en la vida cristiana es una cuestión que genera controversia entre los creyentes: Cómo es posible que los pecados puedan ser perdonados en esa dimensión, argumentan algunos. Pero recordemos que es del perdón de Dios que estamos hablando. Dios no nos salva a riesgo de la posibilidad de perdernos o condenarnos. Si Dios nos ha perdonado, ese perdón tiene que ser para siempre y continuo. Así como es imposible que el hombre pueda ser merecedor del perdón y de la salvación, de la misma manera es imposible que cualquiera cosa que el hombre redimido haga pueda trastornar o frustrar, ni mucho menos anular el perdón de Dios; porque el perdón, así como la salvación están garantizados por Dios: ¨Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día¨ (2Tesalonicenses 1:12).

3.- La Gracia de Dios Implica Exoneración de la Condenación Eterna.

El salmo 32:2 nos dice: ¨Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño¨. La gracia de Dios garantiza la salvación y la vida eterna, por lo tanto el que recibe esta gracia, está exonerado de cualquier tipo de condenación por causa del pecado: ¨Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu¨ (Romanos 8:1). Jesucristo asumió toda deuda y todo pecado. Toda condenación fue clavada en la cruz: ¨anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz¨ (Colosenses 2:14).

Los creyentes están seguros aún en el juicio. Los que han sido redimidos no tienen cargos en su contra, pues toda deuda ha sido saldada por el Señor en la cruz. El se hizo garante de todas nuestras culpas: ¨Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros¨ (Isaías 53:4-6).

Estas palabras no están de más en la Biblia, fueron cumplidas cabalmente en la persona de Jesús, y nosotros podemos estar confiados por lo que él ha obrado en favor de nosotros. El cuadro representado en el Getsemaní habla con elocuencia de la gran batalla librada por nuestro Señor y Salvador para vencer todas las fuerzas del mal y darnos la victoria frente al pecado: ¨Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza¨ (Lucas 22:41-45).

Toda la culminación de la evidencia palpable, para nosotros los seres humanos, de la obra de salvación y de la gracia de Dios, la veremos el día de la resurrección cuando el Señor Jesucristo regrese por segunda vez a la tierra. Jesucristo, el Rey de Reyes y Señor de señores, estrujará en la cara de los incrédulos y de los hombres malos toda esta evidencia, y lamentarán por siempre el haber rechazado la gracia divina.

Leandro González


Mensaje predicado por Leandro González en la Primera Iglesia Bautista, el 7 de marzo de 2010 en Mao, República Dominicana.

domingo, 28 de febrero de 2010

LA SEGURIDAD DE LA SALVACION

Romanos 8: 35-39


¨¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro¨.

Una de las cosas más debatidas dentro del cristianismo es la cuestión de si la salvación se puede perder. Esta inquietud ha provocado que se realice un estudio serio y concienzudo acerca del tema, lo que ha dado como resultado el descubrimiento de una certeza firme al respecto. Lamentamos que en este momento todavía existan creyentes que no se sientan seguros de su salvación. Creo que esta inseguridad muchas veces no implica más que una simple  ignorancia relacionada con el tema, lo cual no significa que la persona no sea salva, aunque sí es una mortificación para todo el que no se sienta seguro de una cosa tan seria, y además es la desviación de una sana interpretación de la Biblia.

Se pueden hacer estudios sicológicos en comunidades que creen y en comunidades que no creen en la seguridad de la salvación, y se podrá descubrir que aquellos grupos de creyentes donde subyace el temor respecto de perder su salvación, manifiestan conductas similares a las que se registran en los miembros de una familia que no se consideran amados o aceptados lo suficiente por parte de sus padres; manifiestan una baja autoestima, y siempre están tratando de hacer algo para demostrar a sus padres que son dignos de ser sus hijos. En el caso contrario, aquellos grupos que son conscientes de la seguridad de su salvación tienen una vida espiritual mucho más estable, porque se creen amados y aceptados por Dios, tal como ocurre en una familia ordinaria donde los miembros se sienten amados, aceptados y respetados. Definitivamente estoy convencido del grave daño que genera en la conciencia de los creyentes la incertidumbre respecto de su salvación.

Esta es una cuestión histórica que nos viene de la herencia católica que ha enseñado por siglos que la salvación es algo que se puede lograr por méritos propios por medio de las buenas obras, que depende de nosotros y no de Dios. Este razonamiento católico generalizado, hace entendible que se infiera que, así como uno ha logrado obtener la salvación, de la misma manera la puede perder.

Es necesario que cada cristiano sepa y entienda que puede tener certeza de su salvación para bien de su desarrollo espiritual, para conformidad y comodidad de su fe y para una buena relación con Dios y con los demás miembros de su iglesia. Lo que nos proponemos en esta ocasión no es dar nuestro punto de vista, sino como siempre, es nuestro interés descubrir lo que la Biblia tiene que decirnos acerca de este controversial tema.

Hubo un tiempo en mi vida cristiana cuando creía que la salvación se podía perder, y les confieso que hacía un gran esfuerzo en mi vida personal por cuidar mis actos, de tal manera que no hiciera nada que pudiera ofender a Dios, para no poner en riesgo mi salvación. Esto era un gran martirio para mí, pues me daba cuenta que por más que me esforzaba, no podía lograr mantener el estándar de vida que yo me había planteado. Al mismo tiempo, veía cómo era la vida de algunos líderes de mi iglesia que enseñaban la doctrina de la entera santificación de Juan Wesley, pero para mí era más que evidente que no se esforzaban en lo más mínimo por alcanzar a vivir ni medianamente el nivel de la estatura de este gigante de la fe cristiana. Mientras hablaban de que la salvación se podía perder, y esperando ver yo en ellos una gran consagración, una vida santa, lo que veía era algo totalmente contrario, una licencia escandalosa para pecar, aquello era como una maratón a la desobediencia. Esto realmente me tenía preocupado en mis años de adolescencia y juventud.

Hoy puedo darme cuenta del gran bien que la doctrina de la seguridad de la salvación imparte a todo creyente consciente y verdaderamente consagrado al Señor. Por eso quiero que veamos en qué descansa esta seguridad.

1.- La Seguridad de la Salvación Descansa en el Propósito de Dios.

La salvación del hombre es un asunto que depende únicamente de Dios. Es una cuestión que ha sido diseñada por Dios desde antes de la fundación del mundo: ¨Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó¨(Romanos 8:29,30). Como puede ver, todo el proceso de esta gestión salvadora es un asunto que es competencia exclusiva de Dios. Así que, una vez que cualquiera ser humano entra en ese ámbito de la gracia impartida por medio de Jesucristo, está gozando de los eternos beneficios puestos por Dios en favor de todo imputado que se ha arrepentido y convertido genuinamente.

Es bueno estar claros que es la conversión genuina la que hace posible que esa gracia se haga efectiva y obre la salvación eterna. Pero es claro que no depende de los méritos propios que cualquiera ser humano pudiera exhibir, sino que depende únicamente de la voluntad perfecta y eterna de Dios: ¨Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe¨ (Efesios 2:8,9). Dios ha diseñado la salvación para todo ser humano: ¨Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna¨ (Juan 3:16). Pero los beneficiarios de esa salvación son aquellos que depositan fe en Jesucristo: ¨Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios¨ (Juan 1:12).

El Señor Jesús refiriéndose a la seguridad de la salvación nos dice: ¨Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre¨ (Juan 10:29). Note usted lo que el Señor dice: que nadie las puede arrebatar de su mano, ni de la mano de su Padre. Si una persona recibe la vida eterna por creer en Jesús, ¿cómo puede ser posible que se pueda perder? Este pasaje de la Biblia basta y sobra para estar confiados en la seguridad de la salvación como una obra exclusiva de Dios. El problema reside en el hecho de que toda vez que nosotros pensamos en la salvación como algo en lo que nosotros tenemos algo que ver, surgirá la incertidumbre, pues nosotros los seres humanos no podemos garantizar algo fuera de nuestro alcance, como lo es la salvación.

Solamente el término salvación implica una seguridad y una confianza que no admite riesgos. Si existiera algún peligro de perderse, entonces no sería salvación y no sería algo de Dios. El que está en las manos de Dios está seguro, no tiene que temer a nada ni a nadie: ¨Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro¨ (Romanos 8:38,39).

2.- La Seguridad de la Salvación Descansa en la Obra Salvadora de Jesucristo.

Lo que Jesucristo obró en la cruz del calvario no puede ser algo sujeto a riesgo, sino que tiene que ser algo completamente seguro. El Hijo de Dios vino a este mundo a realizar la más grande obra de redención, y bajo ninguna circunstancia se puede pensar en fracaso alguno. Otra vez tenemos que decir que la ocurrencia de algún fracaso es y será siempre departe nuestra, pues no hay fracaso en Dios. ¡Qué bueno que la salvación es sólo obra de Dios! El problema surge cuando pensamos que tenemos algo que ver con el acto de la  salvación. Nosotros tenemos todo que ver con nuestra perdición, pero nada que ver con nuestra salvación. Si nos pudiéramos salvar de alguna manera por nuestros propios medios, usted puede estar seguro que Dios no hubiera entregado a su Hijo para que muriera en una cruz por nosotros, y Jesucristo de hecho habría muerto de más (Gal.2:21).

En esa certeza que sólo Jesucristo puede garantizar, él nos dice: ¨De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida¨ (Juan 5:24). Yo no necesito más evidencia que ésta, el propio Señor Jesucristo me da la seguridad de mi salvación. Puedo ver aquí, que tan pronto yo le recibo a él como mi Salvador, ya tengo la vida eterna; no es algo que recibiré en el futuro, sino que es algo que ya poseo por creer en él. Si esto no es seguridad de salvación, no sé que es.

Algunas personas dicen que no es posible saber si uno es salvo. Realmente el que dice esto no sabe de lo que está hablando, pues si no podemos estar seguros de que somos salvos, ¿qué es lo que hacemos creyendo en Jesucristo? Yo creo en Jesucristo porque él me salva, porque él me salvó, si eso no es así, entonces, como dice Pablo, somos los seres más dignos de conmiseración: ¨Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres¨ (I Corintios 15:19). Pero la verdad es que en Jesucristo podemos estar seguros de nuestra salvación, pues es él quien la ha hecho posible, es él quien la ha obrado al morir en la cruz y la selló con su resurrección.

La garantía de nuestra salvación fue sellada cuando Jesús se levantó de entre los muertos. Jesús hizo posible que los creyentes sean partícipes de su victoria. Los términos en los que se refiere la Biblia acerca de nuestra nueva relación con Dios son los de herederos juntamente con Cristo: ¨Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados¨ (Romanos 8:17). Nuestra salvación está segura en Jesucristo, no hay que temer.

3.- La Seguridad de la Salvación Descansa en el Ministerio del Espíritu Santo.

Con relación a estar seguros de si somos salvos, nos dice el apóstol Pablo lo siguiente: ¨Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios¨ (Romanos 8:15,16). Todos los privilegios que entrañan estas palabras son dados al creyente mediante el bautismo del Espíritu Santo. Cuando uno se convierte, el Espíritu Santo entra a nuestras vidas como la garantía de nuestra nueva y dinámica relación con Dios. El Espíritu Santo tiene la misión de ser nuestro Paracleto, o sea, nuestro abogado, nuestro consolador, nuestro compañero inseparable.

En este pasaje de Romanos 8:16,17 tenemos tres palabras que debemos analizar: temor, adopción y Abba. Primeramente analicemos la palabra temor, en el contexto en el que está expresado en este pasaje. Note que el apóstol Pablo nos está guiando a reconocer la confianza que ahora tenemos en Dios por el hecho de ser sus hijos mediante la acción de Jesucristo en la cruz. Antes no teníamos ningún derecho de acercarnos a Dios, ni podíamos hacerlo porque estábamos en pecado, pero ahora, por el sacrificio de Jesucristo en la cruz tenemos acceso a la misericordia de Dios: ¨Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro¨ (Hebreos 4:16). Todo esto es posible porque al creer en Cristo hemos hecho la paz con Dios y todos nuestros pecados han sido perdonados, hemos sido justificados: ¨Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios¨ (Romanos 5:1,2).

La segunda palabra que debemos analizar es la palabra adopción. Es un término hermoso, pues nos habla de que andábamos errantes, lejos de la familia de Dios, sin ciudadanía celestial, sin padre, pero ahora hemos sido encontrados y hemos sido hechos parte de la familia más importante, la familia de Dios. Es un cambio radical, por eso dice la Biblia que pasamos de muerte a vida: ¨De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida¨ (Juan 5:24). Esta adopción es algo que depende de la pura gracia divina, no es algo que ganamos, y por lo tanto, como no depende de nosotros obtenerla, tampoco depende de nosotros perderla. Y si esto es así, ¿cómo dicen algunos que no se puede tener seguridad de salvación?

Es por esta confianza que podemos venir a Dios y llamarlo Abba, que significa padre en términos de absoluta confianza, y esta es la tercera palabra que debemos analizar. Ahora nuestra relación con Dios es la de un hijo y un padre, y esta intimidad es posible por la acción de su Espíritu Santo que hasta habla por nosotros. Esto nos garantiza que toda vez que necesitemos venir al Señor para confesar nuestras faltas, podemos acudir a él con la plena certeza de que seremos atendidos oportunamente, porque la seguridad de la salvación no implica que estemos exentos de pecar, pero sí que debemos mantener una buena relación con nuestro padre Dios, reconociendo nuestras faltas y confesando nuestros pecados: ¨Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad¨ (I Juan 1:9).

La obra del Espíritu Santo precisamente es hacernos conscientes de esa relación entre nosotros y Dios: ¨El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios¨ (Romanos 8:16). Es por medio del Espíritu Santo que cada creyente puede vivir la vida cristiana. Sin la acción permanente del Espíritu de Dios en nuestras vidas no podemos ser fieles ni podemos perseverar en esta vida llena de tentaciones y trampas de Satanás. Es por ello que el apóstol Pedro nos advierte acerca de la realidad de nuestro enemigo, pues aunque ya no somos sus marionetas, no somos inmunes a sus maquinaciones: ¨Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar¨ (I Pedro 5:8).

Una última cosa que queremos apuntar: No se es salvo y siempre salvo basados en nuestra auto confianza, ¡De ninguna manera! Pensar eso sería una soberana necedad. Pero tampoco se puede decir que se es salvo y siempre salvo viviendo de manera carnal y sin mostrar los signos que deben caracterizar a los hijos de Dios: ¨Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él¨ (Romanos 8:5-9).

Definitivamente, la seguridad de nuestra salvación descansa en Dios y él nos ha dado su sello como garantía de lo que nos espera: ¨Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos¨ (Romanos 5:5,6).

Leandro González

Mensaje predicado por Leandro González en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, en Febrero 28 de 2010.


domingo, 21 de febrero de 2010

LA SALVACION

Hechos 2:40


¨Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación¨.

Continuando con nuestro tema de las verdades esenciales de la fe cristiana, hoy hablaremos acerca de la salvación.

El apóstol Pedro en su primer sermón evangélico proclamaba con fervor: ¨Sed salvos de esta perversa generación¨ (Hechos 2:40). Este es un mandato desesperado, esta es una voz de alerta, es un llamado de emergencia. El hombre y la mujer necesitan urgentemente ser salvos. Y surge la pregunta: ¿Qué es la salvación? La salvación es un acto soberano de Dios en favor del hombre pecador al que él ama con un amor incomparable e incomprensible. Ese amor incomparable e incomprensible lo vemos descrito en las palabras de Jesús a Nicodemo en Juan 3:16: ¨Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna¨. Como podemos ver, la motivación para la salvación es el amor, y Jesucristo es el instrumento de esa salvación, él es tanto el autor de la salvación como el sujeto objeto que la produce. La salvación es sólo posible al través de él, por causa de él; y sin él no puede ser posible, como no puede ser posible nada, pues él es el autor de todas las cosas: ¨Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho¨ (Juan1:3).

La salvación se planeó en el cielo y se produjo en la tierra. Se planeó mucho antes de la fundación del mundo, pues Dios sabía que el hombre habría de pecar. Así que Dios tenía su plan elaborado desde el principio, y todos los pasos que ese plan agotaría, estaban previamente determinados. Por ese motivo, en el tiempo señalado por Dios, apareció Jesucristo en este mundo para obrar la eterna salvación: ¨Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo¨ (Gálatas 4: 4-7).

Esta salvación puede ser vista desde tres ángulos. Para nuestra breve exposición veremos la salvación primeramente como algo instantáneo, luego como algo constante y finalmente, como algo proyectado. Lo que queremos decir con este arreglo es que la salvación al mismo tiempo que es un hecho pasado, es también un hecho presente y un hecho futuro.

1.- La Salvación Como Algo Instantáneo.

La salvación se produce tan pronto como una persona cree en Jesucristo y lo confiesa. Una persona puede creer ahora y al instante morir, y es salva de inmediato. Uno no tiene que esperar para ser salvo, una vez que ha creído de todo corazón se es salvo. El mejor ejemplo de lo que decimos es el ladrón de la cruz, el cual se arrepintió en un estado de agonía, y a éste el Señor Jesús le dijo: ¨De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso¨ (Lucas 23:43).

No existe nada en la Biblia que nos indique que se necesite departe del hombre hacer alguna cosa, ni antes ni durante su vida para ser salvo. La única cosa de la que el hombre es responsable en la salvación es de atender al llamado que Dios le hace para que crea y se arrepienta, y aún en esta decisión Dios interviene mediante la acción del convencimiento del Espíritu Santo en el espíritu del hombre: ¨Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado¨ (Juan 16: 8-11). Por ser la salvación un acto soberano de Dios, algo que depende sólo de Dios, es que el hombre puede ser salvo inmediatamente que cree.

En el momento de depositar fe en Jesucristo el hombre es justificado, o sea, es liberado de toda su culpa, es exonerado de su deuda con Dios: ¨Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios¨ (Romanos 5:1,2).

Esta justificación es posible porque Jesucristo obró la salvación en la cruz. Cuando él moría, sus últimas palabras fueron: ¨Todo está consumado¨ (Juan 19:30). La expresión griega en esta exclamación final del Salvador es ¨tetelestai¨, que entre otras cosas significa ¨la deuda está saldada¨. Es como si el Señor hubiese puesto un sello que diga ¡CANCELADO! como el que se usa en los bancos para patentar la caducidad de un cheque o de un documento legal, sólo que ese documento no está en la tierra, sino en el cielo.

Así que, el sacrificio de Jesús realizado en la tierra, provocó el saldo de una deuda que la humanidad tenía en el cielo. Pero sólo se hacen beneficiarios instantáneos los que depositen fe en Jesucristo. Los que creen en Jesús, en su muerte y en su resurrección son los únicos que se hacen beneficiarios de ese poder otorgado por él en la cruz.

No existe nada en la Biblia como lo planteado por la errónea doctrina del universalismo que proclama que todos los hombres serán salvos sólo porque Jesús murió en la cruz, sin necesidad de que se arrepientan. Pero la Biblia es muy clara al establecer como condicionante para ser salvo, la necesidad de creer y de arrepentirse: ¨Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados¨ (Hechos 3:19).

Esta salvación es una garantía recibida de que todos nuestros pecados han sido perdonados, esto quiere decir que somos salvos de los pecados cometidos en el pasado, de los pecados cometidos en el presente y de los pecados que pudiéramos cometer en el futuro. Pero esto no quiere decir que seamos salvos de cualquier manera, o que por el hecho de que ya hemos sido salvos podemos hacer lo que nos venga en gana, porque de todos modos somos salvos. Aquí tenemos que decir como el apóstol Pablo: ¨En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?¨ (Romanos 6:2). Los que son salvos verdaderamente tienen un comportamiento acorde con la gracia que han recibido, y esta es la demostración de que verdaderamente son hijos de Dios: ¨Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis¨ (Mateo 7:16-20).

Por este motivo es que se hace necesario que entendamos el próximo ámbito de la salvación.

2.- La Salvación Como Algo Constante.

La salvación como algo constante habla de un proceso. No es contradicción con el punto anterior, sino que lo que ocurre es que al mismo tiempo que somos salvos inmediatamente creemos, es una realidad también que a lo largo de nuestra vida cristiana, vamos siendo salvos, en el sentido de que nuestra vida pasa por experiencias de regeneración y santificación. La salvación implica una serie de vivencias que irán transformando nuestro carácter, a fin de irlo adaptando según los criterios de Dios. La salvación es redención del ser humano en su totalidad, tanto de la parte espiritual como de la parte material. Tanto el alma como el cuerpo necesitan ser sintonizados día a día con Dios, en un ejercicio disciplinado devocional y verdadero. Es a esto a lo que el apóstol Pablo llama el culto racional que genera resultados favorables para el que transita por el sendero de la salvación: ¨Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta¨ (Romanos 12:1,2).

Mientras vivimos la vida cristiana como individuos salvados, se van sucediendo una serie de acontecimientos que nos van cambiando positivamente. Crecemos en la fe, pues empezamos en el camino de la salvación como recién nacidos, empezamos bebiendo leche, y luego somos capaces de algo mucho más sólido, hasta que alcanzamos la madurez: ¨Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor¨ (I Pedro 2:1-3). Como podemos ver en la última parte de este pasaje del apóstol Pedro, se espera que todo el que dice haber tenido una experiencia de conversión, la tenga genuinamente, que verdaderamente sea consciente de su relación con Dios. Con esto lo que quiero decir es que me adhiero a los que piensan que si alguien no muestra las evidencias de ser salvo en su diario vivir, tenemos todo el derecho de dudar de su conversión.

Creo que la salvación es algo muy serio y no deberíamos descuidar una cosa tan preciada. Aunque no nos ha costado nada a nosotros, es la cosa de más alto precio, pues ha costado la sangre del Unigénito Hijo de Dios. En este sentido nos dice la Biblia: ¨¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?¨ (Hebreos 2:3).

No es que podamos hacer algo para hacernos dignos de tenerla, pues es claro en la Biblia que la salvación es por gracia: ¨Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe¨ (Efesios 2:8,9).

Si en verdad no podemos hacer nada para ser salvos, porque ya Dios lo hizo todo, de ninguna manera se concibe que debamos esforzarnos por hacernos indignos de la salvación una vez que la poseamos. Tan agradecidos deberíamos estar de nuestra salvación, que deberíamos vivir cantando la estrofa de una canción que dice así: ¨¿Para qué pecar si soy salvo? ¿Para qué pecar contra Dios?¨

Hay algo que no podemos pasar por alto al hablar de esta especie de tránsito de la salvación, y es lo siguiente: Por el hecho de que somos salvos no significa que somos invulnerables. El ser salvos no garantiza que no sufriremos de enfermedades y calamidades o que no seremos afectados de alguna cosa negativa. Si alguien le enseña eso, no le está enseñando el evangelio de Jesucristo, sino otro evangelio, pues el Señor mismo nos dice en su Palabra, que por ser cristianos tendremos aflicciones en este mundo: ¨Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo¨ (Juan 16:33).

La triste realidad es que mientras estemos en este mundo, estaremos expuestos a los mismos riesgos de vida que el común de los hombres. Pero hay una marcada diferencia, el cristiano puede estar seguro que todo lo que le ocurra estará dentro de la perfecta voluntad de Dios: ¨Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados¨ (Romanos 8:28).

3.- La Salvación Como Algo Proyectado.

La salvación como algo proyectado al mismo tiempo que tiene el sentido de que estaba en el propósito de Dios salvar al hombre, también implica que la salvación es algo que se verá completamente en el creyente en un tiempo futuro, cuando sea resucitado o transformado, cuando el Señor venga en su segunda venida. El Señor tiene grandes planes en relación con nosotros y nuestra eterna salvación, la cual veremos en toda su plenitud en el día de la glorificación de todos los santos.

Somos salvos aquí y ahora, pero también seremos salvos de la ira que vendrá. Al ser hechos salvos pasamos de ser hijos de ira a hijos de Dios y herederos de las santas promesas. La garantía de nuestra salvación descansa en el hecho de que hemos atendido a la alerta del apóstol Pedro que como atalaya nos anuncia: ¨Sed salvos de esta perversa generación¨ (Hechos 2:40).

Mientras tanto podemos regocijarnos en la firme certeza de nuestra fe, de que tenemos lo que el Señor nos ha prometido: ¨Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve¨ (Hebreos 11:1). Es por fe que somos salvos, por la fe que hemos depositado en nuestro Señor Jesucristo. Así que el papel de la fe en nuestra salvación es imprescindible: ¨Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?¨ (I Juan 5: 4,5).

Hay un a expectativa en el cristiano, una esperanza que el común de los mortales ni siquiera alcanza a percibir, sino que al contrario, se mofa de ello por su necia incredulidad. Es por esto que tenemos esta joya en la segunda carta del apóstol Pedro: ¨Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación. Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua; pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento¨ (2 Pedro 3:3-9).

Como si fuera un paisaje, la salvación aparece en la composición artística en primer plano, en segundo plano y en tercer plano. Es una obra compleja con una perspectiva lineal, que va desde el día de nuestra conversión, pasa por todo lo largo y ancho de nuestra vida y se proyecta en el horizonte en un solo punto: el cielo, la presencia misma de Dios, donde Jesús está preparando lugar para nosotros: ¨No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. (Juan 14:1-3).

Mientras el día definitivo llega, que no sabemos cuando será, lo mejor que podemos hacer es mantenernos activos cumpliendo con fidelidad nuestros deberes cristianos. Mi exhortación es la misma que encontramos en Filipenses 2:12: ¨ ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor¨.

Leandro González


Mensaje predicado por Leandro González en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 21 de febrero de 2010.