domingo, 28 de marzo de 2010

LA CENA DEL SEÑOR

I Corintios 11:23-26


¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨.

La iglesia católica denomina la cena del Señor como eucaristía y la engloba dentro de lo que ellos llaman los siete sacramentos, dentro de los cuales también se encuentran: El bautismo, la penitencia, la confirmación, el orden sacerdotal, el matrimonio y la unción de los enfermos. Pero según lo que nos enseña la Biblia hay sólo dos ordenanzas que fueron constituidas por el Señor para la iglesia, que son el bautismo y la cena del Señor, llamada también cena conmemorativa. Estas ordenanzas son reconocidas en algunas iglesias evangélicas también como sacramentos.

Un sacramento se ha llegado a definir injustificadamente como algo que imparte cierto tipo de gracia especial departe de Dios a quien participa del mismo. Según esta creencia todo acto definido como sacramento hace recaer sobre la persona que lo recibe una gracia que ayuda para su salvación. Esta interpretación equivocada de la palabra sacramento ha degenerado, por ejemplo, en la creencia de que el bautismo salva.

Asimismo al decir que la cena del Señor produce algún tipo de gracia salvadora o que tiene el poder de perdonar los pecados de quienes participan de la misma, estamos haciendo insuficiente la obra salvadora de Jesucristo y haciendo imperfecto su sacrificio, y de esta forma reanudamos el sacrificio continuo que fue abolido por el Señor cuando murió en la cruz. Por causa de este razonamiento, y por querer sobredimensionar un acto que es sólo simbólico, hay dos fenómenos dentro del acto de la cena del Señor conocidos como ¨transustanciación¨ y ¨consustanciación¨.

La ¨transustanciación¨ es sustentada por la iglesia católica, e implica que el pan y el vino utilizados en la eucaristía son literalmente la carne y la sangre de Cristo. La ¨consustanciación¨ es sustentada por algunos grupos evangélicos con grandes influencias del movimiento protestante y plantea que el pan y el vino, o jugo de uvas en algunos casos, utilizado en el acto ceremonial de la cena del Señor, se convierte en carne y sangre de Cristo después de haberlos ingerido; que aunque mantiene los componentes químicos de los elementos naturales, son sin embargo también y al mismo tiempo, el cuerpo y la sangre de Cristo.

Pero creemos que al ser la cena conmemorativa un acto ceremonial simbólico, estos elementos del pan y del vino no sufren ninguna transformación. El pan y el vino son los mismos elementos antes, durante y después de ser utilizados en la cena del Señor. No implican tampoco ningún sentido místico en el que el cuerpo y la sangre de Cristo se puedan expresar de forma dinámica en estos elementos. No hay nada misterioso en este acto que es solamente representativo y simbólico. El gran misterio en sí ha sido la obra expiatoria de Jesucristo, que estos elementos representan. En definitiva, estos elementos sólo representan el cuerpo y la sangre de Cristo, pero no lo son de ninguna manera.

Con relación a adjudicarle a este acto simple de la cena del Señor o a cualquiera otra ceremonia que podamos celebrar algún tipo de misticismo, no hemos podido encontrar nada en la Biblia que nos indique que la persona tenga que hacer algo para ganarse la salvación o para mantenerla; pero sí es muy claro en la Biblia que la salvación es solamente por la fe en Jesucristo, y que la misma fue obrada por él de una vez y para siempre: ¨pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados¨ (Hebreos 10:12-14).

Por eso decimos que la misa católica, que pretende hacer presente cada vez el cuerpo y la sangre de Cristo, no tiene asidero bíblico, pues Cristo murió una sola vez, y esa vez ha sido suficiente para siempre. De modo que es imposible e innecesario que se repita la muerte del Señor cada vez que se celebra la eucaristía. En este sentido la misa no es más que un invento de los hombres.

Respecto de la cena del Señor quiero compartir tres puntos sobresalientes:

1.- La Cena del Señor es Un Acto Conmemorativo.

El Señor ordenó que se hiciera en su memoria: ¨ haced esto en memoria de mí¨ (I Corintios 11:24). Este es un acto para recordar al Señor, para tener presente entre la congregación la realidad de su sacrificio obrado a favor de los hombres.

Los apóstoles fueron los primeros que participaron de la cena conmemorativa. Esto ocurrió durante la cena de la pascua, y el Señor hizo todos los preparativos en un aposento alto para esa ocasión tan especial. Aquella sería la última reunión con sus discípulos antes de su muerte; esto lo resalta Leonardo da Vinci en su pintura ¨La úlima cena¨. Los apóstoles recibieron el pan y el vino de la misma mano del Señor, pero no entendieron en ese momento el significado de ese acto. Fue después que el Señor resucitó y que recibieron el Espíritu Santo, que ellos se dieron cuenta de la magnitud de todas las cosas relacionadas con el Señor.

Los elementos que intervienen en la cena del Señor son el pan y el vino. El pan representa el cuerpo del Señor que fue partido, y el vino representa su sangre que fue derramada por nuestros pecados: ¨Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre¨ (I Corintios 11:23-25).

La cena conmemorativa tiene el propósito de anunciar la muerte del Señor y proclamar su segunda venida: ¨ Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga¨ (I Corintios 11:26). La iglesia estará celebrando la cena del Señor hasta que ocurra su segunda venida.

Al ser un acto conmemorativo la frecuencia para participar de la cena del Señor es prerrogativa de cada congregación, y el derecho de permitir que personas creyentes de otra congregación participen del acto, es también competencia de cada iglesia y de acuerdo a sus reglamentos internos. En todo caso, cada hermano debe procurar participar de la cena del Señor en su congregación.

Hay iglesias que participan de la cena del Señor cada semana, otras lo hacen cada mes y algunas lo realizan cada dos o tres meses. No se debe celebrar con tanta frecuencia que llegue a perder su significado e importancia, pero tampoco se debe privar a la congregación de participar con la frecuencia razonable de un acto tan significativo para la fe cristiana.

2.- La Cena del Señor es Sólo Para Creyentes.

No tiene sentido que una persona no creyente participe de la cena del Señor, de la misma forma que no tiene sentido que una persona que no se ha convertido sea bautizada, pues esta persona no sería más que alguien que ha sido mojado. En el caso de alguien que participe de la cena del Señor sin ser creyente, no sería más que una persona que ha comido una comida cualquiera.

La trascendencia de la cena del Señor estriba en el significado que tiene el acto para aquel que conoce todo lo que encierra la muerte de Jesucristo.

Esta es una ceremonia ordenada sólo para la iglesia, para la congregación local, para los hermanos que están congregados en un culto, nunca para ser administrado a una persona en particular. Si una persona no está presente el día que se celebra la cena del Señor, la misma deberá esperar a una próxima oportunidad que esta ceremonia se realice para entonces participar. La cena del Señor debe ser un acto colectivo y bien ordenado, pero sin parafernalia, sin pompa y sin adorno, con la más discreta sencillez.

3.- La Cena del Señor es Una Oportunidad Para Examinar Nuestra Vida.

No es que haya personas que sean dignas de tomar la cena del Señor y otras que no lo sean. En todo caso, ninguno sería digno de tomarla por sus propios méritos, nuestra salvación o participación en los asuntos santos no son derivados de nuestra justicia sino de la justicia de Cristo.

Algunas personas no participan de la cena del Señor porque han cometido algún pecado, o porque su relación conyugal no anda bien, o porque tienen algún problema en su vida, pero esto no es correcto. Ningún creyente debe eximirse de participara de la cena del Señor, lo que el creyente debe hacer es arreglar su vida y resolver los inconvenientes que estén a su alcance resolver con sus semejantes, antes de participar de la cena del Señor. Aquí se aplica el principio establecido por el Señor respecto de los que traen su ofrenda, a los cuales les manda a examinarse a sí mismos: ¨ Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda¨ (Mateo 5:23,24). No podemos presentarnos delante del Señor a sabiendas de que no hemos hecho la paz con nuestro hermano.

El tiempo de participar de la cena del Señor es una buena oportunidad para reflexionar acerca de nuestra condición espiritual y nuestra conducta. Aunque cada día debemos examinarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de lo que decimos o de lo que hacemos que ofende al Señor, que dio su vida por nosotros para que seamos nuevas criaturas, en el acto de la cena del Señor podemos una más profunda reflexión, ya que este acto nos recuerda todo lo que el Señor sufrió para que podamos tener una nueva vida. Este acto nos recuerda que debemos honrar al Señor con nuestros miembros y con nuestra mente, porque nuestro culto debe ser consciente y racional: ¨ Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta¨ (Romanos 12:1,2).

La cena del Señor nos recuerda a quién adoramos. A esto fue a lo que se refirió el Señor cuando le dijo a la mujer samaritana que a Dios debemos adorarle en espíritu y en Verdad: ¨ Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren¨ (Juan 4:21-24).

Toda persona que desea arrepentirse o reconciliarse con el Señor y así poder participar de la cena del Señor, debería hacer suya la siguiente oración de confesión del rey David: ¨

¨ Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve¨ (Salmos 51:1-7).

Crea en Jesucristo y haga esta oración de corazón, entonces será salvo.

Lendro González


Mensaje predicado en la Primera Iglesia Bautista de Mao, República Dominicana, el 28 de marzo de 2010.